Mausoleo
Volvió ayer Néstor Kirchner al lugar donde lanzó por primera vez -de la mano de Eduardo Duhalde, claro- la fórmula presidencial. Retornó a San Vicente (no pudo ser acompañado por Felipe Solá debido a que sufrió un desmayo), donde está la quinta en la que Juan Perón se recluía con Eva (allí él se ejercitaba en hacer la mayonesa casera). Ahora, este reducto se convertirá en un mausoleo para el matrimonio peronista, cuyos restos serán trasladados cuando concluyan, en 6 meses, las obras que hoy justamente empiezan. Fue allí Kirchner para hacer el rito ya convertido en pieza turística, incluyendo la visita al tren (desde cuyo vagón Perón recorría el país haciendo campaña) y al museo con recuerdos personales del general. Curioso: el Presidente es más hombre de Gaspar Campos (residencia de la última vuelta de Perón al país) que de San Vicente. Pero justo es admitir que la visita de ayer es algo más que simbólica: regresa al principio de Perón, también al duhaldismo (lo recibió la primera línea del jefe bonaerense) que lo hizo mandatario y al grupo Mausoleo (Duhalde y los gobernadores peronistas) del cual tanto se burlaban algunos colaboradores de la Casa Rosada. Y no porque les recordaba al rey Mausolo (Halicarnaso) que engendró la palabra, sino porque esa designación expresaba lo más vetusto del partido. Ahora, ya no hay diferencias de edad: están todos juntos.
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Néstor Kirchner hace malabares para hablar por su teléfono celular mientras, a su lado, dialogan sonrientes la vice Graciela Giannettasio y el senador Antonio Arcuri.
Con la vice Graciela Giannettasio y el diputado Osvaldo Mércuri completando la delegación provincial, podría decirse que el patagónico firmó su inclusión en el grupo Mausoleo. De hecho, en 2005, pataleos al margen, todos saldrán a juntar votos para la misma boleta.
Excepto que, como presumen algunos, se haga realidad la advertencia de Chiche Duhalde respecto de que el año próximo será candidata a senadora porque esa elección, según entiende, es el paso previo y obligatorio para acceder a su objetivo más preciado: la gobernación en 2007.
Ayer ni siquiera estuvo Felipe Solá para matizar el marco duhaldista «hard». Traicionado por el calor, el gobernador sufrió una descompensación en Berazategui y tuvo que ser atendido en un hospital (ver aparte). «Se va a poner bien, y le mando un abrazo. Lo que pasa es que está un poco viejito», bromeó Kirchner desde el palco sobre el achacón de Solá.
Desde la Casa Rosada, en tanto, llegaron Pampuro y Julio De Vido, ministro de Planificación que silencioso, con la chequera y los certificados de obra en la mano, junta y rejunta voluntades para ofrendarle al Presidente.
Kirchner, en tanto, encaró su propia campaña: en los últimos 15 días encabezó cinco actos en la provincia de Buenos Aires y seguirá con esa ronda. En los hechos, supone un avance sobre la provincia, pero esta vez nadie sabe por cuánto tiempo junto a los duhaldistas.
Pero no todo fue luces y guirnaldas. Tras el incidente de la joven desmayada, el Presidente aprovechó para retomar una de sus viejas pasiones: castigar, sin nombrarlo, a Carlos Ruckauf. Para eso hizo foco en los bonos Patacón que lanzó a mediados de 2001 para suplir la ausencia de pesos.
«¿Saben por qué se desmayó esta joven?», preguntó el Presidente y sin esperar respuesta del auditorio, agregó: «Porque escuchó que yo hablaba de los patacones. Pero quédense tranquilos: nunca más, en esta provincia, se volverá a pagar con papelitos».
De locales, los duhaldistas rieron, pero, en el fondo, más de uno debe de haber leído que de a poco Kirchner comenzó a correr el calendario de sus críticas que antes focalizaba en los '90 y que ahora ya abarcan el nuevo siglo: ya fue por Menem, ahora por Ruckauf, ¿Duhalde es el próximo?
Al final, sembró tranquilidad cuando habló de que vendrán «tiempos mejores» si la Argentina resuelve en forma favorable la renegociación de la deuda externa con los bonistas -presentada anteayer por Roberto Lavagna- y al respecto volvió a pedir a los argentinos «esfuerzo y sacrificio» para salir adelante.
«Ahora hay que hacer mucho esfuerzo para que la mayor cantidad de argentinos pueda estar mejor», dijo desde las tablas de San Vicente antes de entregarle a Brígida Malacrida subsidios por 8 millones de pesos para obras públicas que había prometido casi dos años atrás.




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