Carlos Menem y Carlos Ruckauf acordaron en las últimas horas un cese del fuego hasta después de las elecciones legislativas del año que viene. Hasta ese momento se abstendrán de ejercer su deporte favorito en la interna peronista, pegarse con ambas manos como si se odiasen de toda la vida. La decisión la cerraron a través de distintos emisarios luego de frustrarse, por diferencias de método y de cartel, un encuentro entre los dos.
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La paz que durará un año no obedece tanto a un viraje en los afectos. Está pedida por el cuadro que uno y otro se han formado del escenario electoral del año que viene: el peronismo está forzado a ganar en la provincia de Buenos Aires la competencia de senadores y diputados nacionales y la condición es que no existan listas disidentes que amaguen con ir por afuera. En la encuesta de Hugo Haime que suele mostrar Ruckauf en estas horas, por ejemplo, la chance de Eduardo Duhalde como candidato está casi 20 puntos por encima del candidato aliancista, Raúl Alfonsín, pese a que en imagen el ex presidente supera al ex gobernador.
Este pronóstico explica la negativa de Alfonsín a correr esa pelea, que deja a otros dirigentes provinciales como Leopoldo Moreau o Federico Storani, algo que mejora la posibilidad de una victoria, pero a condición de que no haya boletas alternativas y por afuera, como la que hoy arman desde el menemismo provincial que coordina Julio Mera Figueroa.
El mismo imperativo de unidad creen necesario en la Capital Federal, donde el PJ viene de una serie de derrotas encadenadas que sueñan con revertir mediante una lista panperonista, que enlace extremos que pare-cen hoy irreconciliables. Deberían caber allí el hoy «extrapartidario» Gustavo Béliz (socio de Domingo Cavallo) y también los restos del antiguo «sistema» que hizo grande a Carlos Grosso y que ahora administran Miguel Ángel Toma y Carlos Corach.
Dificultades
Menem y Ruckauf saben además que la Alianza que gobierna con Aníbal Ibarra en ese distrito pasa por las mismas dificultades internas que en el orden nacional. Eso agrava la pelea por las candidaturas con un Rodolfo Terragno que vive amenazando con una nominación por cuerda separada de la UCR si sus correligionarios le niegan esa chance. Fuera del ex jefe de Gabinete no tiene buenos candidatos y la Alianza especula con horror sobre la eventualidad de que el peronismo de todos los colores se le encolumne enfrente para los próximos comicios. Lo mismo que ahora pergeñan Menem y Ruckauf en esta sociedad forzada en un intento de revertir la historia reciente del peronismo del distrito y de paso golpear con fuerza al oficialismo allí donde tiene una hegemonía indiscutible.
Los emisarios de esta paz fueron los negociadores profesionales del peronismo, Corach y Eduardo Bauzá, cuya fortuna abultaría mucho si cobrasen por kilómetros recorrido en su oficio de componedores entre las bandas del peronismo. Entraron en acción luego de que Menem y Ruckauf fracasasen en ponerse de acuerdo en la modalidad de un encuentro. El enviado fue en este caso Jorge Yoma, que se juega a disputar una banca por La Rioja por afuera del PJ de la mano de Ruckauf. Este le pidió que negociase con Menem una reunión secreta. El ex presidente, que conoce a su ex vice, rechazó la clandestinidad: «Reunión secreta ni hablar. Con Ruckauf todo público, todo público».
Ahí apareció el dúo dinámico Corach-Bauzá, que viajaron varias veces por día entre la oficina de Ruckauf del Banco Provincia sede central en la Capital Federal y la casa de Menem en el barrio de Belgrano. Lograron conmover a uno y a otro con los números de varias encuestas que alimentan la idea de que, salvo un cataclismo que nadie espera, el PJ puede ganar la elección del año que viene y en el 2003 poner de nuevo un presidente.
En ese trajín los emisarios asistieron a un viraje en los dichos de uno sobre el otro. Ruckauf repetía en cada reunión: «Me reúno con Menem cuando quiera, pero necesito que no sea en público para no comprarme las internas de Carlos», como si ignorase que esas peleas son con él.
A Menem se le vieron otros virales. Le preguntaron cuál de sus vicepresidentes (Duhalde o Ruckauf) lo había dasairado más. Se echó hacia atrás, pensó un rato y respondió: «Duhalde, porque lo saqué de ser un concejal y lo hice vicepresidente y terminó enfrentado conmigo. Ruckauf, en cambio, me debe menos, porque venía de ser ministro de Isabel y era un dirigente importante en la Capital».
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