17 de octubre 2001 - 00:00

"Me despidieron con fuegos artificiales"

Yvonne Ridley, del "Sunday Express", llega a Kabul para enviar notas desde allí pero es confundida por espía y enviada a una prisión junto a cooperantes de la ONG acusados de propagar el cristianismo. Desde su celda contempla durante la noche del domingo 7 de octubre los prime-ros bombardeos de los aviones de EE.UU. y Gran Bretaña.

MIERCOLES 3 DE OCTUBRE, JALALABAD.

Me han dicho que el presidente Bush ha hablado con el dirigente talibán mullah Mohamed Omar y que Osama bin Laden ha abandonado el país, pero no me lo puedo creer. De nuevo me castigan con su silencio y esto me asusta. Por alguna razón que no sé explicarme muy bien, tengo miedo de que me envíen a Kabul. Desecho toda clase de cooperación con ellos y me niego a contestar a alguna pregunta más. A las siete de la tarde, me dicen que me marcharé a casa mañana y que iré en el mismo avión que los colaboradores de la ONG que habían sido acusados de intentar convertir musulmanes al cristianismo.

JUEVES 4 DE OCTUBRE, LLEGADA A KABUL.


Alas 5.30 de la mañana ya estoy preparada para el viaje al aeropuerto de Kabul, para donde saldremos dentro de una hora. El viaje a Kabul es infernal y nos lleva más de seis horas. Me doy cuenta claramente de que la amenaza del presidente Bush de «reducirlos a cenizas» es una futilidad que está absolutamente fuera de la realidad. Llegamos a Kabul al anochecer. No puedo ver el aero-puerto y, de repente, giramos hacia una prisión. Me llevan dentro a través de una diminuta entrada; después se abre la puerta de una celda donde se encuentran dos mujeres afganas y un niño que está llorando. Furiosa, me doy la vuelta y grito a voz en cuello, diciéndoles que me han mentido. Me niego a entrar en la celda y llamo mentiroso y bastardo al alcalde de la prisión. Pido que me lleven a pasar la noche a un hotel, aunque el precio sea abusivo. Justo en ese momento se abre otra celda y seis mujeres salen de ella preguntando qué ocurre. Inmediatamente me dicen que hablan inglés y enseguida me doy cuenta de quiénes son. «Sois las colaboradoras de la ONG», exclamo. «Pero yo creía que os tenían en una habitación de hotel, con televisión, video y todo tipo de comodidades.» Se ríen y aclaran mi dilema.

VIERNES 5 DE OCTUBRE, KABUL.

Hablo con las mujeres que están conmigo: dos estadounidenses, Esther y Diana; una australiana muy vital, Diana, y tres alemanas, Kati, Silke y Margrit. Las cooperantes están a la espera de que llegue su abogado y comienzan a escribir cartas para que él las haga llegar al mundo exterior. Esperanzada, escribo una nota para mi editor, Jim Murray, en la confianza de que el abogado paquistaní se la envíe. «Jim, esto es un agujero cavado en el mismísimo infierno. Por favor, ayúdame.» Pero el abogado rehúsa enviar mi mensaje. Más tarde llegan dos individuos del Ministerio de Asuntos Exteriores, a quienes acompaña el alcalde, que me anuncian que ahora soy invitada suya y que ya no tengo nada que ver con el Departamento de Inteligencia. Al menos, todas esas peligrosas conversaciones sobre espionaje habrán terminado. Pero entonces me dicen que quieren estar durante otro par de horas interrogándome. Me pongo brava y les contesto que, por mí, se pueden ir al infierno.

DOMINGO 7 DE OCTUBRE, KABUL.

