1 de julio 2002 - 00:00

Provincia de Buenos Aires ¿pacificación o demencia?

Juan Pablo «Juampi» Cafiero, designado -nada menos- que superior de los 45.000 hombres de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, es una decisión drástica, sin alternativas: o logra la pacificación y consiguiente neutralización del movimiento piquetero, sobre todo en sus alas más violentas, o concluye fortificando a ambos sectores al debilitar a las fuerzas del orden y perdiendo seguridad -muy posible con esta designación- frente a la delincuencia común. Se transformaría aquí en una decisión directamente demencial del gobierno de Duhalde o de Felipe Solá. Se cree -en la Casa Rosada lo niegan- que lo designa el actual presidente, que considera al gobernador Felipe Solá sólo un regente, que le administra el territorio que sigue considerando propio y donde domina el famoso «aparato partidario» del justicialismo. Más a Solá, cuando Duhalde lo designó segundo -candidato a vicegobernador- como también hizo con el primero, Carlos Ruckauf, hasta que éste abandonó tan comprometida regencia y huyó hacia los aires tranquilos de la Cancillería a la que, dicho sea de paso, ha desjerarquizado considerablemente con su opaca gestión allí. Solá insiste en que es propia suya y que se la comentó solamente a un shockeado Duhalde. De cualquier manera, a este gobierno se lo considera «bonaerense» para lo bueno y malo que allí ocurra, más que a Solá, hoy al menos. Es creíble que sea designación de Solá porque no parece acertada como para darle rédito el nombre de este Cafiero. Igual, aunque lo digite, el Presidente lo haría aparecer como propio del gobernador y no suyo. Lo importante es: ¿sirve Cafiero Jr.?

Para entender la designación tan insólita de «Juampi» Cafiero hay que recordar siempre el modo en que Eduardo Duhalde encaminó desde el primer momento su actual mandato de presidente no votado sino designado por una Asamblea Legislativa, sin muchos escrúpulos partidarios, ya que se fundamentó en la unión de los «populistas» del PJ (el propio duhaldismo), y del radicalismo (Raúl Alfonsín, Leopoldo Moreau, Federico Storani). En realidad, la política argentina lograría sinceramiento y coherencia si los «populistas» se unieran en un partido nuevo y único encolumnado detrás del binomio Duhalde-Alfonsín más Elisa Carrió-Néstor Kirchner y otros, por caso, y dejaran a los «racionales» aglutinarse en otro, donde estarían Carlos Reutemann, Menem, De la Sota, Juan Carlos Romero, López Murphy y otros. Surgirían líneas internas enconadas, ambiciosas pero «del mismo palo ideológico». Aunque no desaguisados como Alfonsín, populista nato, forjando «alianzas» incoherentes y apretándose la nariz para catapultar a Fernando de la Rúa -un débil, pero de la línea «racional»- a presidir la Nación con una base que, de arranque, prenunciaba su fracaso. Y el del país por tal engendro.

Ese Duhalde, acrisolado así en la caldera populista bipartidaria, nunca entendió y, cuando se lo explicaron, jamás admitió que «el presidente de la Nación designado y no votado» fuera para, meramente, complementar un período constitucional trunco del electo De la Rúa. Que debía así tener como prioridad absoluta hacer lo que estuviera a su alcance, en nivel máximo, para encaminar el país a la salida de la crisis e, inclusive, hacer los trabajos más «sucios», más apolíticos, más depredadores de popularidad para que no los tenga que efectuar apenas asuma el siguiente presidente votado y con mandato normal mínimo de 4 años. O sea, a Duhalde se le pedía el gesto patriótico y abnegado de servir al país, no beneficiarse por comparación del fuerte desgaste inicial que tendrá quien lo continúe y que será más acentuado cuanto más haya perdido este gobierno nacional, agravando la crisis.

Lejos de la intención del bonaerense o al menos de entender que ésa era la forma -ciertamente lo es- de encaminar en este tiempo el país.

