18 de julio 2002 - 00:00

La importancia del bien común

Las elecciones que se avecinan parecen encaminarse hacia una fuerte polarización. Cabe, entonces, recordar que para los pueblos compartir una visión común o de futuro supone poder caminar juntos el camino del progreso.

Esa visión común es, precisamente, la razón de ser de la participación de sus hombres y mujeres en las cosas públicas. Como decía San Agustín, «bien común» es la «participación que conforma un pueblo». Esto es, la fuerza que -derivada de la actitud de compartir- alimenta su identidad. Fuerza unificadora que es, obviamente, lo contrario a la disociación.

Cuando hemos perdido la dimensión humana de demasiadas cosas. En momentos en que nuestras propias instituciones de algún modo nos intimidan y transmiten la sensación de haberse vuelto nuestras enemigas. Y cuando flota un absurdo ambiente de autodesprecio en el que casi todas las virtudes cívicas más importantes, como el coraje, la moralidad, el patriotismo, y hasta el carácter o la misma espontaneidad, se han vuelto opciones, no es extraño que la desconfianza se haya apoderado de nosotros.

La noción de bien común es uno de los fundamentos centrales del derecho. Tanto, que sobre ellas se asienta el principio de autoridad. Porque el interés común de una sociedad es ciertamente distinto de la mera suma de los variados intereses de quienes la componen.

Nosotros, en lugar de advertir que el bien común tiene entidad propia, hemos elegido -demasiadas veces- maniatarnos a lo imposible. Esto es, dedicarnos a tratar de satisfacer y agradar a todos, todo el tiempo.

• Miedo

Peor, el poder ha estado más urgido por destruir que por crear, liberar o facilitar. Esto ocurre siempre, cuando los gritos reemplazan al diálogo. El nivel de agresión se torna entonces insoportable. Y -de pronto- el ambiente todo luce sofocante, inundado por una sensación de miedo paralizante.

«Hemos aprendido», decía Vaclav Havel, al salir del comunismo, «a no creer en nada ni en nadie». Horror. Nosotros también.

Lo cierto es que nunca encontraremos la paz ni en las palabras ni en las fórmulas. Tan sólo en las conductas. Que, para ser creíbles, deben tener coherencia y estabilidad. Ellas son las que nos permiten elegir a cada paso. Libremente. Porque la ley o los reglamentos son, en rigor, incapaces de pensar. Pero los hombres, en cambio, sí.

Es tiempo de que la serenidad reemplace a la incitación al odio. A las protestas sin propuestas. A la costumbre de aturdir. Al estado de exasperación. A la falsificación permanente de la verdad. A la avalancha de demonizaciones. De unos contra otros o de todos contra todos. A la paranoia.

Los moderados -lamentablemente- escasean. Hasta parecen haber desaparecido. Algunos, por susto, quizás. Otros, por desconfianza. O por falta de coraje.

• Contagio

Nos hemos contagiado -unos a otros- el viejo vicio izquierdista de la intolerancia. Y hemos llegado hasta el borde mismo del «justicialismo» de las «tricoteuses». Hay, flotando, demasiada ira jacobina. En lugar de política auténtica. Y poco, muy poco, diálogo real.

Es hora de pensar que la suerte o el destino de los países y las sociedades rara vez depende de las plazas, o de las multitudes. Aunque ellas -incentivadas de cualquier manera- estén airadas. Ni del repiqueteo -africano- de clamores o tambores. Ni de la bronca.

Depende, en cambio, de todos. Concretamente, de la mayoría silenciosa, a la que hoy se pretende ignorar. Cuando no, esconder. Como si ella no existiera. O no tuviera entidad.

En Italia, en 1948, Togliatti y sus adláteres habían copado realmente la calle. Con actitud belicosa. Pero, en las urnas -a la hora de la verdad- ganó limpiamente De Gásperi. Hoy, después de la estrepitosa caída del Muro de Berlín, nos consta que, en realidad, ganaron todos. Esto es, la sensatez. Es probable que éste -y no otro- sea el final de esta difícil etapa de la vida argentina.

(*) Embajador. Ex representante permanente de la República Argentina ante la ONU.

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