La Cumbre de las Américas, que se celebrará la semana que viene en Mar del Plata, servirá como ocasión para que, en la trastienda, los diplomáticos argentinos y brasileños discutan la próxima cita presidencial de los dos países. Está prevista para el 30 de noviembre, en Iguazú. Allí, Néstor Kirchner y Luiz Inácio Lula da Silva deberían remedar, al cabo de 20 años, el encuentro entre Raúl Alfonsín y José Sarney para fundar el Mercosur. ¿Se llegará a ese encuentro?
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Si se explora el ánimo de la Casa Rosada, tal vez sea mejor dejar pasar el aniversario. No vaya a ser que sirva para discordias, que es lo contrario de lo que se pretende. Sucede que Kirchner quiere llevarse de Iguazú un trofeo que Itamaraty, la Cancillería brasileña, no está dispuesta a conceder: el sistema de salvaguardas automáticas para cuando se detecten asimetrías distorsivas en el comercio bilateral. Roberto Lavagna documentó este reclamo en Brasil. Pero los diplomáticos de Lula jamás contestaron la carta. Al menos por escrito. De palabra, sin embargo, propusieron crear el sistema de salvaguardas, pero siempre que la distorsión sea dictaminada por una comisión binacional, de manera consensuada. Una especie de «cuento de la buena pipa», dicho con todo respeto. Por lo bajo, los diplomáticos de Itamaraty apuntan a una contradicción de Lavagna: «Las inversiones que quieran venir a la región se pueden ver atraídas por la Argentina si desde ese país se puede acceder al mercado total del Mercosur. Pero si se segmenta ese mercado con barreras arancelarias, lo más probable es que nos elijan a nosotros, que ofrecemos un caudal más abundante de consumidores. ¿Habrá advertido Lavagna que las salvaguardas pueden ahuyentar a los inversores?».
Kirchner parece ajeno a estas polémicas. Sus molestias con las postergaciones brasileñas son parte de un panorama más general que comienza a dominar la visión internacional de Olivos. El santacruceño se ha obsesionado con el comercio exterior y se ha convencido de que existen países a los que es imposible venderles más productos argentinos por la existencia de la barrera arancelaria común, clave de la constitución del Mercosur como unión aduanera. «Cuando se quiere firmar un acuerdo se nos piden rebajas arancelarias que no podemos otorgar por nuestro compromiso con Brasil», confesó a este diario un funcionario «K» con despacho en la Casa Rosada.
En un contexto más general, los diplomáticos argentinos están entusiasmados con lo que pueda suceder en Hong Kong, donde se reunirá nuevamente la OMC a discutir, entre otros temas, el régimen de subsidios agrícolas que rige en favor de los campesinos europeos. El comisario de la Unión Europea, Peter Mandelson (británico), apostó a que haya una rebaja generalizada en esa protección. Ayer esa postura parecía soportar, en Bruselas, el embate de los franceses. Es cierto que en Washington había poca expectativa acerca de la liberalización del comercio agrícola que pueda avalar la Unión. Pero el representante comercial de los Estados Unidos, Robert Portman, dijo que «si avanzara la propuesta de rebaja de aranceles en Europa se podría presionar a países como India o Brasil para que también abran sus mercados en materia de servicios y compras gubernamentales».
Portman sabe bien que Itamaraty sigue siendo el principal obstáculo para esa apertura en la escala continental, lo que convierte al gobierno de Lula da Silva en la principal dificultad que encuentra en su camino el ALCA. Lino Gutiérrez, el embajador de los Estados Unidos en Buenos Aires, admitió ayer que esa área de libre comercio hemisférica es todavía una quimera, lo que obliga a su país a cambiar de estrategia y procurar acuerdos regionales o bilaterales.
¿Aprovecharán Gutiérrez y sus superiores el mal momento que atraviesa políticamente Lula para explorar estas posibilidadesen el seno del Mercosur? Durante los dos últimos años, Estados Unidos viene seduciendo a Uruguay con un tratado de protección de inversiones que no sólo introdujo una tensión extraordinaria en la alianza de centroizquierda gobernante en ese país.
También encendió luces de alarma en el Mercosur, en especial en la Cancillería brasileña: por primera vez se rompía el formato de la negociación 4+1 para ensayarse un acuerdo bilateral ajeno a los otros tres socios del Uruguay.
¿Encontrarán los diplomáticos norteamericanos un terreno favorable para una operación similar en el gobierno argentino? ¿Habrá algún test al respecto durante la Cumbre de las Américas, la semana que viene, con George W. Bush en Mar del Plata? ¿ Pretende Kirchner ir hacia una política aperturista en materia comercial durante los próximos dos años de gestión, necesariamente conflictiva con Brasil y la unión aduanera? ¿Concibe esa política como una vía ortodoxa de combate de la inflación? Son preguntas prematuras, demasiado pretenciosas.
Lo que es más seguro es que, desde el ángulo político, el Mercosur ha perdido mística para el Presidente. No sólo porque impone esas trabas a sus afanes exportadores.
También porque ha quedado opacado -se quejan en la Casa Rosada- por la pretensión brasileña de constituir una Comunidad Sudamericana que a Kirchner siempre le resultó antipática. Tal vez la caída de Eduardo Duhalde el domingo pasado represente también el retroceso de algunas de estas iniciativas, defendidas con tanto ahínco por el caudillo de Lomas de Zamora. No es la única pieza que cae arrastrada por la debacle del ex presidente: también las chances de Lavagna de dominar la Cancillería y, con ella, la política comercial, se ven estos días disminuidas. Sobre todo cuando se piensa que su candidato, José Octavio Bordón, podría salir de escena hasta como titular de la Embajada en los Estados Unidos, una sede que hoy está en estado de sublevación.
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