Carlos Menem dice que no hay que hablar de menemismo, sino de peronismo, porque es un lenguaje que nos imponen nuestros adversarios o enemigos para separarnos a los justicialistas. Un viejo sueño de los «gorilas». La figura de Menem, un dirigente que salió de un pueblito de la provincia más pobre de la Argentina y que jamás perdió una elección, después de diez años de gobierno exitoso y de tantas transformaciones, es tan fuerte que atrae todo tipo de críticas, envidia, miedo, recelos... También admiración, cariño y respeto. Hasta produjo el nacimiento de un partido, el Frepaso, que hizo de sus denuncias al ex presidente y su gobierno su razón de ser. Por ello, ahora, sin Menem en el poder, se está desintegrando. También abrevan de ahí los denunciadores profesionales que han convertido su tarea legislativa en un diccionario de acusaciones y hasta de difamación, sin ética política ni apego a la verdad. Se habla de gobierno menemista, de entorno menemista, de corrupción menemista, de época menemista, de estilo menemista. El menemismo fue en realidad, en su sentido más estricto, el grupo de funcionarios más cercanos que acompañaron a Menem durante su gobierno, que lo ayudaron y, además, aumentaron su prestigio con los logros del entonces presidente. Hoy, como grupo, está bastante fragmentado. Incluso muchos trabajan con los rivales internos de Menem. Ex menemistas Eran menemistas Duhalde (vicepresidente), Ruckauf (embajador, ministro del Interior y vicepresidente) y Caselli (embajador ante la Santa Sede), uno de los emblemáticos. También Palito Ortega; Béliz, que denunció el «nido de víboras» después de 8 años; Patricia Bullrich y tantos más. Eran todos menemistas. Menem descubrió a Reutemann y ayudó a De la Sota a llegar a la gobernación, después de tres intentos. Pero hoy queda poco menemismo en el sentido apuntado. Ya no está el gobierno. Sin embargo, está Menem, que es mucho más que el menemismo. Atrae a justicialistas y no justicialistas, a jóvenes y a señoras paquetas, a empresarios y profesionales independientes y, como siempre, a los trabajadores y a los más humildes que lo siguen y lo quieren. Es un líder, porque sabe a dónde va, y muchos argentinos confían en él. Un verdadero protagonista; en sentido etimológico, el que está al frente (proto) de la lucha (agón). Algunos de los que estamos cerca del Dr. Menem somos tildados de menemistas, super o hipermenemistas, aunque jamás participamos del gobierno nacional. Simplemente, Carlos Menem nos parece el mejor dirigente que tiene nuestro partido y apoyamos su conducción. Un diario nos llamó neomenemistas. No todos los que lo siguen piensan que deba ser el próximo candidato a presidente de la Nación por el Partido Justicialista, aunque sin duda es uno de los más probables; por eso sigue recibiendo tantos golpes, de adentro y de afuera. Yo pienso que no les molesta el menemismo; de hecho, lo incorporan en los gobiernos; algunos hijos de notorios menemistas tradicionales son bienvenidos en las listas internas de Ruckauf y Duhalde, el mayor opositor y el mayor detractor de Menem, respectivamente. En realidad, el que les molesta es Menem, porque es un competidor muy difícil y tienen miedo de que les gane. El problema es Menem, no el menemismo. Se cuenta en los corrillos políticos que Duhalde le advirtió, metafóricamente, a Ruckauf: «Al turco lo tenés que matar. Si lo dejás vivo, te gana». Otros lo quieren meter preso.
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