La izquierda hace nueva autopsia del peronismo
Era inevitable que la izquierda viese en los incidentes de la quinta de San Vicente un retablo de todo lo que repudia en política. Esa franja de opinión declaró la muerte del peronismo hace décadas y desde entonces lo único que hace es repetir diagnósticos como los que hace Jorge Altamira, gurú del trotskista Partido Obrero, en el último número del periódico partidario «Prensa Obrera», cuyos principales párrafos reproducimos aquí.
-
Desestimaron un planteo de Villarruel para apartar al juez Lijo de una causa contra Lemoine y otros referentes de LLA
-
Medios británicos reaccionaron a los dichos de Villarruel sobre las Malvinas: hablaron de "insulto" y "escalada"
Néstor Kirchner
Esto alcanza para demostrar que los choques durante las ceremonias del traslado no obedecieron a un exceso de «tetrabrik» o de cerveza. A pesar de sus renovadas proclamas de «renovación» y «transversalidad», Kirchner carga con el cadáver del peronismo sobre sus espaldas, al igual que todo el régimen político, como lo demuestra la candidatura «alternativa» de Lavagna. Existe un enfrentamiento político creciente entre las camarillas que se cobijan bajo el alero oficial.
El poder kirchnerista se encuentra pulverizado entre camarillas no solamente en San Vicente, ni se limita a los peronistas de cuño viejo y nuevo. Como si no le alcanzara la quiebrapropia, el peronismo, bajo la batuta de Kirchner, arrastra a la división a la UCR y al centroizquierda. En este cuadro político despedazado, la mitad de las provincias ya ha decidido adelantar las elecciones; de lo contrario Kirchner no tendría condiciones de presentar un frente único en todo el país, ni los gobernadores tendrían la posibilidad de extorsionar a la Rosada a cuenta de un apoyo futuro a la candidatura presidencial. Pero todo esto significa que podríamos asistir a «la gran San Vicente» en numerosos distritos -incluidos los municipales-. El Partido Obrero propone a todos los luchadores y a la izquierda aprovechar estas contradicciones para hacer avanzar la causa obrera y socialista. Pero para eso es necesario, claro, no «colgarse» de ninguna camarilla oficial, aunque se vista de «progresista» y haga un (falso) alarde de «independencia».
Esta crisis enorme del oficialismo muestra los límites que tiene la pretensión de gobernar con la cifras del PBI o con el eslogan «la economía crece». Es que la «economía» no es un cuadro estadístico sino la expresión encubierta o camuflada de un proceso social que se caracteriza por los antagonismos entre las clases. El Estado aún se ve obligado a arbitrar entre estas clases luego de la bancarrota de 2001 y del Argentinazo.
Las provocaciones y patoteadas de San Vicente ofrecen nuevos pretextos al Estado para intervenir contra los sindicatos. Los trabajadores no pueden cargar el peso criminal de la burocracia en la lucha que deben librar contra las patronales. La burocracia, por su lado, enfrenta una verdadera encrucijada. No cuenta, como bajo el gobierno de Menem, con la derrota de las luchas obreras contra las privatizaciones, y el reflujo posterior a estas derrotas, sino con un persistente ascenso del espíritu de lucha de los trabajadores y con el ingreso a la clase obrera de una nueva generación. También tiene que hacer frente al desequilibrio social extraordinario que produjo la bancarrota de 2001 y los consiguientes golpes que recibió el aparato político del Estado y sus partidos.




Dejá tu comentario