28 de septiembre 2005 - 00:00

"No hay que oponerse al mercado"

Rafael Bielsa
Rafael Bielsa
En la reunión de Parque Norte del viernes pasado, ante empresarios que aportaron contribuciones de campaña a los candidatos del oficialismo, Cristina de Kirchner expuso junto a Rafael Bielsa lo que cree es la doctrina económica del gobierno. Aquí un extracto:

• Y hablando de proyectos, de globalización y de inserción en el mundo está muy claro que en el mundo de la globalización existen fundamentalmente los países desarrollados y los países emergentes. Y esto tiene que ver esencialmente con los sistemas de acumulación económica que las distintas sociedades del mundo se han dado. No es ninguna novedad para ninguno de ustedes, calificados empresarios todos, que los países desarrollados se caracterizan por modelos de acumulación, donde la industrialización, el altísimo valor agregado a sus productos, la innovación tecnológica son el meollo del crecimiento y el desarrollo de esas sociedades.

El modelo que estamos planteando es precisamente éste: revertir ese sistema de acumulación de país únicamente productor de materias primas o de servicios para reindustrializar, para innovar, para tecnificar y para plantearnos un modelo diferente de reinserción. No aquel modelo se inserción acrítico que dejó el tendal de desocupación, de miseria y también de violencia, porque en definitiva, altísimos índices de desocupación, escasos niveles de participación necesariamente siempre terminan en violencia.

• Y en este modelo, ustedes, los empresarios, tienen obviamente como en todo sistema de acumulación capitalista un rol fundamental. Yo denomino de responsabilidad social, que no tiene que ver con un tema de sensibilidad, que alguna vez un ministro de Economía, un gran dirigente político, pero que en un momento difícil del país le tocó ocupar ese cargo y me acuerdo una frase célebre de aquellas épocas, que dijo que le había hablado a los empresarios con el corazón y le contestaron con el bolsillo.

Bueno, yo no les voy a apelar al corazón porque los empresarios son hombres que están dedicados a los negocios y lo importante para ellos -es lo lógico- es la rentabilidad. Yo lo que en todo caso voy a apelar es a poner no una mano en el corazón, sino una mano en la cabeza para pensar y otra en el bolsillo para contar. Es en definitiva lo que hace la gestión empresaria, piensa, diseña estrategias para obtener rentabilidad. Esto les confiere un inmenso poder de transformadores sociales, de generadores de trabajo. Y no es una cuestión menor generar trabajo, porque permite una sociedad que tiene trabajo decente ser sustentable política e institucionalmente.

Por eso tampoco creo que en este modelo se pueda dar la contradicción entre consumo y exportación. Esto es, bueno, a aquellos sectores vinculados a la exportación no les importa demasiado la calidad de los salarios o de la vida de quienes están relacionados con el mercado interno y hasta por allí casi es conveniente poco costo interno para tener más saldo cuando uno exporta en dólares. Pero, ¿cuánto dura eso? ¿Cuánto dura un país con gente sin trabajo, con gente mal alimentada? Dura muy poco, ya lo vimos. Nos explotó a todos el país en las manos en 2001 con este modelo.

• Porque el Estado no debe ser considerado un oponente del mercado. Yo creo que articular Estado y mercado deben ser los desafíos más grandes que hoy tiene la política. Pero ojo, con una firme convicción: el Estado debe ser la garantía del equilibrio de los distintos actores sociales, porque es mentira que todos somos iguales. Todos somos iguales a la hora de votar, claro, pero no somos iguales. El Estado tiene que actuar como el gran equilibrador y reparador de las desigualdades que naturalmente se dan y que el mercado jamás podrá resolver.

Es más, muchas veces, la no intervención del Estado, la desregulación total y absoluta, la libre entrada de productos, como se hizo durante tantísimos años en la Argentina, provocan tal descalabro en una sociedad, donde el Estado finalmente, en lugar de ocuparse de los grandes temas, de la educación, de la salud, termina siendo un distribuidor de alimentos para los que no tienen trabajo.

Yo no quiero más un Estado distribuidor de alimentos para los que no tienen trabajo, quiero un Estado que se ocupe de la educación, quiero un Estado que se ocupe de la salud. Pero para eso necesitamos que quienes se tienen que ocupar de producir y de generar trabajo también lo hagan.

Entonces, ustedes, generadores y productores de riqueza, nosotros, representantes de los argentinos, de ustedes también, pero fundamentalmente de los que menos pueden valerse, de los que no han tenido la suerte, por allí, de tener estudio, profesión, tenemos la obligación, entonces, de que ese Estado sea el que repara, el que equilibra. Y no significa negar la existencia de intereses, otra cosa que los argentinos tenemos que acostumbrarnos a discutir seriamente sin maniqueísmos de malos y buenos. Hay intereses, en la economía hay intereses, en el mundo hay intereses, hay que saberlos discutir.

Lo que hay que tener claro es qué intereses representa cada uno y cuál es la representación que cada uno tiene en una sociedad democrática en la cual hemos decidido organizarnos y vivir de esta manera: alguien que presenta un proyecto y un modelo de sociedad lo somete a elecciones, gana o pierde y luego gobierna.

Eso no significa tampoco que el Estado desconozca reglas elementales de la economía y creo que si de algo ha dado muestras este gobierno, es saber de qué se trata gestionar el Estado. No es de ahora; quien hoy gobierna la República Argentina antes gobernó una lejana provincia del Sur e hizo del superávit y del ahorro para momentos de crisis, el ahorro «contracíclico», como él lo llamaba, un credo, pero por una cuestión elemental. Sus padres y sus abuelos inmigrantes le habían enseñado desde muy chico que nadie puede gastar más de lo que tiene. Algo tan simple y tan sencillo como eso. No hace falta leer el Consenso de Washington ni ninguna doctrina económica rara para advertir cuestiones que son muy elementales.

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