La CGT ve a Lavagna por mínimo de $ 1.300
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Patricia Vaca Narvaja
Los gremialistas mejor informados hicieron un recorrido imaginario por las góndolas y determinaron que, si hubiera algún boicot que decretar, éste debería dirigirse a frigoríficos, usinas lácteas y harineras. Les encantaría que Kirchner los convocara para «combatir al capital» con venia oficial. Pero la misión le tocó al peor enemigo que creen tener los «gordos» en la vida pública: Luis D'Elía y sus «piqueblandos». Por eso, cuando recordaron la figura del dirigente de La Matanza (a quien cariñosamente llaman «caballo de polo»), se exaltaron: «Boicot a Shell, ¿con eso nos quieren engañar? Esa operación no es por la suba de precios sino por los enjuagues de Chávez, Kirchner y De Vido, que quieren manotear las 1.000 estaciones de servicio para PDVSA». ¿Quién otro sino Barrionuevo podía lanzar esa acusación? Moyano, que transita con familiaridad los pisos superiores de Economía, donde De Vido tiene su sede, pidió que se cambiara de tema.
Se pasó, entonces, a la estrategia de reclamo salarial que llevarán frente al gobierno. Los sindicalistas están irritados porque consideran que alguien frustró el acuerdo de un salario mínimo de $ 750 al que habían llegado en sus negociaciones particulares con la UIA. El más ofendido parecía ser Mastroccola, del sindicato del Plástico y, por lo tanto, interlocutor habitual de Héctor Méndez, el jefe de la organización empresarial, quien proviene de la misma actividad. ¿Fue Tomada quien intentó hacer sucumbir esa negociación, que dejaba a un costado del camino al Ministerio de Trabajo? Hay sindicalistas que creen que sí, pero es improbable que este laboralista haya decidido bombardear un arreglo que le evitaría a él un trajín político desgastante. Por eso otros dirigentes de los que se congregaron en Gastronómicos creyeron que la desautorización de lo que venían negociando los laboralistas Daniel Funes de Rioja y Héctor Recalde provino de un sector de la UIA.
• Desden
Cualquiera sea la explicación de por qué se frustró la negociación entre patrones y empleados, lo que importa es que ahora los dirigentes de la CGT pretenden golpear la mesa del gobierno con una cifra exorbitante. Claro, se sienten desplazados del eje del poder mientras transcurre un año electoral y observan con desdén cómo desde la Casa Rosada sólo se ofrece calidez a los «piqueblandos», sus rivales. Por eso las expectativas que se confesaron el lunes por la tarde van más allá de una discusión de números con Lavagna. Para dar de baja el Comité Confederal y su hipotético plan de lucha la CGT quiere una foto con Kirchner. Es una buena oportunidad para saber si el Presidente cede a la presión.



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