Como un Oscar Wilde piquetero, el secretario de Cultura, Torcuato Di Tella, volvió a espantar ayer a la clase bien pensante criolla con sus declaraciones a «La Nación»: «La cultura no es prioritaria ni para mí ni para el gobierno». Durante toda la mañana, con el revuelo en las radios, Di Tella completó su «boutade» con aclaraciones más sarcásticas. Con Viviana Gorbato habló de los «culturritos» que no entendieron lo que significó el Instituto que fundaron él y su hermano Guido en los '60, o que jamás pisaron el Museo de Bellas Artes. Alberto Fernández salió a avalarlo a su manera. Dijo que la cultura era muy importante pero que había temas más acuciantes. Desde luego, este debate podría expandirse a un sinfín de reparticiones públicas: el secretario de Turismo podría sostener mañana que, ante temas como la pobreza o el hambre, «no son prioritarias las excursiones a los Valles Calchaquíes», o el secretario de Deportes afirmar que tampoco «son prioritarias las carreras de decatlón». Con algo hay que llenar el aire de las radios. Di Tella manifestó querer sacudir la conciencia de los intelectuales pero, como cualquier artista, lo que anhela, quizás, es llamar la atención sobre él mismo. Sin embargo, en un país donde la Secretaría de Cultura de la Nación ha tenido, históricamente, un presupuesto «no prioritario» (aun en los años de Raúl Alfonsín, pese a que ayer el radicalismo pidió la renuncia de Di Tella a través del diputado Mario Negri), el actual secretario no ha hecho otra cosa que exponer la situación que ninguno antes había reconocido.
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Y ahora es peor: el presupuesto ascendía en 2000 a 71 millones de pesos y se redujo a 59 millones en 2004, cifra de la que deben descontarse los 11 millones que se llevan la Biblioteca Nacional (hoy con 53% de ausentismo) y el Teatro Cervantes. El resto, 48 millones, se van en sueldos y suelditos, teléfonos, seguridad, y sólo 26% de esa cifra queda para acción cultural.
Si el palacio de la avenida de Alvear se ha limitado, entonces, a un humilde papel de «promotor de espectáculos», Di Tella va más allá y se ha propuesto ser él mismo el espectáculo: más que un André Malraux aspira a ser un Charly García, romper la guitarra delante de las damas que van al Colón. No quiere, como su hermano, mandar ositos Winnie the Pooh a las Malvinas ni tener relaciones carnales con los Estados Unidos. Si de una escena de lecho se trata, su opción son los marginales, tal como la burguesa Jeanne Moreau sentía una atracción irresistible por el lumpen Jean Paul Belmondo en «Moderato cantabile».
Apenas asumió, dijo que con el dinero que el Fondo de las Artes gastó en comprar la casa de Victoria Ocampo en Barrio Parque se habría podido financiar una publicación para difundir el fenómeno piquetero a nivel mundial. Cuando echó a Horacio Salas de la Biblioteca le alquiló el bombo a uno de los manifestantes. Faltó a arteBA (¡horror!), manda jefes y jefas de hogar a pintar grotescos murales. Di Tella, al contrario que su hermano, está peleado con su clase y goza con ello. Di Tella no deja de ser un personaje del Di Tella, un promotor de happenings.
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