Los peronistas tendrán un caramelo de plástico para degustar durante las vacaciones: Néstor Kirchner lanzó a través de varios voceros informales la pretensión de normalizar el partido antes de mayo. Ni pensar en una jugada más generosa, que abra las puertas de su gabinete a los caudillos de provincia a través de delegados en el gobierno. Los dirigentes del PJ podrán, apenas, discutir acerca de las secretarías del consejo nacional, las afiliaciones a las distintas ligas internacionales de partidos políticos y, eventualmente, participar de un concurso por el cambio de marca: dicen que al Presidente le gustaría llamar «Frente para la Victoria-PJ» a la fuerza creada por Juan Perón. Ni el iconoclasta Carlos Menem se animó a tanto.
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Este anecdotario futuro se corresponde con una necesidaddel santacruceño. Con la mirada en 2007, Kirchner pretende reintegrar en el seno de una misma agrupación a todas las variantes peronistas. Es lógico: dentro de dos años él competirá por la presidencia nuevamente y quiere hacerlo detrás de un partido unificado. En otras palabras, el ciclo abierto por Eduardo Duhalde en 2003, cuando se impidieron las internas y se dividió al PJ en tres candidaturas (Menem, Adolfo Rodríguez Saá, Kirchner) quedará clausurado.
Al mismo tiempo que alcanza esta nueva configuración, el Presidente aspira a seducir a la clase media urbana, en general no peronista, estableciendo una distancia saludable con su propio partido. El modelo operativo es el que llevó adelante Cristina Kirchner en la provincia de Buenos Aires, donde sostuvo su candidatura sobre el viejo aparato duhaldista pero, simultáneamente, se convirtió en el mejor producto que ofrecía el mercado político para el paladar del antiguo electorado radical-aliancista, cuya representación quedó vacante con el desastre de 2001. Entre estas dos pretensiones, la unificación del PJ y la atracción de los no peronistas, fluctuará Kirchner hasta 2007.
Encarnará, en otras palabras, el clásico sueño del movimientismo peronista, la fantasía pasablemente autoritaria de capturar a toda la sociedad bajo un mismo mando. Desde la «causa» yrigoyenista hasta el «tercer movimiento histórico» de Raúl Alfonsín, «comunidad organizada» mediante, la política argentina consumió con mucha frecuencia esa receta.
Las primeras señales de conciliación de la Casa Rosada hacia el peronismo están a la vista en estos días. Kirchner hizo varios gestos para que los dirigentes de la provincia de Buenos Aires regresen al redil. Cada semana recibe a José María Díaz Bancalari, presidente del bloque «disidente» de Diputados, quien como astuto puntero político sabe cómo darse vuelta en el aire sin que lo acusen de «borocotizarse». Este legislador va de la mano de intendentes que también enfrentaron a Cristina Kirchner en octubre: Hugo Curto y Juan José Mussi son los dos más destacados. Ahora Díaz Bancalari tiene preparado un anzuelo más grande para otra pieza atractiva: quiere entrar en el despacho de Kirchner arrastrando los despojos de Eduardo Camaño, el ex presidente de la Cámara. Aníbal Fernández quiere sacar fotos.
En sintonía con estas tratativas presidenciales, Felipe Solá organizó la semana pasada un festejo de fin de año en el que se consagró un «ni vencedores ni vencidos» bonaerenses. En el asado estaban todos los intendentes del conurbano, salvo Manuel Quindimil (al parecer vetado por José Pampuro, allí presente) y Sergio Villordo ( intendente de Quilmes subordinadoal ministro del interior, sobre quien pesa la interdicción del propio gobernador). En cambio, volvieron a la Casa de Gobierno provincial Baldomero «Cacho» Alvarez ( Avellaneda), Manuel Rodríguez (Almirante Brown), los ya mencionados Mussi y Curto, y hasta el alcalde de Presidente Perón, Aníbal Regueiro, quien dice estar peleado con Oscar Rodríguez y Mabel Müller (¿o es sólo una gentileza destinada a salvar a los Duhalde del infarto?). El pretexto de la comida fue despedir 2005 y presentar a Martín Lousteau, el nuevo presidente del Banco Provincia, quien abrió de una gestión «pensando en el conjunto». Por lo visto, pacificación total, hasta en cuestiones de dinero.
Si la reconciliación bonaerense ofreciera alguna duda acerca del temperamento oficial, ayer Kirchner dio otro indicio de que vuelve de la victoria «desencarnado», como Perón de Madrid. Recibió a Juan Carlos Romero, el gobernador de Salta, y dialogó con él sobre la reorganización del PJ nacional. Romero ya hizo público su pedido para que se realicen internas. Pero no habría que descartar que Kirchner lo sume también a una conducción colegiada, presidida por algún gobernador de los más afines a Olivos.
• Reclamo
Así como Romero, también Rodríguez Saá reclamó internas a dúo con Menem, posición que lo devuelve al redil. Después de todo, su juego político ya responde a los intereses de la Casa Rosada. ¿O el diputado Hugo Franco, su representante en la Cámara, no pactó con el oficialismo facilitar el quórum para disentir sólo en las votaciones?
A pesar de esta convocatoria al rebaño común, Kirchner seguirá sin mostrarse al frente de los peronistas, por lo menos hasta 2007. Esa prescindencia es un homenaje a una parte del electorado que este año contribuyó con el triunfo de su esposa. También a los que se inclinaron por Hermes Binner o Elisa Carrió: el santacruceño quiere consigo a muchos de ellos en las próximas urnas presidenciales, para lo cual necesita que no se note su truco.
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