Pingüino no es; pato (ni
rengo) tampoco. Néstor
Kirchner se esfuerza con el
rostro para entender qué
clase de peluche le
acercaron a su señora.
Néstor Kirchner apeló más que en otras oportunidades a la sensiblería peronista en su acto de ayer en Tucumán. Fue más un refuerzo del lanzamiento de la candidatura de Cristina Kirchner que una celebración del 9 de Julio. Apurado quizá por la peronización que implicó en la sensación popular el Congreso del PJ disidente de San Luis, Kirchner se despidió con vivas a Mariano Moreno -raro, un periodista-, Hipólito Yrigoyen, Juan Domingo Perón y a «la inmortal Eva Perón».
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Como todo acto de campaña -en parte malogrado éste por el frío que restó público y obligó a suspender el también peronista cordón de alumnos tucumanos que el gobernador José Alperovich le había organizado durante todos sus desplazamientos-, Kirchner fue a apoyar candidatos, más en un momento en que necesita no descuidar liderazgos provinciales.
Arrancó con «el compañero José» a quien pidió votar. Alperovich y su esposa, que también fue especialmente saludada por Kirchner, festejaban desde el palco. Nunca hubiera imaginado esa escena hace años ese gobernador ex radical convertido primero al peronismo y luego al kirchnerismo más extremo.
Se esperaba que Kirchner hiciera otra despedida de su mandato. En parte, la expectativa no fue cumplida. Después de elogiar la próxima presidencia de Cristina Kirchner como «histórica» le recordó a Alperovich y a su propia esposa que el próximo 9 de Julio visitará la provincia como acompañante de «la nueva presidenta». No fue casual en momentos que arrecia la interna peronista y los cuestionamientos internos dentro del propio kirchnerismo a la verdadera efectividad de la candidatura de Cristina.
Elogios
Hubo luego elogios clásicos a la tarea propia, al pago al FMI y las promesas empeñadas en la asunción del mando en el 2003. Lo ayudó en esa tarea Alperovich: «Es importante recordar todo estos logros ahora que desde algunos ámbitos de la vida pública se trata de amplificar y dramatizar algunos nuevos desafíos y dificultades que enfrenta el país», dijo el gobernador justo cuando arreciaba el frío y el índice de demanda energética en el sistema interconectado se elevaba a números históricos para un día feriado.
Casi como previendo futuras crisis, Alperovich miró a Cristina: «Confiamos en usted, compañera, porque ha demostrado el temple y la lucidez necesarias cuando las circunstancias lo exigían».
Sonrisas mediante, los seguían gobernadores e invitados, entre ellos Felipe Solá, que llegó como una estrella a Tucumán con el regalo más esperado: las puertas del salón histórico de la casa que, como sucede en los museos europeos con reliquias robadas del medio oriente en las guerras de conquista, habían ido a parar al Museo Histórico de Luján y están en disputa desde hace años. Para los tucumanos no era un tema menor: esa abertura es el único elemento original que queda de la construcción que albergó a los congresales de 1816, pero también habían sido responsables por dejar demoler la casa original en medio del olvido. Las llevó de vuelta allí Solá en préstamo, pero sólo Dios sabe cuándo volverán a Buenos Aires.
Por eso el gobernador hablaba casi como dueño de casa: «Fue algo muy emotivo, no sólo porque fue un acto multitudinario, de patriotismo y fervor, sino también porque hemos tenido la satisfacción de devolver a la provincia de Tucumán las puertas de la Casa de Tucumán que estaban absurdamente en el Museo Histórico de Luján».
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