28 de junio 2001 - 00:00

R. Fernández declaró el "fin del modelo" en cena menemista

R. Fernández declaró el fin del modelo en cena menemista
Las más de 1.500 personas que asistieron a la comida mensual de la Fundación Joaquín V. González que se realizó en Costa Salguero tuvieron oportunidad de escuchar tres discursos. El más esperado, de Cecilia Bolocco, fue una descripción del momento político que atraviesa Carlos Menem, presentado en los términos de una persecución en la que no lograrán derribarlo: «Lo que no me mata me fortalece», citó a su esposo la oradora, con un tono neutral que casi oculta el acento chileno (es una experta en ese tipo de dicción, tan CNN). Acompañada por su padre, Enzo Bolocco, ni la mejor ovación desató una lágrima en la mujer del ex presidente, quien, en cambio, bromeó con la desgracia: «Estamos de luna de miel y lo mejor de todo esto es tenerlo todo tiempo al lado mío», dijo con una sonrisa, para repechar una cuesta algo melancólica que había tomado su papel.

Antes que Cecilia Bolocco, había hablado el organizador de la peña, Ricardo Romano, coordinador de un gineceo no partidario del que participan Verónica Llambí, Marilú Pérez Taboada, Cora de Alvear, María Paz, Patricia Langan y Helena Sorondo.

Romano dedicó un breve discurso político referido a la «esquizofrenia» del gobierno, «incapaz de cambiar la hora», como dice nuestra amiga María Elena Walsh, y se mofó de que «en 115 años será la primera vez en que se hace una exposición rural sin vacas».

La concurrencia a la comida fue, como siempre, variada: desde Archibaldo Lanús, Daniel Scioli y Francisco Mayorga hasta Enrique Blasco Garma, Fernando Miele, Jorge Asís (calificado como el «Cipriano Reyes» de un 17 de octubre mediático), Patricia Miccio, Mario Granero, Marina Dodero, Teresa Calandra, Francisco Susmel, Claudio Sebastiani y Anamá Ferreira.

Después de Romano, habló R. Fernández, quien advirtió que haría una exposición de corte histórico, que podía presumirse aséptica. Sin embargo, a poco de haber comenzado esa reconstrucción del pasado, empezó a advertirse su mensaje político, muy ligado a su permanente polémica con Domingo Cavallo. Prometió describir las notas centrales del régimen económico que desembocó en la hiperinflación de 1989. A poco de comenzar esa enumeración, cualquier asistente a la comida -por más distraído que estuviera con los ñoquis verdes que se servían a esa altura- podía descubrir que, aunque de manera indirecta, se estaba refiriendo a la orientación de la actual gestión de Cavallo. La definición más importante de R. Fernández puede parecer obvia para algunos, pero tiene derecho a decir que es el primero en formularla en público: el «modelo argentino», tal como se lo conoció en los '90, ya no existe, debido al cambio de reglas de juego fundamentales de la economía.

• Inflación

El último ministro de Menem -calificado por Ricardo Romano, que lo presentó, como «el mejor»- recordó que «la hiperinflación es el resultado del fracaso de planes heterodoxos, basados en precios políticos, controles, subsidios y tipos de cambio múltiples distribuyendo prebendas sectoriales». R. Fernández subrayó que «esa política económica se caracterizó por la ausencia de reglas claras y transparentes, ya que se anunciaba el control monetario, pero, en realidad, se aumentaba la expansión monetaria y se perdían reservas internacionales; se prometía aumento del crédito al sector privado, pero, en realidad, se utilizaban los fondos líquidos de los bancos para dárselos al gobierno, que no atinaba a controlar el gasto público; se anunciaba el control del déficit fiscal, pero se aumentaba el uso de reservas de liquidez; la deuda pública fue en franco aumento, con una dinámica perversa de tasas de interés cada vez más altas agravando el endeudamiento. Refinanciaciones forzadas, luego moratoria y, finalmente, cesación de pagos». A sabiendas de que estaba hablando del presente con la excusa del pasado, dijo que en aquellos tiempos «se pasó del tipo de cambio fijo a los ajustes periódicos; de las devaluaciones abruptas, a los controles cambiarios».

El discurso de Fernández fue antes preciso y breve, sobre todo si se lo mide por su objetivo: evaluar más de una década de política económica. Cuando repasó las reformas del primer gobierno de Menem, elogió la convertibilidad que hizo equivaler «un peso a un dólar», y agregó, con malicia: «Nunca se dudó de su significado ni se dijo otra cosa». Pero, en lo que claramente se trataba de una especie de proceso a Cavallo, recordó también: «De 1992 a 1994, el gasto primario aumentó de 30.000 millones a 40.000 millones, afectando expectativas de solvencia fiscal».

También hubo algo de autoelogio en la perspectiva de R. Fernández. Recordó que el tequila se sorteó con éxito gracias a la capacidad de maniobra del Banco Central (que él presidía) y a pesar de que había subido $ 3.000 millones el gasto primario. Según él, fue la duda sobre la solvencia fiscal, que repercutió en la paridad de los títulos, y no la crisis mexicana, lo que produjo la caída financiera del '94. «La resolución con éxito de la crisis financiera más la contención del gasto primario provocaron una caída del riesgopaís a un mínimo histórico del 1997 (236 puntos básicos) y la tasa de desempleo cayó de 18,4% (mayo '95) a 12,4% (octubre '98).» Estos datos, es obvio, corresponden a la gestión del propio R. Fernández como ministro.

El último ministro de Menem se olvidó de Cavallo nada más que para recordar a José Luis Machinea, a quien acusó de «dibujar» un déficit fiscal recibido de 10.000 millones de dólares, registrando en 2000 algunos impuestos efectivamente ingresados en 1999. R. Fernández expuso allí otro argumento central de su tesis: «La crisis actual comenzó en el año 2000, no antes».

Finalmente, describió el programa actual como un «regreso a las políticas activas, que abandonan el concepto de transparencia en la política comercial, y se pasó a subsidiar a los sectores ineficientes».

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