24 de abril 2002 - 00:00

Por qué sigue Mario Blejer

«No me han consultado sobre un tipo de cambio fijo. Supongo que lo harán mañana (por hoy). Pero tampoco tenían que consultarme. El Poder Ejecutivo decide la política económica y financiera, y el Banco Central la implementa. Tampoco sé si me van a pedir que continúe. Aunque lamento enormemente el alejamiento de Remes Lenicov, creo que, si se nos permite, nuestro deber es seguir porque más allá de las cuestiones de mediano y largo plazo aquí hay una cuestión muy grave inmediata que es evitar la caída de los bancos o más concretamente la caída del sistema financiero», decía anoche a este diario el titular del Banco Central, Mario Blejer.

Evidentemente le molesta el alejamiento de Jorge Remes Lenicov, sobre todo cuando no sabía -al menos al momento de hablar anoche con Ambito Financiero- quién lo reemplazaría. Pero, aun cuando sea alguien con quien sus ideas coincidan, considera que el país hará un gran retroceso para llegar a un acuerdo con el Fondo Monetario.

«Con Remes tuvimos más de 30 reuniones en el exterior. Nos cansamos de explicar. Nos sorprendimos de que aun los representantes de Japón nos hablaban de nivel de gasto e ingreso de las provincias argentinas. Comprendimos bien que la Argentina está en el centro de la atención mundial. Desde ya, no lo voy a negar, que nos trajimos más reconvenciones que propuestas concretas pero le aseguro que si no estaba ya el acuerdo con el Fondo, con las medidas en marcha estaba cerca, ahí no más», agregó.

No lo dice Blejer. Tampoco lo dijo Remes Lenicov, pero en el exterior les dijeron algo así como «todo lo que ustedes dicen está bien pero vayan y lógrenlo de vuestro presidente (Duhalde)». Es obvio que en el Fondo, en el Grupo de los 7, en los organismos internacionales de crédito no creen y no gustan de Eduardo Duhalde. Tampoco creen -y la renuncia del ministro de Economía les daría la razón- que los hombres de pensamiento racional del gobierno puedan imponerse sobre el populismo del Presidente y de su principal apoyo legislativo, el estatismo radical y los intendentes bonaerenses «dueños» de una masa considerable de legisladores como para conformar mayorías.

«No es mi intención renunciar, repito, porque creo que debemos extremar los esfuerzos para evitar la destrucción total del sistema financiero. Claro, uno puede seguir en la medida que le pongan algo coherente para llevar adelante y repito, poder defender el sistema financiero»,
señaló Blejer.

No tenía todavía en claro que, en definitiva, esta crisis se lanza a partir de que Duhalde, que tanto criticó en su momento la convertibilidad, se empeñó ahora en tener un tipo de cambio fijo y no libre y flotante como le pide el Fondo Monetario. Remes no le iba a cumplir eso, terminó, y por eso busca un ministro que lo satisfaga. El tipo de «cambio fijo» viene porque a Duhalde le obsesiona -y lo descubrió ya presidiendo el país-que si el dólar flota, se le enloquecen los precios internos, sobre todo del conurbano y fundamentalmente del segundo cordón del Gran Buenos Aires que es su permanente preocupación, como si fuera su clientela propia. Vive la obsesión de que los aumentos de precios lleguen a tener que provocar una crisis social y algún tipo de represión en ese sector donde piensa basar su futuro político.

«Nosotros desde el Banco Central no lanzamos esa idea de un banco nacional o federal que agrupe a todos los bancos oficiales. Eso viene del lado político y creo que con mucha fuerza. Pero no nació en el Banco Central», fue otra acotación al margen de este inquieto y reconocido economista -quizá más que ninguna otra figura pública hoy en la Argentina- que concluyó el diálogo con el periodista con esta afirmación: «El viernes debemos abrir los bancos, no puede prolongarse esto».

Claro, «abrir los bancos» es exponerlos a la voracidad de los jueces en lo contencioso administrativo (o federales en el interior del país) que nunca resuelven amparos a favor de los menos pudientes atrapados en sus ahorros y los que se desgañitan a gritos y agresividades en las calles por no poder pagar un abogado para los amparos, por su escaso monto de ahorros, de tal manera que los juicios se resuelven favorablemente a partir de 50.000 dólares aprisionados. Una injusticia, ya lo dijo este diario, y durante un gobierno populista.

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