Provincia de Buenos Aires ¿pacificación o demencia?
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En países europeos, donde un solo fracaso político lleva al ocaso a figuras como Khol, Felipe González, Jospin; ni hablar de Estados Unidos con Stevenson, Carter, Bush (padre), aunque hayan tenido grandes éxitos previos, se hacen incomprensibles los reintentos constantes de la política argentina de los que ya fueron sancionados en las urnas. Allá la política se rige por el eficiente nuevo, el tipo ganador. En la Argentina por el persistente, anterior y hasta perdedor. Así nos va a muchas naciones latinoamericanas, porque es un mal endémico aunque no generalizado (caso Chile).
En esta idea de persistir pese a todo radica esta designación de «Juampi» Cafiero por parte de Eduardo Duhalde en el Ministerio de Seguridad bonaerense con dominio sobre la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Este Cafiero es considerado «buena persona». Lo es, hace obras de beneficencia particulares en silencio, por ejemplo. Más inteligente que su hermano, Mario, pero ambos con la dudosidad de la vocación política por ser hijos de... Hijos de Antonio Cafiero, un veterano político que bien podría esgrimir ser el símbolo máximo de la persistencia como base de la carrera política en la Argentina con más aristas que lo hacen único, como ser un acumulador histórico de cargos en un movimiento cuyo fundador no lo quería. Una hazaña.
Los Cafiero hijos se han encaminado al populismo de izquierda en el PJ. «Juampi» y, para no chocar, Mario con el ARI de Elisa Carrió. Nunca buscaron destacarse por sus ideas, sus libros o sus propuestas de crecimiento para el país, que se les desconocen. Esto, como en Duhalde, siempre lleva, casi inexorablemente, a ganar espacio con el clientismo, o sea, el voto buscado con propuestas demagógicas. No por algo este «Juampi» Cafiero alguna vez se pronunció en favor del sangriento terrorismo de la ETA española, cuando era negocio político hacer antimilitarismo con la caída del régimen militar en 1983. No trepidó en desafiar a su entonces presidente De la Rúa y como su funcionario, por su cuenta, se fue a dialogar con «piqueteros» salteños. Era en un gobierno fácil de desobedecer, sin costo por ser desplazado ante la irreverencia y, más fuerte y positiva, la tentación de popularizarse a cualquier precio. Irresistible.
Pero, a su vez, el nuevo funcionario bonaerense aceitó relaciones -que ahora espera explotar al máximo- con sectores eclesiásticos, desde monseñor Casaretto -un sacerdote inteligente, más que este Cafiero- hasta otros más abajo.
Para Eduardo Duhalde o Felipe Solá, gobernador, «Juampi» Cafiero con sus conferencias dialoguistas interminables e híbridas (tipo el último, larga y frustrada «Mesa del Diálogo Social» que ni llega a una declaración comprometiendo firma de políticos) puede darle algo muy valioso a la óptica del actual presidente: no importa que nada le arregle de fondo pero con meloneo tras meloneo puede estirar una paz aunque sea prendida con escarbadientes hasta que se haga la elección nacional y asuma un próximo presidente. Luego que éste se arregle con los «piqueteros».
Encolerizado con esos dos muertos en Avellaneda, el duhaldismo quiere el diálogo permanente con los trabadores de las calles, accesos y puentes. Si, además, puede aportar, para su «persistencia futura en la política», meses de paz, mejor. Esgrimirá el duhaldismo para su vigencia por elección los pagos de 150 pesos por Jefas y Jefes de Hogar como la gran conquista de su gestión asentada en listas de beneficiarios que usará, desde ya, aunque de ninguna manera haya encaminado el país para que el trabajo y no la dádiva sea el ingreso argentino de los necesitados. Las listas de los bendecidos con los $ 150 las podrán usar muchos pero ellos pedirán la paternidad. Es poco -e incomparable frente a las gravísimas consecuencia de la torpeza devaluatoria- pero para los Duhalde es mucho. Al menos casi lo único asegurado hoy de esta crisis que los desborda. Además, no tienen las opciones para un estadista con mando nacional.
Cualquier paz social es buena, hasta la endeble, la temporaria, la meloneada y dialogada como prenuncia, por sus antecedentes, que encarará «Juampi» Cafiero. Desde ya es buena para los Duhalde. También para los populistas tipo Alfonsín, que verán emerger una figura como «Juampi» que si demagogiquea bien le hará fuerte sombra futura a Elisa Carrió y retornará al extremo total al belicista Luis Zamora. Pero también esa paz endeble será buena y fundamental para el país, hasta que venga un gobierno serio.
El riesgo -que transformaría en demencial su designación- es que «Juampi» Cafiero debilite la seguridad bonaerense no sólo desde los piqueteros sino desde la delincuencia común, que más preocupa a la sociedad.
El riesgo existe. En la mentalidad de este nuevo funcionario hay un desprecio a todo uniformado, que tradicionalmente se manifestó en la escala superior, las Fuerzas Armadas sobre las cuales siempre tuvo palabras hirientes, inclusive más allá de las que correspondieran por los excesos en la represión. No es Cafiero (h) un hombre que aprecie a la Policía, ni Federal ni Bonaerense. Puede provocar resentimiento en los cuadros, que significa más inseguridad. T ambién hay que admitir que tiene chances de llevar una paz dialogada sin violencia, por lo menos desde el lado de los «piqueteros» también dialoguistas a cambio de dádivas, crecientes desde ya. La idea duhaldista no es mala: si aislamos a los piqueteros más buenos, más proclives, de los violentos del comunismo y de grupos marxistas ultras no tendrán éstos espacio para actuar y, si lo hacen, serán minúsculos, aislables y más combatibles que cuando infiltran su evidente minoridad en un conjunto. Cuando se fueron extinguiendo los «caceroleros» espontáneos en la Capital Federal y quedaban muy en evidencia, los activistas marxistas debieron pasar a movimientos más numerosos del Gran Buenos Aires, como los «piqueteros». Si el «dialoguismo» de «Juampi» les neutraliza esta cobertura no desaparecerán ni hibernarán. Es el desafío de Cafiero porque los ultras tienen muchas semillas preventivamente sembradas. Por caso, se sabe que el balear a policías con sólo reconocerlos por sus uniformes y sin que fueran impedimento para hechos delictivos inmediatos en muchos casos, aunque se los suponga de delincuentes comunes o «drogados», era de casos de extremistas que mantienen campos de práctica no en selvas del interior sino en el Gran Buenos Aires.
Si igual la violencia de los más ideologizados continúa, si la toma de calles y puentes molesta y traba la vida diaria de los millones de argentinos restantes y, sobre todo, si se acrecienta la delincuencia común, la designación de este Cafiero será demencial. No proliferarán los padrinos del designado, aunque en servir aquí a los fines futuros de Duhalde el gobernador Solá pueda asegurarse su candidatura al cargo en la próxima elección con el apoyo del «aparato bonaerense». Claro, si le va bien con «Juampi».




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