El lenguaje y la presión de las noticias cotidianas favorecen el lapsus y, así, a los intendentes bonaerenses que se agruparon hace un año bajo el nombre de «mosqueteros» se los menciona ahora como «piqueteros». Tal vez el cambio los favorezca o, por lo menos, mejora la metáfora. Es que «mosqueteros» caía bien sobre un grupo de tres: Alberto Balestrini, Julio Alak y Juan José Alvarez (conocido en Hurlingham con el apodo de «Tito» Luciardo, en homenaje a su tío abuelo, con quien tiene un notorio parecido físico y la misma propensión a sacarle viruta al piso).
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Ahora los mosqueteros se multiplicaron, y el mote les queda ridículo. A aquellos tres se agregaron Gerardo Amieiro (San Fernando), Mariano West (Moreno), Sergio Bivort (Pilar), Mario Ishi (José C. Paz), Julio Pereyra (Florencio Varela) y Jesús Cariglino (Malvinas Argentinas). Además, capturaron también a alguien de otra «profesión», el vicegobernador Felipe Solá. Esta proliferación, más la fascinación que sienten por los cortes de ruta y las protestas sociales, modificaron el mote y favorecieron la nueva denominación de piqueteros.
En realidad, el grupo se lanzó a la luz pública al calor de las hogueras y el olor a caucho quemado. La primera reunión orgánica se hizo el viernes, en el despacho de Solá, al parecer para conversar sobre la inquietud social que gana espacio en la provincia, fenómeno que estos políticos ven natural y, tal vez, alentador. Basta observar las declaraciones del vicegobernador, quien reclamó sensibilidad social «a los que fueron peronistas como Patricia Bullrich o Juan Pablo Cafiero». Esto dio lugar para una respuesta asombrosa de la ministra de Trabajo, quien calificó a Solá como un hombre «con poca sensibilidad social, como el gobierno anterior, que él integró». Lo curioso es que la ministra también integró esa administración -aunque más no fuera desde un notorio activismo parlamentario-pero, claro, para los caballeros las mujeres carecen de pasado.
La estrategia de estos «intendentes-piqueteros» no importa tanto por el rol de agitadores que están tentados de asumir. Es más relevante el lugar que ocupan en la interna peronista, porque prefigura futuros alineamientos en esa tribu, indica debilidades actuales y desplazamientos inesperados. Desde su nacimiento, los otrora «mosqueteros» tuvieron una nota en común: o nunca fueron duhaldistas, como Alak o Alvarez, o lo fueron por necesidad imperiosa, como Balestrini cuando perdió el calor de Alberto Pierri y debió pedir asilo en la Legislatura bonaerense.
Durante el primer año de la gestión de Ruckauf, los tres fundadores de la línea se identificaron con el gobernador. A él le resultaba encantadora esa afinidad porque le abría una avenida en la monolítica estructura del PJ provincial donde todo suena a duhaldismo. El gobernador nunca quiso hacerse cargo públicamente de ese padrinazgo tal vez para no irritar al resto del partido. O, más seguro, porque jamás tuvo interés por los aparatos o estructuras, dato principal de su personalidad política que recuerdan quienes lo conocen desde hace 30 años. «Carlos fue así siempre, jamás tuvo una unidad básica, así que es comprensible que busque su futuro prescindiendo de ese tipo de organización», razonan.
Emancipación
Sin embargo, la novedad de los «mosqueteros», que los convierte en personajes a los cuales prestar atención, es que se han declarado emancipados también de Ruckauf. Uno de ellos lo explicó así, con un lenguaje que enardecería a «Lilita» Carrió, por dar un nombre: «Desde hace un tiempo llamamos a licitación. Es decir, no nos alineamos detrás de ningún liderazgo. Somos un grupo transversal».
Si existió un instante en que descubrieron esta nueva posición fue cuando, hace dos semanas, se entrevistaron con José Manuel de la Sota, con quien también tendieron una línea. El acercamiento lo produjo Solá, quien tiene un trato notablemente cordial con el gobernador de Córdoba, lo que obliga a varios a pensar en un acuerdo político por el cual «el Gallego» abrió ya un boquete en la provincia de Buenos Aires. Sorprende también esa simpatía porque es muy reciente: durante la gestión de Carlos Menem, De la Sota y Solá fueron perro y gato, en especial desde que el actual vice bonaerense fue reemplazado en la Secretaría de Agricultura por un delegado del cordobés, Gumersindo Alonso.
Ahora todo cambió y ya se menciona a Solá como el candidato bonaerense de De la Sota. Los ruckaufistas ortodoxos lo toman como una deslealtad, los duhaldistas, como un irónico remedo: «Felipe es el Ruckauf que le tocó a Ruckauf», dicen, recordando la conducta del gobernador cuando era vice de Menem. En cambio el propio Solá se justifica ante sus amigos: «A mí Ruckauf me liberó de cualquier compromiso cuando proclamó, casi irrespetuosamente, la candidatura de Duhalde a gobernador, como si yo estuviera pintado».
Se ve que muchos «mosqueteros» descreen de la marcha triunfal del gobernador de Buenos Aires hacia la presidencia. ¿Será por eso que se lo indica a Alak como uno de los aspirantes a secundar a De la Sota en la fórmula presidencial?
Son incógnitas demasiado prematuras para que alguien las despeje. Pero, juntas, comienzan a poner en tela de juicio la solidez del grupo que debería acompañar a Ruckauf desde su propio distrito. Sobre todo si se agrega que Duhalde no se muestra con la campaña presidencial del gobernador todo lo solidario que se suponía. Testigo de esta brecha, según dicen, fue el jefe de Gabinete, Chrystian Colombo, quien mantuvo una larguísima charla con el ex gobernador el viernes por la tarde, en su despacho. La charla fue tan cordial, al parecer, que ninguno de los dos quiso abrir la boca sobre su contenido.
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