Párrafos salientes
Del libro de Franco Macri "El futuro es posible".
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CIPPEC reunió a la dirigencia en su cena anual y llamó a "crecer o crecer" en un momento bisagra
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Laspina en la Cena de CIPPEC: "Argentina necesita un acuerdo político mínimo, simple y duradero"
He visto pasar por la Casa Rosada veinticinco presidentes: civiles y militares, constitucionales y de facto.
Por ser un hombre público, también he tenido que soportar calumnias.
Más adelante, en cambio, la corrupción se convertiría en un drama.
En mi opinión, la situación de la construcción en la Argentina demuestra que la eficiencia y la competitividad no se consiguen con el libre ingreso de operadores extranjeros, como muchos sostienen.
Si la economía nacional se hubiese abierto paulatinamente, con una precaución y una planificación constante y medida, hubiese sido posible desarrollar una mayor competitividad para consolidar una burguesía empresaria auténticamente argentina, un dilema de todos los tiempos.
Nunca quise hacer promoción o publicidad en favor o en contra de los militares. Simplemente, cuando ellos llegaban, para mí no había más trabajo, y me iba donde pudiera generarlo.
La experiencia SEVEL puede y debe ser transferida.
Negocié con Fiat la compra de SEVEL y del ciento por ciento de la propia Impresit Sideco. Ninguna de las dos compañías estaba en buenas condiciones, pero SEVEL llevaba las peores estadísticas.
Chrysler, General Motors y Citroën se habían retirado, cerrando todas sus fábricas en la Argentina.
Para comprar SEVEL, yo estaba dispuesto a arriesgar todo lo que poseía. Como me resultaba imposible comprar con mi propio dinero, necesitaba tiempo y financiación.
Nuestros estudios indicaban que debíamos vender 30.000 autos para llegar a un punto de equilibrio con SEVEL.
Implementé la reestructuración. En muy poco tiempo, llevé a SEVEL al liderazgo del mercado, alcanzando el 34 por ciento del sector de autos y utilitarios. Solamente un 10 por ciento de importación, mientras que la principal competencia requería el 44 por ciento al exterior. Más de 25.000 obreros, empleados y ejecutivos en plantilla trabajaban. Esta es la manera de actuar y comprometerse con el presente nacional.
La gestión dio como resultado el acuerdo automotor firmado el 25 de marzo de 1992, en el que se preveía una planificación de reconversión sectorial a cumplirse en los cinco años siguientes.
La demanda sindical invalidó la teoría gubernamental. Domingo Cavallo sostenía que su política aperturista del mercado de importación serviría como barrera de contención de los salarios y otros costos. Lo cierto es que, en poco tiempo, el incremento inicial del 20 por ciento fue extraído del freezer por los gremios del sector.
Hacia 1994, esto es, cuando todavía no había transcurrido ni siquiera la mitad del tiempo pactado para la vigencia del sistema, los sueldos llevaban acumulada una suba sencillamente insostenible en el cuadro de costos: el 85 por ciento.
La norma que permitía la importación por los particulares, debilitó definitivamente a la industria automotriz argentina, ya que las importaciones con precios falsos, reducidos para pagar menos impuestos, invadieron el mercado y mataron la producción. La peor consecuencia fue que la industria prácticamente se trasladó a Brasil. SEVEL sufrió como todos.
Acuerdos de Ouro Preto representó un baldazo de agua helada: cuando alcanzamos la excelencia competitiva frente a los brasileños se levantó una muralla que no pudimos atravesar. En la actualidad, visto con la perspectiva que dan los años, me parece mentira. Pero pasó puntualmente tal cual lo relato.
En la actualidad, el nivel de integración en el Brasil es muy superior al de la Argentina, y posibilita el mayor desarrollo de su industria de autopartes.
En la industria automotriz se tomaron medidas que hicieron que las fábricas se fueran de la Argentina hacia el Brasil. De no haber sido así, en la actualidad podríamos tener «la» industria automotriz de América latina.
En la Argentina se cometió la locura de tomar la globalización como un dogma. Se dejó de lado la necesidad de defender la producción nacional y se abrieron irrestrictamente las fronteras para que los intereses extranjeros arrasaran con nuestra industria, nuestra mano de obra y el futuro de los argentinos. Ningún país desarrollado tomó la globalización tan al pie de la letra. Ninguno siquiera supuso que globalización era sinónimo de desnacionalización.
Tampoco existió un sector privado capaz de levantar la voz.
Se percibe una fuerte sensación de fragilidad en todos los rincones del país. Pero, una vez más, estamos viviendo en una sociedad marcada por las antinomias y lo subalterno. Esta es, recurrente, la patria de las consignas ideológicas, la patria financiera, la montonera, la contratista, la piquetera. Nuevamente tenemos infinidad de patrias. Me pregunto si eso nos hace sentir más patriotas.
El Mercosur constituyó una oportunidad histórica para todos sus miembros en general y para la Argentina en particular. Configuraba la posibilidad de tomar un atajo hacia el crecimiento.
Cada nuevo gobierno significó un replanteo de objetivos, de estrategias, de ideologías; un borrón y cuenta nueva que hemos pagado con el estancamiento de nuestra capacidad de crecimiento y con el debilitamiento de la industria local.
Tampoco se ha visto que países como Brasil, México o Chile sufran de la extranjerización exagerada de todos los servicios como ha ocurrido en la Argentina. Allí los empresarios son locales. Las empresas pueden ser mixtas, pero los extranjeros tienen que atenerse a reglas muy fuertes.
El Estado perdía con Encotesa sesenta millones de dólares anuales. Tenía 23.000 empleados.
Un fondo de retiro voluntario fue aceptado por 11.000 agentes, lo que indica claramente sus bondades. Pudimos lograr así una estructura operativa ordenada y empresaria, capaz de generar utilidades, que el Estado hoy percibe, como resultado de nuestra titánica tarea.
Recibimos el Correo con 88 representaciones sindicales.
Hicimos nuestra parte. Pero el Estado no hizo la suya. (Correo.)
En el edificio principal del Correo funcionaba una imprenta que usufructuaba un grupo de funcionarios.
¿Alguien ha visto empresas alemanas manejando la telefonía inglesa? ¿O empresas inglesas administrando recursos tan fundamentales como el agua en países como Francia o Alemania?
El capital busca mejores condiciones para obtener rédito. Si no lo consigue, va a buscarlo a otro lado.
No teníamos antes, ni tenemos ahora, el organismo antidumping capaz de controlar el ingreso de los productos. Por impotencia, desidia o desinteligencias, la Argentina ha terminado extranjerizándose a través de privatizaciones que dieron prioridad a las empresas foráneas.
En Brasil, por ejemplo, un extranjero se siente claramente en desventaja frente a cualquier empresario brasileño. En Italia, la burguesía industrial ha hecho de un país pobre, sin recursos naturales, una potencia. Si se van a abrir las fronteras es imprescindible, además, proteger la mano de obra, el empleo. Por eso, entre las condiciones para el desembarco de capitales extranjeros, debería ser prioritaria la condición de que los obreros y directivos sean argentinos.




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