Posiblemente para el viernes de la semana próxima el carismático Juan Carlos Blumberg convoque a una nueva concentración, esta vez en Plaza Lavalle, frente al Palacio de Tribunales. Es de desear que repita el éxito de la concentración anterior porque tan importante es tener leyes severas contra la delincuencia como jueces que no las eludan con chicanas para su ejecución.
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La izquierda es contraria a la severidad de la Justicia porque, es sabido, tiene un resentimiento enfermizo contra todo tipo de uniformado que impida el triunfo final del marxismo en cuanto se presente la oportunidad, la que debe esperarse mientras se van minando los órganos de defensa de la sociedad libre. Pero los jueces, ¿por qué en su mayoría se oponen a leyes con no exagerada pero sí adecuada severidad? En principio engañan al decir que «no frena la severidad el delito». No es cierto. Desde el secuestro y asesinato del hijo del famoso Charles Lindberg (el aviador que había sobrevolado al Atlántico y era una figura nacional) en Estados Unidos hace más de 70 años, se triplicaron en ese país las penas por secuestro y éste es un delito hasta hoy prácticamente inexistente allí (sólo se da en casos de rehenes en asaltos y es diferente al secuestro individual). En los países totalitarios marxistas lo único rescatable es la casi total ausencia de delitos. Las cárceles las llenaban de presos políticos disidentes, pero había pocos delincuentes.
Nuestros jueces son reacios a aplicar penas severas y suelen caer en «liberticidio» por dos motivos. Uno, por no asumir riesgos de represalias, aunque se enojen al decirles esto. Es tan humano tal miedo que en Estados Unidos, por ejemplo, está ajeno al juez porque la condena la dispone un jurado de 12 personas civiles y el magistrado se limita a fijar la pena que corresponde al delito que dispuso ese jurado.
En nuestro país los jueces son también más benignos un poco por tener cola de paja. Desde el origen de sus designaciones -por supuesto no todos- hasta sus cobros, el uso de fondos reservados, la no presentación de declaraciones impositivas y la absurda parodia argentina de querer la máxima responsabilidad en funcionarios con el mínimo de pagos, crean esta situación de magistrados sin ánimo para imponer penas severas que aprovecha la delincuencia y sufre la ciudadanía. La sociedad también es culpable en el sentido de criticar un pago digno como tienen otros jueces del exterior.
• Esfuerzo
Por eso es loable el esfuerzo de Blumberg, pero será más difícil obtener en lo judicial logros similares a los que va consiguiendo en el Congreso por esa multiplicidad de factores en juego. El real triunfo con las nuevas leyes sería la acumulación de las penas. Eso hace que la buena conducta carcelaria, salir antes, etcétera, no tenga relevancia en casos graves. Uno lee que a veces en Estados Unidos una condena es a 120 o 150 años de cárcel porque si hubo violación, ensañamiento, asesinato, etcétera se acumulan al culpable todas las condenas para cada delito. En la Argentina no. Se pueden sumar todos los delitos, pero la actual ley exige que el máximo sean 25 años y desde ahí empiezan las reducciones, que no serían relevantes si la sumatoria fuera de 50 o 90 años.
También hay que hacer conocer las penas a los delincuentes. En Estados Unidos, en caso de delitos menores, antes de excarcelar al culpable le informan sus consecuencias futuras y hasta le hacen visitar una cárcel para que tenga plena vivencia de cómo puede derivar para él el futuro si persiste en lo delictivo. Además se reeduca y aquí prácticamente eso no existe. En Gran Bretaña hasta se identifica públicamente a los violadores (un delitoenfermedad casi incorregible). Aquí a los «violetas» ( violadores en la jerga policial y carcelaria) sólo se los aísla porque el resto de los presos suele violarlos a ellos casi hasta matarlos por considerar -no como nuestros códigos-lo aberrante de ese delito.
Inclusive la Ley de Ejecución Penal tiene privilegios inadmisibles para los condenados como uso permanente de teléfonos móviles. El delincuente es muy sensible a estos «beneficios» aun estando preso como, además, puede ser la visita íntima (sexo o «visita higiénica»), los recreos, el aislamiento, las visitas semanales. Se reclama el no uso del móvil como privilegio exagerado. Lo demás no se puede evitar porque es la base de la disciplina carcelaria si en caso de mala conducta se le suprime la visita íntima o la familiar o los recreos.
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