"Me despidieron con fuegos artificiales"
Yvonne Ridley, del "Sunday Express", llega a Kabul para enviar notas desde allí pero es confundida por espía y enviada a una prisión junto a cooperantes de la ONG acusados de propagar el cristianismo. Desde su celda contempla durante la noche del domingo 7 de octubre los prime-ros bombardeos de los aviones de EE.UU. y Gran Bretaña.
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JUEVES 4 DE OCTUBRE, LLEGADA A KABUL.
El ministro de Exteriores adjunto, un hombre pequeño, rechoncho y de aspecto jovial, viene a decirme que muy pronto saldré de allí. Yo no me lo creo pero él me insiste en que no me preocupe. «No estoy preocupada», le grito, «lo que estoy es muy enfadada. Sus palabras se las lleva el viento. Después de que me han engañado con el viaje a Kabul, ya no les creo». El hombre del Ministerio de Exteriores me dice que van a despejar una celda, para que la ocupe yo sola y pueda, así, disponer de una cierta privacidad. «Quizá piense usted que nuestras cárceles son muy primitivas, pero tenga en cuenta que esto es Afganistán. Hemos estado en guerra durante 22 años.Y sabemos que usted ha pasado por circunstancias similares en Irak», me dice guiñándome el ojo, convencido de tener una información vital sobre mí. Mi nueva estancia está situada justo encima de la cárcel de mujeres y tiene unas enormes ventanas con rejas, desde las que puedo ver la colina de Kabul y toda la ciudad. Al cabo de unos minutos me quedo adormilada, pero súbitamente aparecen grandes ráfagas de luz que rasgan el cielo. Los ruidos sordos y las explosiones de bombas hacen que se me estremezca todo el cuerpo. La mayoría son distantes, pero una de ellas cae muy cerca, con una explosión que casi consigue que me revienten los tímpanos. Desde la ventana de mi habitación puedo contemplar cómo América lanza su ataque de respuesta contra el terror. Soy consciente de que Kabul está siendo bombardeada y que no puedo hacer nada al respecto, por lo que me siento en la cama. De repente, la puerta se abre con brusque-dad e irrumpen a toda prisa en la habitación siete u ocho hombres talibanes; esto es algo muy inusual, porque sé que siempre llaman a la puerta antes de pasar y que son siempre muy respetuosos. Hurgan debajo de mi cama y sacan un fardo lleno de cargas para lanzagranadas y, después, se dirigen al otro ar-mario para sacar munición. Todos llevan Kalashnikov. Les pregunto qué hacen y gritan: «Amreeca, amreeca», que es como llaman a los americanos. Me empiezo a reír y digo: «Si creéis que les vais a dar a los bombarderos B-51 con eso vais aviados, es como si les quisierais derribar con un arco y unas flechas».
LUNES 8 DE OCTUBRE, DE KABUL A CASA.
Abro la puerta para ver al alcalde, al hombre jovial y a otros hombres. Entran y me invitan a sentarme sobre uno de los cojines. El alcalde me entrega un precioso traje de grueso terciopelo negro y me comenta que es una vestimenta tradicional afgana y que debo ponérmelo antes de irme. El hombre jovial dice: «Vine la noche pasada para animarla después del bombardeo, pero ya estaba usted dormida». Yo le replico: «Ah, se trataba de un bombardeo. Creía que eran unos fuegos artificiales de despedida que me dedicaban los talibanes». Me mira y a continuación me dedica un gran cumplido: «Ridley, es usted todo un hombre. Es usted un gran contrincante.Vamos, ya es hora de que nos marchemos». Por primera vez, le sonrío amablemente y le pido perdón por mi mal comportamiento. Los talibanes contem-plan cómo conducen al hombre mujer Ridley hasta un vehículo. Un funcionario de la diplomacia afgana va a escoltarme hasta la frontera. Mientras nos dirigimos hacia Kabul, puedo contemplar a la luz del día dos ciudades distintas. Una parte está tremendamente afectada por los bombardeos, con enormes daños, gran parte de ella destruida por los bombardeos sufridos a lo largo de los años. En la otra se ven unas elegantes avenidas donde se encuentran las embajadas, ahora vacías. La bandera china ondea en lo alto de un magnífico edificio. Atravesamos el serpenteante barranco donde está Kabul a través de grandes túneles excavados en la roca, en un nuevo viaje de seis horas sobre piedras y escombreras. Nos detenemos en un restaurante y hago mi primera comida desde que inicié la huelga de hambre, en compañía del diplomático, el conductor y dos guardias armados. Comemos en silencio. Mientras cruzamos Jalalabad, la gente se arremolina alrededor del coche gritando: «¡Periodista inglesa!». El diplomático se ríe y me comenta: «Es usted muy famosa aquí. Todo el mundo conoce su cara». Cuando llegamos a la frontera ya ha oscurecido; nos quedamos sentados en el vehículo ante la enorme verja metálica que me separa de la libertad y del mundo exterior.




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