La importancia del bien común
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Peor, el poder ha estado más urgido por destruir que por crear, liberar o facilitar. Esto ocurre siempre, cuando los gritos reemplazan al diálogo. El nivel de agresión se torna entonces insoportable. Y -de pronto- el ambiente todo luce sofocante, inundado por una sensación de miedo paralizante.
«Hemos aprendido», decía Vaclav Havel, al salir del comunismo, «a no creer en nada ni en nadie». Horror. Nosotros también.
Lo cierto es que nunca encontraremos la paz ni en las palabras ni en las fórmulas. Tan sólo en las conductas. Que, para ser creíbles, deben tener coherencia y estabilidad. Ellas son las que nos permiten elegir a cada paso. Libremente. Porque la ley o los reglamentos son, en rigor, incapaces de pensar. Pero los hombres, en cambio, sí.
Es tiempo de que la serenidad reemplace a la incitación al odio. A las protestas sin propuestas. A la costumbre de aturdir. Al estado de exasperación. A la falsificación permanente de la verdad. A la avalancha de demonizaciones. De unos contra otros o de todos contra todos. A la paranoia.
Los moderados -lamentablemente- escasean. Hasta parecen haber desaparecido. Algunos, por susto, quizás. Otros, por desconfianza. O por falta de coraje.
• Contagio
Nos hemos contagiado -unos a otros- el viejo vicio izquierdista de la intolerancia. Y hemos llegado hasta el borde mismo del «justicialismo» de las «tricoteuses». Hay, flotando, demasiada ira jacobina. En lugar de política auténtica. Y poco, muy poco, diálogo real.
Es hora de pensar que la suerte o el destino de los países y las sociedades rara vez depende de las plazas, o de las multitudes. Aunque ellas -incentivadas de cualquier manera- estén airadas. Ni del repiqueteo -africano- de clamores o tambores. Ni de la bronca.
Depende, en cambio, de todos. Concretamente, de la mayoría silenciosa, a la que hoy se pretende ignorar. Cuando no, esconder. Como si ella no existiera. O no tuviera entidad.
En Italia, en 1948, Togliatti y sus adláteres habían copado realmente la calle. Con actitud belicosa. Pero, en las urnas -a la hora de la verdad- ganó limpiamente De Gásperi. Hoy, después de la estrepitosa caída del Muro de Berlín, nos consta que, en realidad, ganaron todos. Esto es, la sensatez. Es probable que éste -y no otro- sea el final de esta difícil etapa de la vida argentina.
(*) Embajador. Ex representante permanente de la República Argentina ante la ONU.




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