La Tablada: temen cadena de motines si firman conmutación de penas
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El grupo que ayer se citó con el Presidente está dividido en tres criterios:
Jorge de la Rúa recibió ayer el apoyo de un peronista que compartió con él la banca de convencional constituyente en Santa Fe en 1994, Jorge Yoma. El legislador riojano afirmó que la Argentina «debe cumplir con los tratados internacionales en materia de derechos humanos, en sentido de llegar una doble instancia, que en el caso de los presos de La Tablada no se cumple». Yoma recordó que en el caso del juicio a los miembros del Movimiento Todos por la Patria «no hubo posibilidad de apelar; entonces hubo un cuestionamiento para que se autorice una segunda instancia. Lo que no quiere decir que van a salir en libertad», aseveró. Sin embargo, descalificó la posibilidad de conmutar penas, por entender que es una facultad que significa «un resabio monárquico».
Un segundo grupo que integran Storani y Conti están a favor de una conmutación selectiva de las penas. Ninguno de ellos quiere pasar a la historia como los victimarios de presos que algunos consideran políticos. Argumentan en favor de la medida que ya en 1994 Carlos Menem firmó una conmutación de penas a favor de un condenado de La Tablada. Fue en el caso de Guillermo Maqueda a quien se le redujo la pena por el decreto 1680 del 23 de setiembre de 1994 porque su caso llegó a la Corte de Derechos Humanos de Costa Rica. Menem logró evitar los conflictos que hoy atribulan a De la Rúa, con una picardía: disfrazó el caso del terrorista Maqueda camuflándolo en el mismo decreto donde le conmutó la pena a una larga lista de presos comunes.
El punto débil de esta posición es que el caso de los actuales presos sólo ha sido motivo de una «recomendación» de la Comisión de Derechos Humanos de la OEA a la Argentina para que en el futuro se cree la segunda instancia en juicios.
Esto lo impone la Ley de Defensa de la Democracia que pensó Raúl Alfonsín para reprimir eventuales golpes militares. La Comisión no consideró que el caso debía pasar a la Corte de Costa Rica, pero Conti y Storani advierten que eso puede ocurrir si la Argentina no responde con algo a esta crisis.
Una tercera opinión es la que le hizo llegar al Presidente su ex ministro Ricardo Gil Lavedra en el sentido de que no conviene intentar la creación de la segunda instancia judicial por decreto, como tampoco es oportuna la conmutación de penas. Gil Lavedra es hoy un ácido crítico de la demora del gobierno que él mismo integró en solucionar el problema cuando se trataba sólo de votar una ley procesal en el Congreso que abría la segunda instancia para casos futuros.
Abona esa percepción un hecho que testimonian todos los que en el gabinete hablan con el Presidente sobre La Tablada: De la Rúa guarda en su real pecho su opinión sobre el tema. Anoche el Presidente escuchó una vez más las opiniones de sus ministros, pero tampoco les abrió el corazón sobre qué quiere hacer. Por eso los funcionarios se limitaron a exponerle los fundamentos de cada escenario posible para una salida que es inevitablemente, ya de apuro y a pura pérdida.
En la mesa de anoche quedó claro que la opinión pública, en todos los sondeos recogidos por el gobierno, rechaza la idea de que se promueva la libertad de los presos de La Tablada. La presión de los activistas que los respaldan, que hasta trajeron hace una semana al país al célebre escritor y premio Nobel José Saramago nada más que para pedir por esas libertades, parecen haber capturado la voluntad de funcionarios y legisladores.
Rechazo
Esa captura de voluntades llegan a tal punto que nadie se anima a exponer ante el Presidente un cuarto camino, que es dar un giro a la actitud que ha llevado hasta ahora y rechazar la extorsión de los huelguistas que parece, con muy poco, Ayer De la Rúa se lamentó de que la gente ha olvidado los horrores de ese ataque terrorista y que ahora produce manifestaciones en favor de alguna medida. El gobierno que él preside es, sin embargo, responsable de esa amnesia, en su voluntad de dejar correr el reclamo sin buscar una solución, haciéndose eco sólo de algunos pedidos de parte. Uno de ellos es el del alfonsinismo ortodoxo que buscó evitar que el Congreso voltease el último resto de la ingeniería jurídica de Alfonsín que es esa Ley de Defensa de la Democracia. El otro es el temor a malquistarse con sectores del Poder Judicial que actuaron en el juicio de La Tablada y cuyo rol se abriría de nuevo a debate si hubiera una revisión en segunda instancia del proceso.




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