Repentinamente locuaz se ha vuelto el ministro de Economía -al menos con los periodistas que le simpatizan o que les simpatizan a las empresas que a su vez simpatizan con el funcionario- desde que lo incorporaron a la campaña proselitista de Néstor Kirchner. Curioso: a partir del momento en que Roberto Lavagna aceptó esa misión -a la cual se negaba casi con la misma vehemencia con la que despreciaba a su ahora candidato-, los encuestadores empezaron a variar sus pronósticos y colocaron en primer lugar a Carlos Menem y, lo más preocupante para el Palacio de Hacienda, segundo a Ricardo López Murphy. No sería científico suponer que la sorprendente arremetida de López Murphy es producto de la respuesta popular a la aparición política de Lavagna. Nadie debe entenderlo como una respuesta, menos como una repulsa. Pero así son los números, al menos los de los mismos encuestadores que durante todos estos meses han trabajado para Eduardo Duhalde, le endulzaron los oídos con José Manuel de la Sota lejos de cualquier contrincante y, luego de la defenestración, con el santacruceño afirmado en la punta hasta en lugares donde su nombre era desconocido. Claro, los profesionales -no todos, claro- cobraban en distintos ministerios por un mismo trabajo o en públicas reparticiones también interesadas en los sondeos (la Corporación Puerto Madero).
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A Lavagna nunca le incomodó esa situación a pesar de que él mismo, sin duda, debió conocer esas contrataciones. ¿O son todos gastos reservados? Pero ayer, por las radios que nunca frecuentaba, empezó a quejarse de una suerte de conspiración «empresaria liberal» que pretendía imponer el ballottage entre Menem y López Murphy, olvidándose del preferido de Duhalde (ni se atreve a mencionar a quien más lo agrede y también supera a Kirchner: Adolfo Rodríguez Saá). Irritado y con un humor que ni su esposa reconoce, Lavagna intentó descalificar los nuevos vaticinios afirmando que eran producto de quienes pretenden endeudar más al país (como si lo de Duhalde hubiera sido poco). Deslucido final para el ministro venido político, bisoño claro, que hasta se opaca frente a las intervenciones de otros camaradas, más brillantes en la palabra (Alfredo Atanasof) o en el silencio (Ginés González García).
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