Kirchner cumplió rito en la ESMA y alimentó crisis con militares
Néstor Kirchner encabezó un acto a las puertas de la ESMA para formalizar un desalojo de militares. Se hará allí un museo que, según el acuerdo firmado con Aníbal Ibarra, no ocupará la totalidad del predio. Hubo incidentes al invadir los manifestantes un sector de las instalaciones. Comenzó como un paseo pacífico que se fue agravando con conatos de saqueo y desmanes. Cuando habló Kirchner en la ESMA, debió tolerar silbidos hacia Ibarra y hacia su esposa, momentos de intolerancia que fueron creciendo a lo largo del día. El Presidente ahondó su puja con el peronismo al tolerar desde la tribuna críticas a Cafiero y Ruckauf como firmantes de orden de aniquilación de la subversión en 1975. También cargó en el discurso contra los gobernadores PJ que se indignaron con razón al ser vetados por Hebe de Bonafini, lo que hace peligrar la paz partidaria que deberá consagrar el congreso de mañana. También indignó a radicales e independientes cuando pidió «perdón de Estado» por «haber callado durante 20 años» las «atrocidades» del Proceso, como si no hubiera existido el juicio a las juntas en momentos en que los militares tenían más poder que ahora. El Presidente alimentó más la crisis con militares con el retiro de tres altos oficiales del Ejército. Uno de ellos es el general Cabrera, jefe del espionaje militar. Fue antes de descolgar cuadros de Videla y de Bignone del Colegio Militar. Forzó en ese gesto al jefe del Ejército a subirse a un banquillo y bajar él, un teniente general, los cuadros como si fuera un ordenanza.
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Dos imágenes ayer: el general Bendini descolgando el cuadro de Videla en el Colegio Militar y manifestantes caminando por los jardines de la ESMA.
«Vengo a pedir perdón de parte del Estado, por la vergüenza de haber callado durante 20 años», bramó Kirchner y esperó el aplauso. Faltaban 15 minutos para las 3 de la tarde, y el sureño, luego de lagrimear con el Himno Nacional -versión Charly García-, descargaba su disculpa oficial.
Al pie del estrado, en un VIP, se amontonaron Alberto Fernández, Rafael Bielsa, Daniel Filmus, Ginés González García, y Carlos Kunkel, junto con el piquetero Luis D'Elía, el socialista Hermes Binner y Martín Sabatella, intendente de Morón.
Por locales, los porteños tuvieron asistencia completa: entre ellos, el titular del Ciudad, Eduardo Hecker; el secretario de Seguridad, Juan Carlos López; el jefe de Gabinete, Alberto Fernández; y Marta Albamonte, de Hacienda.
También, como organizadores, integrantes de grupos de DD.HH: desde Estela de Carlotto hasta Hebe de Bonafini, que logró vetar a los gobernadores: sólo estuvieron Carlos Rovira (Misiones), Sergio Acevedo (Santa Cruz) y el radical Julio Cobos (Mendoza).
Fue un reflejo de los tironeos entre el Gobierno y los caciques del PJ. Kirchner lo clarificó: «No vengo en nombre de ningún partido», dijo como prólogo de una ráfaga ácida contra el peronismo.
«Este paso que estamos dando -agregó- no es un paso que deba ser llevado adelante por las corporaciones tradicionales que vienen especulando más en el resultado electoral o en el qué dirán que en defender la conciencia y lo que pensaban o deberían haber pensado.»
Les dedicó otra frase. «Algunos -reprochó- quieren volver a la superficie después de estar agachados por años que no fueron capaces de reivindicar lo que tenían que reivindicar.»
En su discurso, varias veces interrumpido por los aplausos, Kirchner intercaló críticas con referencias nostálgicas. Elogió, por caso, a la «generación que creyó» y «que sigue creyendo en los que quedamos que este país se puede cambiar».
«Seguimos luchando como podemos, con las armas que tenemos, soportando los apretujones y los aprietes que nos puedan hacer. Pero no nos van a quebrar», advirtió.
En la misma línea, apuntó contra la Fuerzas Armadas. «No es rencor ni odio lo que nos guía; me guía la justicia. Los que hicieron este hecho tenebroso y macabro tienen un solo nombre: son asesinos repudiados por el pueblo argentino.»
Volvió a apuntar: «Muchos especulan, están agazapados y esperan que todo fracase para que vuelva la oscuridad sobre la Argentina».
Entre el público -unas 20 mil personas, aunque oficiosamente la Policía Federal dijo 6.500 y los organizadores 30 mil- se mezclaban banderas de Montoneros, el Partido Auténtico de Fernando Vaca Narvaja, la FTV de D'Elía, la JP y un rosario de bandas peronistas opuestas al PJ oficial.
Fue ese partido el más castigado de la tarde. María Isabel Greco, que nació en cautiverio en la ESMA, pidió enjuiciar a los «dirigentes políticos» que «apañaron la violencia» de Estado. Y citó a Carlos Ruckauf y a Antonio Cafiero como firmantes del decreto de Isabel Perón que habilitó a las Fuerzas Armadas a actuar contra los grupos subversivos en 1975.
Un tono más intimista impregnó Juan Cabandié, que hace dos meses comprobó vía un examen de ADN que es hijo de desaparecidos. Validó la «decisión política» de convertir la ESMA en museo, pero apuró: «Esto no es suficiente».
Cerca de las 4, Serrat, Heredia y Gieco se despidieron a trío. Y empezó otro capítulo: la marea que copó los edificios y la intervención judicial para desalojarlos.
Al atardecer, en tanto, unas 13.500 personas marcharon -sin auspicio oficial- hasta la Plaza de Mayo donde, vía un documento, pidieron condena para los militares, romper con el FMI y no pagar la deuda externa.




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