R. Fernández declaró el "fin del modelo" en cena menemista
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El último ministro de Menem -calificado por Ricardo Romano, que lo presentó, como «el mejor»- recordó que «la hiperinflación es el resultado del fracaso de planes heterodoxos, basados en precios políticos, controles, subsidios y tipos de cambio múltiples distribuyendo prebendas sectoriales». R. Fernández subrayó que «esa política económica se caracterizó por la ausencia de reglas claras y transparentes, ya que se anunciaba el control monetario, pero, en realidad, se aumentaba la expansión monetaria y se perdían reservas internacionales; se prometía aumento del crédito al sector privado, pero, en realidad, se utilizaban los fondos líquidos de los bancos para dárselos al gobierno, que no atinaba a controlar el gasto público; se anunciaba el control del déficit fiscal, pero se aumentaba el uso de reservas de liquidez; la deuda pública fue en franco aumento, con una dinámica perversa de tasas de interés cada vez más altas agravando el endeudamiento. Refinanciaciones forzadas, luego moratoria y, finalmente, cesación de pagos». A sabiendas de que estaba hablando del presente con la excusa del pasado, dijo que en aquellos tiempos «se pasó del tipo de cambio fijo a los ajustes periódicos; de las devaluaciones abruptas, a los controles cambiarios».
El discurso de Fernández fue antes preciso y breve, sobre todo si se lo mide por su objetivo: evaluar más de una década de política económica. Cuando repasó las reformas del primer gobierno de Menem, elogió la convertibilidad que hizo equivaler «un peso a un dólar», y agregó, con malicia: «Nunca se dudó de su significado ni se dijo otra cosa». Pero, en lo que claramente se trataba de una especie de proceso a Cavallo, recordó también: «De 1992 a 1994, el gasto primario aumentó de 30.000 millones a 40.000 millones, afectando expectativas de solvencia fiscal».
También hubo algo de autoelogio en la perspectiva de R. Fernández. Recordó que el tequila se sorteó con éxito gracias a la capacidad de maniobra del Banco Central (que él presidía) y a pesar de que había subido $ 3.000 millones el gasto primario. Según él, fue la duda sobre la solvencia fiscal, que repercutió en la paridad de los títulos, y no la crisis mexicana, lo que produjo la caída financiera del '94. «La resolución con éxito de la crisis financiera más la contención del gasto primario provocaron una caída del riesgopaís a un mínimo histórico del 1997 (236 puntos básicos) y la tasa de desempleo cayó de 18,4% (mayo '95) a 12,4% (octubre '98).» Estos datos, es obvio, corresponden a la gestión del propio R. Fernández como ministro.
El último ministro de Menem se olvidó de Cavallo nada más que para recordar a José Luis Machinea, a quien acusó de «dibujar» un déficit fiscal recibido de 10.000 millones de dólares, registrando en 2000 algunos impuestos efectivamente ingresados en 1999. R. Fernández expuso allí otro argumento central de su tesis: «La crisis actual comenzó en el año 2000, no antes».
Finalmente, describió el programa actual como un «regreso a las políticas activas, que abandonan el concepto de transparencia en la política comercial, y se pasó a subsidiar a los sectores ineficientes».




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