No hay que buscar anécdotas secretas. Se sabe que Hilda Chiche Duhalde es una mujer temperamental. Que lo digan Néstor Kirchner y Felipe Solá. A los dos los desairó en público sin que se le moviera un músculo de la cara, y los dos optaron por el mismo ardid para amortiguar el golpe: decir que ya seleccionaron a su segundo, pero que no pueden revelar el nombre por razones de prudencia política. En el caso de Kirchner, dijo que «él ya lo sabe» y adelantó que «no será un bonaerense», en un intento por desalentar las maledicencias sobre su condición de «Chirolita» del duhaldismo, que tanto divierten al menemismo. Solá demostró que su lema sigue siendo lealtad o muerte: «Tengo a mi vice y también un muleto», se fue de boca, confesando un doble juego que no ha de gustarle al elegido (salvo que sea una mujer y que él suponga que, de nuevo, se le va a negar; la frase «no hay mujer que me diga que no» obliga en adelante a cualquier señora a exhibirse reticente delante del gobernador).
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
Chiche insistió ayer en lo que ya le había dicho a Solá: «No voy a ser candidata a vice», señaló, repitiendo a su marido que le había explicado al gobernador lo mismo anteayer, cuando se reunieron en Casa de Gobierno. Las declaraciones de la primera dama se conocieron mientras entregaba vehículos decomisados por la Aduana a distintas entidades de bien público. Elogió de paso a Mario Das Neves, el titular del organismo, otro patagónico al que el duhaldismo reivindica de las acusaciones veladas que recibió en varios pedidos de informes del Congreso precisamente para esclarecer el destino de esos containers. Chiche dijo ayer que el ex diputado puso «mucho trabajo y mucha mística» en la repartición. Como si la fe garantizara eficacia en la función pública.
Las coincidencias entre «Lupín» y Solá llegan hasta aquí: el desdén de Chiche y del vice «in pectore», como le gusta decir a Carlos Menem (Felipe usó una expresión más campera, acorde con su indumentaria: «Lo tengo en el bocho», dijo de su acompañante). A partir de esta frontera, se abre el conflicto, propio de todo espacio renovador, donde las ínfulas comienzan por renovar al adversario para pronto querer renovarse entre ellos. El gobernador bonaerense fue el que dio el primer puntazo: «Le recomendé a Kirchner que cambie su discurso», dijo, sin especificar en qué dirección. Además, insistió en que «su mejor compañero de fórmula es Daniel Scioli». Sólo falta que en vez de «Lupín» lo llame «Chirola». Después de que Chiche le pateó los dientes en público como lo hizo, es cierto que Felipe debería guardar prudente silencio en materia de vices, sobre todo ajenos.
El colega de Santa Cruz reaccionó con rapidez: «Que hable menos y gobierne más», le reclamó desde la Capital Federal, donde seguramente Kirchner se encuentra cumpliendo compromisos oficiales de su provincia. A él no lo va a correr ningún bonaerense devaluado.
• Reclamo
Estas chispas no son las primeras. Hace apenas 10 días, durante una comida en el despacho porteño de Kirchner, Solá le había reclamado con aire malevo al sureño: «Vos te sacaste la lotería, pero nosotros, los de Buenos Aires, en qué vamos». Parecía un rivadaviano Felipe, si no fuera por los modales. «Lupín» se mostró permisivo, como sucede cuando está en etapa de exploración: «Yo puedo ser todo lo participativo que quieras, pero no te hagas ilusiones de que vas a cogobernar», lo cortó para seguir comiendo.
Para agregar leña al fuego, ayer se sumó el «hermano Eduardo», como denominan al jefe de campaña de Kirchner (se llama Alberto Fernández) por su costumbre de traducir y corregir al candidato. Fernández se preguntó «si Solá no tiene cosas más importantes que hacer que opinar sobre la campaña de Kirchner». Se olvidó que entre las cosas mejores o peores, hace menos de 7 días, se anotó como el primer gobernador que apoyaba al candidato Kirchner.
Dejá tu comentario