31 de octubre 2005 - 00:00

Lavagna, en cambio de imagen, convocó a los empresarios

Hilda Chiche Duhalde
Hilda Chiche Duhalde
Sin proponérselo, acaso sin merecerlo, Roberto Lavagna fue uno de los derrotados de la elección bonaerense del 23 de octubre pasado. No cayó ante un adversario político y tampoco debajo de un voto castigo que, si existió, tuvo como blanco único a Eduardo Duhalde.

El principal enemigo de Lavagna fue, una vez más, su exceso de cálculo.

Imperdonable para un ministro que presume de conocer, como ningún otro de sus antecesores -salvo el efímero radical Juan Carlos Pugliese-, las sutilezas de la política. Lavagna percibió de manera adecuada que la foto del triunfo, el domingo por la noche, no lo tenía entre sus protagonistas. Dirá, claro, que su prescindencia aspiró a sustraer su gestión de los cimbronazos electorales.

Según este punto de vista, quiso seguir siendo un ciudadano de dos reinos, que prefiere periodizar la administración del país según el calendario de su presencia en el Palacio de Hacienda antes que por los cambios que se verificaron en la Casa Rosada. Un hombre de Estado, no de partido. Fracasó en el intento por un factor incontrolable: para la opinión pública su distancia con el matrimonio Kirchner durante la campaña, sumada a las componendas poselectorales que insinuaba Chiche Duhalde, terminaron por convertir la neutralidad ministerial en un pronunciamiento discreto a favor de los adversarios del gobierno.

Durante la semana pasada Lavagna debió moverse para desmentir esa imagen. Lo hizo con una agilidad política que no demuestra cuando los problemas pertenecen al área económica. El ministro no sólo se entrevistó un par de veces con el Presidente, para divulgar después una declaración de apoyo político sólo comprensible para alguien que se había debilitado por el resultado de las urnas.

También se aproximó a un grupo de hombres que, en estas horas, tienen un tránsito por el oficialismo tal vez más franco que él.

El jueves, por ejemplo, invitó a almorzar a un grupo de empresarios que hasta ahora habían estado algo distantes de su gestión. Tanto como próximos a la de Kirchner y a la de Julio De Vido, el ministro de Infraestructura y uno de los varios integrantes del oficialismo con los que Lavagna se lleva pésimo. Porque también aquí, no sólo en la provincia de Buenos Aires, este economista busca el justo medio aristotélico y logra estar mal con De Vido y con Alberto Fernández al mismo tiempo. El almuerzo fue en el restorán Oviedo, de Beruti y Ecuador. Allí el dueño de casa, Emilio Garip, tenía listo el reservado del primer piso para servir el mero con salsa de wasabi, una de las especialidades del lugar.


• Escudero


Con el ministro de Economía llegó su discreto escudero Eduardo «Ratón» Pérez, operador todoterreno a cuyos pasos siempre está atenta la Casa Rosada. Los invitados: Jorge Brito (Banco Macro-Bansud), Jorge Stuart Milne (Patagonia), Marcelo Mindlin (Dolphin), Alejandro Macfarlane (Edenor), Miguel Acevedo (Aceitera General Deheza), Ernesto Gutiérrez ( Aeropuertos Argentina 2000), Eduardo Costantini ( Consultatio) y Daniel Sieleki (Phoenix y Aguas de Mendoza). La conversación comenzó con un sobrio punteo sobre las elecciones del domingo pasado: tan sobrio que ni se habló de la provincia de Buenos Aires. Sí del «triunfo del Presidente», como dijo el ministro. Enseguida se observaron unas pocas curiosidades, antes de que Lavagna comenzara a emitir su mensaje. El centro de este fue el siguiente: «La piedra fundamental del programa es el superávit fiscal. Los grandes planes que tuvo la Argentina anteriormente terminaron mal por descuidar ese costado. Fue el caso del plan austral y de la convertibilidad. Los problemas comenzaron por el lado del financiamiento y ésta es la gran experiencia respecto de aquellas dos anteriores».

El almuerzo no se había organizado para discutir con el ministro. Tampoco tenía el carácter de un reportaje. Más bien se pretendía escuchar la visión de Lavagna sobre la coyuntura económica y el mediano plazo. Por eso nadie indagó al anfitrión sobre algunos problemas de financiamiento que aparecieron ahora, por ejemplo con la emisión del BODEN 2015, para la que el gobierno debió apelar al Banco Nación y al Bice de manera muy llamativa (claro, Guillermo Nielsen se empecinó en demostrar que podía fondearse a una tasa menor que la que el mercado está dispuesto a exigir).

Nadie se detuvo en estos detalles y el ministro, en homenaje a la sinceridad, tampoco habló de destinar recursos del superávit a la constitución de un fondo especial: Lavagna avanzó en su exposición hacia otro flanco del programa: el cambiario. Insistió con que la política de dólar alto y, de hecho, fijo, seguiría vigente por largo rato. «Vamos a sostener esa política para darles competitividad a las empresas, sobre
todo a las pymes, que están protagonizando un boom de inversión. Con el tiempo, la inflación irá ajustando el tipo de cambio real.»

Muchísimos detalles se pasaron por alto, claro. ¿La inflación seguiría siendo de dos dígitos, alrededor de 12% en los próximos años? ¿Por qué si hay tal oleada de inversión de las pymes hay tan poca demanda de crédito bancario? Era mejor escuchar al ministro. «En los '90, la inversión llegó por la vía de grandes proyectos, pero ahora el énfasis está en las pequeñas y medianas, que encuentran el mejor clima con este régimen cambiario», dijo Lavagna. Lo siguió Costantini: «La verdad es que mi experiencia indica que hay más plata que proyectos, hoy, en la Argentina. Cada torre que hago la vendo por adelantado. Pero son inversiones de carácter muy particular, inmobiliarias, de alta gama».

Coincidencia en la mesa: nadie cree que en los próximos 24 meses la situación actual vaya a cambiar dramáticamente. Pero nadie cree tampoco que, más allá de ese horizonte, se pueda apostar a la estabilidad del programa. Claro, una cosa es construir torres en los barrios más elegantes de Buenos Aires y otra es hacer una planta de generación eléctrica que se recupera a 30 años, se dijo. Salió, a propósito, el ejemplo de Aluar, que para ganar autonomía construyó su propia usina de ciclo combinado pero que, después, tuvo dificultades para conseguir un contrato de provisión de gas por 30 años para la fabricación de aluminio.

• Energía

Lavagna vio la oportunidad ideal para hacer notar su disidencia en materia energética: «Ustedes saben que yo era partidario de un sinceramiento de las tarifas muy temprano pero, cuando lo propuse, un juez me lo bloqueó. Fue durante la gestión de Duhalde». Todos asintieron.

El ministro remató: «La preocupación energética es de todos los sectores de la economía, no sólo de los que tienen inversiones en ese campo». La inexistencia, para el ministro, de problemas de financiamiento pareció quedar clara en otro concepto de la charla: «No me inquieta apurar el acuerdo con el Fondo, sobre todo si ese acuerdo significa ceder algunos ejes centrales de nuestra política. Sobre todo la política monetaria». En cambio, Lavagna admitió que «el problema que nos preocupa es la inflación».

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