Lástima que Hugo Moser se quedó con Cavallo. Le venía bien a esta administración, especialmente por su obra maestra, «Matrimonios y algo más», esos episodios cómicos en la TV que le sirvieron para convertirse en especialista de medios y escudero del ex ministro de Economía. Aunque no se debe desesperar: siempre hubo una sociedad secreta entre Eduardo Duhalde y Domingo Cavallo, afines también con el rol matrimonial y a la participación activa en su vida política, cuando no autoritaria, de sus respectivas esposas.
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El rol político de los matrimonios aparece en este gobierno como nunca en una gestión nacional. Claro, registra el antecedente bonaerense y esa condición «familiar» que Duhalde le concede a todos sus actos (aparece con toda su prole en «Gente» o «Caras», al lamento colectivo por alguna denuncia -caso del libro de López Echagüe-, o para exigir de consuno que los boliches a determinadas horas cierren y que los chicos no tomen cerveza).
El Presidente ha sentado a su vera, en el gabinete, a su esposa Hilda o Chiche. Fue su elección, o la de ella, no la de los votantes. Pero da lo mismo. Aunque esto no sea habitual en ninguna empresa, casi impensado en una multinacional -lo más parecido a un país-, y se contagia como una costumbre en el resto de sus colaboradores. Hasta excede el cupo femenino que impuso Carlos Menem para los cargos electivos.
Elementos femeninos con vocación y conocimientos múltiples. El sucesor de Carlos Ruckauf en La Plata, Felipe Solá, tampoco le va en zaga: la «Colorada» Teresa Fernández González saltó de la cultura nacional en el breve interinato de Rodríguez Saá, que la designó secretaria del rubro. Ahora será algo más que la primera dama provincial, tal vez con justicia, porque muchos de los logros de su esposo fueron producto de la agitación política de ella.
La cultura familiera o matrimonial se expande en el círculo de Duhalde: su ministra de Educación, Graciela Giannettasio, aporta también a un marido, Miguel Saiegh, empresario del sector privado que fue ganado con creces por la función pública provincial desde hace años. Otra pareja es la del secretario legal y técnico de la Presidencia, Antonio Arcuri, silente conocedor de los secretos de Duhalde, quien no da un paso sin Brígida Malacria, intendenta municipal más de una vez elegida por San Vicente. Si los Duhalde son más que dos, con los Arcuri son más que cuatro.
El esquema de familia política gobernando se extiende a otras áreas: la almohada femenina de Chiche es la sena-dora nacional Mabel Müller; viene con su marido Oscar Rodríguez, ahora transformado en el número dos de la SIDE, cargo para el cual -como todo el mundo sabe-se preparó toda su vida. Su único antecedente: intendente Chiche Duhalde del municipio de Presidente Perón. Tampoco queda afuera de este espectro un binomio que transitó el menemismo y que ahora comulga con Duhalde: el intendente de Ezeiza, Alejandro Granados, y su esposa Dulce, ex diputada nacional que extrañamente aún no logró una ubicación en el gobierno.
Estos son algunos ejemplos de las formas duhaldistas para ejercer política y poder, para nada emparentada con el nepotismo, por supuesto, jamás imaginada como instrumento doble de sustento familiar. Son, sencillamente, matrimonios con esposas fuertes, tan activas que pueden atender su casa, controlar maridos e hijos, decretar, legislar, ayudar a los pobres y hasta salir en los diarios. Moser dispone hoy de un sucedáneo para su programa, un verdadero reality show mucho más interesante que las astracanadas anteriores imaginadas en su cabeza. Antes de volver a la televisión esta nueva versión de «Matrimonios y algo más», claro, deberá superar el luto de Cavallo, si lo deja su propia mujer, Sonia. Otra mujer de armas tomar.
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