Reflota la izquierda debate sobre el desprecio a la vida
La calificación del terrorismo como un delito de lesa humanidad es un debate abierto en la Argentina. La reclaman las víctimas de los atentados a entidades judías (embajada-AMIA) con el propósito de que no prescriban las responsabilidades y sean juzgados los responsables cuando se los encuentre en un futuro. La Corte Suprema tampoco ha fallado en ese sentido en causas en las que se pide que se incluya como tales no sólo las aberraciones ocurridas en la represión clandestina, sino también las atrocidades de los terroristas contra civiles, niños, y otros objetivos que no podrían nunca ser los propios de una acción bélica. Si la Justicia declarase eso, los activistas guerrilleros de los años '70 podrían ser llevados a la Justicia por esos hechos. ¿Cuáles? Un ejemplo lo muestra el interesante debate que se ventiló en los últimos meses en la revista «La Intemperie» que se publica en Córdoba y sobre la que ha llamado la atención la revista porteña «Edición i». Allí, un ex guerrillero que acompañó un emprendimiento guevarista en Tucumán en 1964 cuenta pimpante cómo se les ocurrió un día matar a un compañero porque «El Pupi no andaba». Y le pegaron un tiro. Ante ese relato, el filósofo marxista Oscar del Barco -una figura de culto en algunos sectores intelectuales de esa ideología-ensayó hoy una autocrítica de esos hechos que conviene conocer porque ha abierto un debate importante. Es un capítulo de la revisión del pasado reciente a la que se ve arrastrado el país, una revisión que reflota odios y resentimiento pero que también puede -como en estos testimonios- aportar algo de verdad. Veamos lo que publicó «La Intemperie» en los dos casos. Primero el cuento del ex guerrillero Héctor Jouve, que se echó al monte al mando del periodista Jorge Ricardo Massetti, que murió en esa aventura en Santa en abril de 1964. Después, la reflexión autocrítica de Del Barco.
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Ningún justificativo nos vuelve inocentes. No hay «causas» ni « ideales» que sirvan para eximirnos de culpa. Se trata, por lo tanto, de asumir ese acto esencialmente irredimible, la responsabilidad inaudita de haber causado intencionalmente la muerte de un ser humano. Responsabilidad ante los seres queridos, responsabilidad ante los otros hombres, responsabilidad sin sentido y sin concepto ante lo que titubeantes podríamos llamar «absolutamente otro».
Más allá de todo y de todos, incluso hasta de un posible Dios, hay el no matarás. Frente a una sociedad que asesina a millones de seres humanos mediante guerras, genocidios, hambrunas, enfermedades y toda clase de suplicios, en el fondo de cada uno se oye débil o imperioso el no matarás. Un mandato que no puede fundarse o explicarse, y que sin embargo está aquí, en mí y en todos, como presencia sin presencia, como fuerza sin fuerza, como ser sin ser. No un mandato que viene de afuera, desde otra parte, sino que constituye nuestra inconcebible e inaudita inmanencia.
Este reconocimiento me lleva a plantear otras consecuencias que no son menos graves: a reconocer que todos los que de alguna manera simpatizamos o participamos, directa o indirectamente, en el movimiento Montoneros, en el ERP, en la FAR o en cualquier otra organización armada, somos responsables de sus acciones.
Repito, no existe ningún «ideal» que justifique la muerte de un hombre, ya sea del general Aramburu, de un militante o de un policía. El principio que funda toda comunidad es el no matarás. No matarás al hombre porque todo hombre es sagrado y cada hombre es todos los hombres. La maldad, como dice Levinas, consiste en excluirse de las consecuencias de los razonamientos, el decir una cosa y hacer otra, el apoyar la muerte de los hijos de los otros y levantar el no matarás cuando se trata de nuestros propios hijos.
En este sentido podría reconsiderarse la llamada teoría de los «dos demonios», si por « demonio» entendemos al que mata, al que tortura, al que hace sufrir intencionalmente. Si no existen «buenos» que sí pueden asesinar y «malos» que no pueden asesinar, ¿en qué se funda el presunto «derecho» a matar? ¿Qué diferencia hay entre Santucho, Firmenich, Quieto y Galimberti, por una parte, y Menéndez, Videla o Massera, por la otra? Si uno mata, el otro también mata. Esta es la lógica criminal de la violencia. Siempre los asesinos,tanto de un lado como del otro, se declaran justos, buenos y salvadores. Pero si no se debe matar y se mata, el que mata es un asesino, el que participa es un asesino, el que apoya aunque sólo sea con su simpatía es un asesino. Y mientras no asumamos la responsabilidad de reconocer el crimen, el crimen sigue vigente.
Más aún. Creo que parte del fracaso de los movimientos «revolucionarios» que produjeron cientos de millones de muertos en Rusia, Rumania, Yugoslavia, China, Corea, Cuba, etc., se debió principalmente al crimen. Los llamados revolucionarios se convirtieron en asesinos seriales, desde Lenin, Trotsky, Stalin y Mao, hasta Fidel Castro y Ernesto Guevara. No sé si es posible construir una nueva sociedad, pero sé que no es posible construirla sobre el crimen y los campos de exterminio. Por eso las « revoluciones» fracasaron y al ideal de una sociedad libre lo ahogaron en sangre. Es cierto que el capitalismo, como dijo Marx, desde su nacimiento chorrea sangre por todos los poros. Lo que ahora sabemos es que también al menos ese « comunismo» nació y se hundió chorreando sangre por todos sus poros.




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