El preinforme que elaboró Elisa Carrió sobre lavado de dinero en el país contiene un capítulo dedicado al Exxel Group. Más allá de la veracidad de las imputaciones que se realizan allí, la exposición ha servido para que la diputada produzca un artificio literario. Habilidades de la Carrió, la redacción de un adusto informe sobre bancos, contabilidades y transferencias le ha permitido incursionar en la teoría de los textos y producir una perplejidad que le hubiera gustado a Roland Barthes, a Michel Foucault o al más familiar Jorge Luis Borges.
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Sucede que la diputada decidió escribir un trabajo que ya estaba escrito. En efecto, buena parte de la producción de Carrió sobre el Exxel reproduce lo que escribieron los periodistas Silvia Naishtat y Pablo Maas en el libro «El cazador», donde se cuenta la peripecia de Juan Navarro y su grupo de inversión. Hay párrafos del trabajo de Carrió idénticos a otros de esos dos autores. Son muchos párrafos, páginas enteras, casi todo el apartado dedicado a ese holding. Por ejemplo, salvo unos 20 renglones referidos a las maniobras sobre evasión impositiva que se investigaron desde el Ministerio de Economía en 1998, la diputada usa las mismas palabras que Naishtat y Maas a lo largo de todo el parágrafo 2.3.2. de su trabajo, referido a «Impuestos y paraísos fiscales». Carrió se sirvió del escrito de aquellos autores para explicar el «modus operandi» del Exxel para la compra de empresas, además de la historia sobre esas transacciones.
No se puede sospechar falta de honestidad intelectual en la diputada. Eso queda para gente de otras preferencias ideológicas. Por eso no cabe hablar de plagio. Lo de ella debe haber sido, como les atribuyó Borges a varios escritores del Siglo de Oro español respecto de los latinos, un homenaje a Naishtat y Maas. Una reverencia cifrada, claro, comprensible solamente para quienes han leído minuciosamente su informe y también el libro, es decir para gente capaz de mortificarse leyendo dos veces las mismas páginas sobre temas ríspidos expresados con prosa deficiente. La prueba de que esos lectores son tan pocos es que ni Naishtat ni Maas han tomado contacto con la copia de su libro: de lo contrario, hay que suponer, lo hubieran consignado en el monopolio «Clarín», que es donde trabajan. Por lo menos para agradecer el homenaje. • Denuncia
Tampoco el libro tuvo, ahora se sabe, demasiados lectores. Los investigadores de la Oficina Anticorrupción ni lo ojearon. De haberlo hecho, no habrían esperado para denunciar al Exxel Group hasta ahora, cuando aparece señalado por la Carrió. Es posible que tampoco la diputada haya leído el trabajo del que se copió hasta el momento del plagio: ella también esperó a producir su propio informe para denunciar a Navarro por subversión económica. Y lo hizo basada en su escrito, no en su fuente, como si no quisiera darles fama a los periodistas que le sirvieron de inspiración.
Cabe pensar que, proclive a la temática filosófica, Carrió le ha ofrecido a su público un divertimento intelectual. Como Cortázar, también como Borges, ha querido jugar con las palabras, como en aquel cuento «Pierre Menard, autor del Quijote» en el que «Georgie» imagina a un escritor que se toma el trabajo de escribir de nuevo la obra de Cervantes sin variaciones. Se burla Borges de que, dichas en el siglo XVI, algunas aseveraciones tienen un significado distinto que las mismas palabras dichas en el contexto actual.
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