Intemperancia

Política

Ya no caben dudas de que Néstor Kirchner es naturalmente como más se lo conoce, frontal, iracundo, de intemperancias que no puede contener aunque probablemente luego se maldiga. Anda mal con la Iglesia Católica por eso y ayer, por lo mismo, ofendió a la comunidad judía. En el principal acto de la AMIA oradores que han perdido familiares hace 11 años, precisamente un 18 de julio, tuvieron oratoria dura con estas autoridades, como hicieron con las anteriores y la tendrán con las que vengan, mientras no se esclarezca el hecho y cada vez es más difícil que suceda. Soportó abajo en silencio esos discursos fuertes desde el palco pero al irse lanzó la frase inoportuna a simples movileros: «Diez años de coresponsabilidad de algunos dirigentes de la comunidad judía que tendrían que haber levantado la voz más fuerte en los años de la oscuridad». ¿Valía la pena decir eso cuando ya había sobrellevado todo y se iba con el acto concluido? Grave porque tras el Holocausto fueron mundialmente repudiados quienes dijeron que los judíos fueron «demasiado pasivos» frente a aquella barbarie nazi. El Presidente hizo bastante por esa comunidad judía y cometió errores con ella. Hace 10 días aceptó por decreto un acta reconociendo la responsabilidad del Estado argentino por la mala investigación de la Justicia en el atentado de la AMIA y prometiendo una reparación económica para las víctimas. Además, aunque no sirvió en la práctica, abrió los archivos de la SIDE sobre el hecho. La primera dama visitó Israel. El error fue aquella vez que Kirchner prometió en su despacho a directivos de la comunidad judía argentina y de Estados Unidos «más de 40 casetes» que podrían ayudar al esclarecimiento del atentado y luego la Casa Rosada debió aclarar que fue una mención con error. El Presidente -o cualquiera- tiene que sobrellevar estas expresiones de dolor como se las admite a las víctimas de Cromañón y de otras víctimas sin culpables. No hay argentino que denuncie por «apología del delito» a Hebe de Bonafini aunque aplaudió los atentados de la ETA en España y la voladura de las Torres Gemelas en Nueva York, por ejemplo. Fuera de las muertes naturales, de culpables a veces, de accidentes obvios y de guerras aunque injustas, todo dolor restante de deudo con posibilidad de culpabilizar se exterioriza permanentemente.Y no puede ser mirado mal que sea así. Los argentinos sabemos mucho de esto.

Unas 10.000 personas volvieron a concentrarse ayer frente a la sede de la AMIA para renovar sus reclamos de justicia por el mayor atentado terrorista de la historia argentina, que dejó 85 víctimas fatales.

Concurrieron Néstor Kirchner, su esposa Cristina Fernández, los ministros Rafael Bielsa y Aníbal Fernández, el secretario general de la Presidencia Oscar Parrilli y, entre otros, el diputado Agustín Zbar, el candidato Enrique Olivera, Juan Carlos Blumberg, el gobernador bonaerense Felipe Solá y los embajadores Lino Gutiérrez (Estados Unidos), John Hughes (Gran Bretaña) y Rafael Eldad (Israel).

El acto comenzó -como todos los años- a las 9.53 en punto, con el sobrecogedor sonido de una sirena. Lo siguió el encendido de las 85 velas (una por cada muerto) al tiempo que se leían los 84 nombres (una de las víctimas permanece como «NN» desde el 18 de julio de 1994). Este año la ceremonia tuvo una candela extra: la que prendió el embajador Hughes en homenaje a los muertos en Londres el 7 de julio, que hasta ahora son menos que los fallecidos en Pasteur 633.

La lista de oradores la abrió Luis Grynwald, titular de la mutual judía, que fue el más crítico hacia el gobierno nacional. El dirigente comunitario hizo de la frase «No alcanza» el eje de sus palabras. Después, el « comunicador» Nelson Castro repitió hechos conocidos de la causa con el tono doctoral que lo caracteriza. Finalmente, Sergio Bursten, familiar de una de las víctimas, insistió en que «no alcanza» el decreto firmado la semana pasada por el que el Estado se responsabiliza por la inacción de la Justicia y la falta de resultados de la investigación.

Se escucharon también las habituales durísimas críticas a
Carlos Menem y funcionarios de su gobierno, a las que se agregaron este año similares ataques a Eduardo Duhalde. El jefe de Gobierno, Aníbal Ibarra -como cada vez que se anima a exhibir su castigado semblante en público-, debió soportar a pie firme la diatriba de uno de los oradores (Bursten), quien exigió también el esclarecimiento y la condena a los responsables de la tragedia de Cromañón.

• Castigado

No fue el único «castigado», porque hubo un palo para cada uno: Bielsa debió soportar que Grywald le dijera que a pesar de las declaradas «buenas intenciones» de este gobierno, « esperamos que el Poder Ejecutivo realice todo lo necesario para restablecer los pedidos de captura internacional de los 14 iraníes (implicados en el atentado), pedido que duerme en la Cancillería». Y a Aníbal Fernández: «También que instruya a las fuerzas de seguridad e inteligencia que retomen la investigación que se encuentra abandonada».

En la multitud se mezclaban familiares y amigos de los muertos ese lunes de invierno (igual que ayer), dirigentes comunitarios actuales y pasados (Jorge Kirszenbaum, presidente de la DAIA; Manuel Junowicz, de la OSA; Alberto Crupnicoff, que presidía la AMIA el día del atentadoy Abraham Kaul, que lo hizo hasta hace poco; el gran rabino Shlomo Ben Hamú, los rabinos Abrahm Skorka, Tzvi Grunblatt, Alejandro Avruj) y hasta una delegación de chicos de la comunidad Bet-el de Santiago de Chile. Uno de esos adolescentes explicaba cómo los atentados en Buenos Aires habían resonado del otro lado de las montañas: «Desde esa fecha, las principales sinagogas y entidades judías de Santiago también fueron valladas, bloqueadas con pilotes de cemento y tienen mucha más seguridad que antes de los atentados».

A su turno, Castro eligió la muletilla «¿Lo recuerdan?» -como si fuera él el único con memoria- para enhebrar una retahíla de hechos conocidos y recordados por casi todos los presentes.

También se arrogó el rol de Catón de la comunidad judía al
«recomendarle» a su dirigencia «que haga una autocrítica», en línea con el absurdo de Kirchner, que al salir del acto dijo que esa dirigencia había sido « corresponsable» del no esclarecimiento del atentado «por no haber levantado más la voz en los años de mayor oscuridad» (ver vinculado).

• Reclamo

Está claro que Castro no es afiliado a ninguna entidad judía como para reclamar esa «autocrítica»; sería algo así como si Kirszenbaum reclamara el cambio de autoridades del Centro Gallego. También le pidió al gobierno que «escuchen a los otros familiares que son críticos y piden otras medidas», en obvia alusión a la cercanía entre los Kirchner (sobre todo Cristina) y el grupo Memoria Activa, que ninguna de las partes oculta. Sin embargo, no se contentó con esa recomendación: agregó, paternalista, que «ambos grupos deben unirse».

En cambio, lo dicho por el Presidente es más grave, dado que insiste en atribuirles culpas a las víctimas, algo que viene haciéndose casi desde el día siguiente del ataque. Después, Kirchner admitió que los reclamos enumerados por Bursten eran «correctos», y se marchó junto a su cónyuge y la numerosa custodia que llevó al acto.

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