Kirchner corrige a Menem para enfrentar al aparato de Duhalde
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Néstor Kirchner
2) La segunda lección que, por la vía negativa, Kirchner aprende de Menem, está basada en una escena más antigua: la que se desplegó a partir de 1990, cuando Antonio Cafiero cayó derrotado en el plebiscito por la reforma constitucional bonaerense. Los titulares del nuevo orden reinante resolvieron heredar la casa construida por Cafiero desde 1985 en la provincia. Menem toleró que fuera Duhalde quien hiciera la tarea, mientras él sobrevolaba la escena nacional tras otras ensoñaciones. Apenas si molestó al bonaerense con la candidatura de Carlos Brown en la interna de 1991. El caudillo de Lomas tuvo el campo libre para absorber al viejo cafierismo, reorganizado bajo el nombre de Liga Peronista Bonaerense (Lipebo). Es llamativo cómo Kirchner se cuidó de evitar este proceso. No bien Felipe Solá consiguió capturar a un número interesante de intendentes, el Presidente lo excluyó de las reuniones. A los alcaldes se les explicó de inmediato: «Felipe es sólo un aliado». Tanto, que ni el compañero de fórmula de Cristina Kirchner (José Pampuro) ni el primer candidato a diputado nacional (Alberto Balestrini) provienen del núcleo del gobernador.
3) Hay una tercera nota en la que Kirchner sigue una dirección opuesta a la de Menem. Es la peculiaridad más inquietante del camino que ha emprendido el Presidente. Se trata de su propensión a privilegiar la «pureza de sangre» política de quienes lo rodean. Es verdad, el Ejecutivo contará con un grupo de soldados más fieles en el Congreso a partir de diciembre. Pero el modo en que los consiguió en las distintas provincias tal vez conduzca a que quienes no son de ese club kirchnerista no se sientan parte del mismo ejército. Menem estuvo siempre dispuesto a disimular diferencias entre todos los que convivían debajo de su manto, fueran «celestes» o «rojo punzó». Esa tendencia fue la mortificación permanente de sus «viudas», dirigentes que debían tolerar que el gabinete se fuera llenando de los antiguos cafieristas que habían estado del otro lado en la lucha interna (Jorge Asís le dedicó a este fenómeno su novela «La línea Hamlet»).
Narcisista como pocos, el riojano jamás supuso que las contradicciones entre sus seguidores fueran motivo para tener conspiraciones o amenazas. Kirchner, en cambio, siempre prefirió manejarse con un solo color. «Si ampliás, perdés el control», suele decir. El discurso de su esposa, ayer, en La Plata, se delineó sobre estos sentimientos primitivos: existe un enemigo oculto, que nunca es identificado totalmente (tal vez, por temor), que «pretende doblarle el brazo al Presidente para apoderarse de la rentabilidad de los argentinos» (¿?).
Esta concepción termina por plantear dificultades para la administración de los recursos humanos. Si se quiere armar las listas, hay que diezmar el gabinete: Bielsa, Taiana ( designado en la nómina bonaerense para satisfacer al canciller, que pidió su cabeza), Pampuro, Alicia Kirchner, Kunkel, Massa, Coscia, Rosso, Vaca Narvaja, Ocaña son algunos ejemplos de este problema. ¿Serán finalmente legisladores o renunciarán para volver a sus cargos? Si se repasan los peligros que se ciernen sobre el oficialismo legislativo, tal vez estos candidatos deban quedarse en el Congreso para enfrentar a Menem, Carrió, Binner, Macri, Patti, Barrionuevo y, ahora también, al duhaldismo. Pero, si se quedan en el Congreso, ¿con quiénes reemplazarlos en el Ejecutivo? Un dilema para octubre.




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