El ministro de Exteriores adjunto, un hombre pequeño, rechoncho y de aspecto jovial, viene a decirme que muy pronto saldré de allí. Yo no me lo creo pero él me insiste en que no me preocupe. «No estoy preocupada», le grito, «lo que estoy es muy enfadada. Sus palabras se las lleva el viento. Después de que me han engañado con el viaje a Kabul, ya no les creo». El hombre del Ministerio de Exteriores me dice que van a despejar una celda, para que la ocupe yo sola y pueda, así, disponer de una cierta privacidad. «Quizá piense usted que nuestras cárceles son muy primitivas, pero tenga en cuenta que esto es Afganistán. Hemos estado en guerra durante 22 años.Y sabemos que usted ha pasado por circunstancias similares en Irak», me dice guiñándome el ojo, convencido de tener una información vital sobre mí. Mi nueva estancia está situada justo encima de la cárcel de mujeres y tiene unas enormes ventanas con rejas, desde las que puedo ver la colina de Kabul y toda la ciudad. Al cabo de unos minutos me quedo adormilada, pero súbitamente aparecen grandes ráfagas de luz que rasgan el cielo. Los ruidos sordos y las explosiones de bombas hacen que se me estremezca todo el cuerpo. La mayoría son distantes, pero una de ellas cae muy cerca, con una explosión que casi consigue que me revienten los tímpanos. Desde la ventana de mi habitación puedo contemplar cómo América lanza su ataque de respuesta contra el terror. Soy consciente de que Kabul está siendo bombardeada y que no puedo hacer nada al respecto, por lo que me siento en la cama. De repente, la puerta se abre con brusque-dad e irrumpen a toda prisa en la habitación siete u ocho hombres talibanes; esto es algo muy inusual, porque sé que siempre llaman a la puerta antes de pasar y que son siempre muy respetuosos. Hurgan debajo de mi cama y sacan un fardo lleno de cargas para lanzagranadas y, después, se dirigen al otro ar-mario para sacar munición. Todos llevan Kalashnikov. Les pregunto qué hacen y gritan: «Amreeca, amreeca», que es como llaman a los americanos. Me empiezo a reír y digo: «Si creéis que les vais a dar a los bombarderos B-51 con eso vais aviados, es como si les quisierais derribar con un arco y unas flechas».

LUNES 8 DE OCTUBRE, DE KABUL A CASA.

Abro la puerta para ver al alcalde, al hombre jovial y a otros hombres. Entran y me invitan a sentarme sobre uno de los cojines. El alcalde me entrega un precioso traje de grueso terciopelo negro y me comenta que es una vestimenta tradicional afgana y que debo ponérmelo antes de irme. El hombre jovial dice: «Vine la noche pasada para animarla después del bombardeo, pero ya estaba usted dormida». Yo le replico: «Ah, se trataba de un bombardeo. Creía que eran unos fuegos artificiales de despedida que me dedicaban los talibanes». Me mira y a continuación me dedica un gran cumplido: «Ridley, es usted todo un hombre. Es usted un gran contrincante.Vamos, ya es hora de que nos marchemos». Por primera vez, le sonrío amablemente y le pido perdón por mi mal comportamiento. Los talibanes contem-plan cómo conducen al hombre mujer Ridley hasta un vehículo. Un funcionario de la diplomacia afgana va a escoltarme hasta la frontera. Mientras nos dirigimos hacia Kabul, puedo contemplar a la luz del día dos ciudades distintas. Una parte está tremendamente afectada por los bombardeos, con enormes daños, gran parte de ella destruida por los bombardeos sufridos a lo largo de los años. En la otra se ven unas elegantes avenidas donde se encuentran las embajadas, ahora vacías. La bandera china ondea en lo alto de un magnífico edificio. Atravesamos el serpenteante barranco donde está Kabul a través de grandes túneles excavados en la roca, en un nuevo viaje de seis horas sobre piedras y escombreras. Nos detenemos en un restaurante y hago mi primera comida desde que inicié la huelga de hambre, en compañía del diplomático, el conductor y dos guardias armados. Comemos en silencio. Mientras cruzamos Jalalabad, la gente se arremolina alrededor del coche gritando: «¡Periodista inglesa!». El diplomático se ríe y me comenta: «Es usted muy famosa aquí. Todo el mundo conoce su cara». Cuando llegamos a la frontera ya ha oscurecido; nos quedamos sentados en el vehículo ante la enorme verja metálica que me separa de la libertad y del mundo exterior.

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