Invocando siempre contra cualquiera «mi experiencia de gobernar» -como si permanecer en cargos ameritara aprender el manejo cuidadoso de los fondos públicos y encaminar el crecimiento de un territorio, más en Duhalde que provocó desde sus «gestiones» los mayores déficit presupuestarios en una sola provincia- el Presidente rechazó el papel que le correspondía de un paso ordenado hacia la próxima elección. Ni siquiera ha intentado lo que era imposible en la brevedad de su mandato: él mismo encaminar las soluciones de fondo que inevitablemente corresponderán a un gobierno más prolongado y con mucho mayor poder político como emanará de su misma consagración.

D uhalde prolonga un mandato -hasta innecesariamente- no para encaminar el país y allanar caminos, sino para asegurar su futura supervivencia política y la de su esposa, «los Duhalde». El no pudo llegar a presidente de la Nación por votos en 1999 frente a Fernando de la Rúa -opciones tan malas como nunca presentó el mapa político electoral argentino- y su esposa Hilda Chiche Duhalde ni siquiera dos años antes, en 1997, pudo superar a una estrella fugaz como Graciela Fernández Meijide en el triunfo bonaerense para diputados nacionales.

En países europeos, donde un solo fracaso político lleva al ocaso a figuras como Khol, Felipe González, Jospin; ni hablar de Estados Unidos con Stevenson, Carter, Bush (padre), aunque hayan tenido grandes éxitos previos, se hacen incomprensibles los reintentos constantes de la política argentina de los que ya fueron sancionados en las urnas. Allá la política se rige por el
eficiente nuevo, el tipo ganador. En la Argentina por el persistente, anterior y hasta perdedor. Así nos va a muchas naciones latinoamericanas, porque es un mal endémico aunque no generalizado (caso Chile).

En
esta idea de persistir pese a todo radica esta designación de «Juampi» Cafiero por parte de Eduardo Duhalde en el Ministerio de Seguridad bonaerense con dominio sobre la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Este Cafiero es considerado «buena persona». Lo es, hace obras de beneficencia particulares en silencio, por ejemplo. Más inteligente que su hermano, Mario, pero ambos con la dudosidad de la vocación política por ser hijos de... Hijos de Antonio Cafiero, un veterano político que bien podría esgrimir ser el símbolo máximo de la persistencia como base de la carrera política en la Argentina con más aristas que lo hacen único, como ser un acumulador histórico de cargos en un movimiento cuyo fundador no lo quería. Una hazaña.

Los Cafiero hijos se han encaminado al populismo de izquierda en el PJ. «Juampi» y, para no chocar, Mario con el ARI de Elisa Carrió. Nunca buscaron destacarse por sus ideas, sus libros o sus propuestas de crecimiento para el país, que se les desconocen. Esto, como en Duhalde, siempre lleva, casi inexorablemente, a ganar espacio con el
clientismo, o sea, el voto buscado con propuestas demagógicas. No por algo este «Juampi» Cafiero alguna vez se pronunció en favor del sangriento terrorismo de la ETA española, cuando era negocio político hacer antimilitarismo con la caída del régimen militar en 1983. No trepidó en desafiar a su entonces presidente De la Rúa y como su funcionario, por su cuenta, se fue a dialogar con «piqueteros» salteños. Era en un gobierno fácil de desobedecer, sin costo por ser desplazado ante la irreverencia y, más fuerte y positiva, la tentación de popularizarse a cualquier precio. Irresistible.

Pero, a su vez, el nuevo funcionario bonaerense aceitó relaciones -que ahora espera explotar al máximo- con sectores eclesiásticos, desde monseñor Casaretto -un sacerdote inteligente, más que este Cafiero- hasta otros más abajo.

Para Eduardo Duhalde o Felipe Solá, gobernador, «Juampi» Cafiero con sus conferencias dialoguistas interminables e híbridas (tipo el último, larga y frustrada «Mesa del Diálogo Social» que ni llega a una declaración comprometiendo firma de políticos) puede darle algo muy valioso a la óptica del actual presidente: no importa que nada le arregle de fondo pero con meloneo tras meloneo puede
estirar una paz aunque sea prendida con escarbadientes hasta que se haga la elección nacional y asuma un próximo presidente. Luego que éste se arregle con los «piqueteros».

Encolerizado con esos dos muertos en Avellaneda, el duhaldismo quiere el diálogo permanente con los trabadores de las calles, accesos y puentes. Si, además, puede aportar, para su «persistencia futura en la política», meses de paz, mejor. Esgrimirá el duhaldismo para su vigencia por elección los pagos de 150 pesos por Jefas y Jefes de Hogar como la gran conquista de su gestión asentada en listas de beneficiarios que usará, desde ya, aunque de ninguna manera haya encaminado el país para que el trabajo y no la dádiva sea el ingreso argentino de los necesitados. Las listas de los bendecidos con los $ 150 las podrán usar muchos pero ellos pedirán la
paternidad. Es poco -e incomparable frente a las gravísimas consecuencia de la torpeza devaluatoria- pero para los Duhalde es mucho. Al menos casi lo único asegurado hoy de esta crisis que los desborda. Además, no tienen las opciones para un estadista con mando nacional.

Cualquier paz social es buena, hasta la endeble, la temporaria, la meloneada y dialogada como prenuncia, por sus antecedentes, que encarará «Juampi» Cafiero. Desde ya es buena para los Duhalde. También para los populistas tipo Alfonsín, que verán emerger una figura como «Juampi» que si demagogiquea bien le hará fuerte sombra futura a Elisa Carrió y retornará al extremo total al belicista Luis Zamora. Pero también esa paz endeble será buena y fundamental para el país, hasta que venga un gobierno serio.

El riesgo -que transformaría en demencial su designación- es que «Juampi» Cafiero debilite la seguridad bonaerense no sólo desde los piqueteros sino desde la delincuencia común, que más preocupa a la sociedad.

El riesgo existe. En la mentalidad de este nuevo funcionario hay un desprecio a
todo uniformado, que tradicionalmente se manifestó en la escala superior, las Fuerzas Armadas sobre las cuales siempre tuvo palabras hirientes, inclusive más allá de las que correspondieran por los excesos en la represión. No es Cafiero (h) un hombre que aprecie a la Policía, ni Federal ni Bonaerense. Puede provocar resentimiento en los cuadros, que significa más inseguridad. T ambién hay que admitir que tiene chances de llevar una paz dialogada sin violencia, por lo menos desde el lado de los «piqueteros» también dialoguistas a cambio de dádivas, crecientes desde ya. La idea duhaldista no es mala: si aislamos a los piqueteros más buenos, más proclives, de los violentos del comunismo y de grupos marxistas ultras no tendrán éstos espacio para actuar y, si lo hacen, serán minúsculos, aislables y más combatibles que cuando infiltran su evidente minoridad en un conjunto. Cuando se fueron extinguiendo los «caceroleros» espontáneos en la Capital Federal y quedaban muy en evidencia, los activistas marxistas debieron pasar a movimientos más numerosos del Gran Buenos Aires, como los «piqueteros». Si el «dialoguismo» de «Juampi» les neutraliza esta cobertura no desaparecerán ni hibernarán. Es el desafío de Cafiero porque los ultras tienen muchas semillas preventivamente sembradas. Por caso, se sabe que el balear a policías con sólo reconocerlos por sus uniformes y sin que fueran impedimento para hechos delictivos inmediatos en muchos casos, aunque se los suponga de delincuentes comunes o «drogados», era de casos de extremistas que mantienen campos de práctica no en selvas del interior sino en el Gran Buenos Aires.

Si igual la violencia de los más ideologizados continúa, si la toma de calles y puentes molesta y traba la vida diaria de los millones de argentinos restantes y, sobre todo, si se acrecienta la delincuencia común, la designación de este Cafiero será demencial. No proliferarán los padrinos del designado, aunque en servir aquí a los fines futuros de Duhalde el gobernador Solá pueda asegurarse su candidatura al cargo en la próxima elección con el apoyo del «aparato bonaerense». Claro, si le va bien con «Juampi».

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