Ruckauf, forzado a explicar "renuncia"
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No sabía otro dato, que el tour del secretario de Hacienda, Jorge Baldrich, durante el fin de semana por los organismos financieros de Washington, había arrojado un panorama desalentador. Primero, que el dinero de los créditos para alimentar el Fondo Fiduciario, del que sacan las provincias dineros para la coyuntura, está congelado por desconfianza ante un país donde el gobierno central se pelea con los gobernadores. Segunda razón de la desconfianza: que las provincias no cumplen con el ajuste prometido, especialmente la de Buenos Aires, que firmó un acuerdo para la baja gradual del déficit y no lo hace.
Ante ese cuadro, Ruckauf alzó la simulación mayor, que fue citar a Eduardo Duhalde, quien no participó de la cumbre, pero aceptó acompañar desde un salón aparte del edificio del CFI hacia donde salieron varias veces a parlamentar Ruckauf y Remes.
En el sketch principal de la noche, el gobernador de Buenos Aires llevó las cosas al lí-mite mayor. Primero escuchó a José Manuel de la Sota con una estampa del partido oficial: «Los radicales tienen una urna en la cabeza, sólo piensan en las elecciones. Ellos creen todavía que pueden ganar en octubre, contra lo que dice la opinión pública y las encuestas. Para hablar con ellos hay que entender eso de los radicales».
Eso dio argumentos para que Ruckauf se subiera a la tarima: «Es cierto, acá están apretando a la provincia de Buenos Aires por las elecciones y no saben que si no pago los sueldos en dos horas, hay un incendio, no saben cómo es mi provincia. Va a ser peor que en 1989, cuando no se habían inventado los pique-tes. Si no pago los sueldos -dramatizó Ruckauf-, no tengo salida, no me dan alternativa». Silencio.
Siguió así: «¿Qué puedo hacer si acá hay un conflicto de proyectos? A mí me quieren imponer que eche 50 mil empleados, que baje los sueldos, que embrome a los jubilados. Y el gobierno de De la Rúa no está de acuerdo. ¿Qué puedo hacer? Plesbiscitarme, renunciar, llamar a elecciones y preguntarle a la gente con qué proyecto se queda, con el mío o con el de De la Rúa».
Oír la palabra renuncia en boca de Ruckauf le pareció a Felipe Solá, quien escuchaba todo esto, una recompensa del destino, una tentación irresistible para ser más Felipe Solá que nunca. El silencio de todos dio pie para el remate del gobernador que no había sentido las vibraciones de Solá: «Porque yo tengo las pelotas para renunciar e ir a una elección de gobernador ahora mismo; quiero saber si De la Rúa tiene las pelotas para hacer lo mismo y pedir que lo voten de nuevo a presidente». La salida del norteño, que ofreció renuncia masiva, dio carpetazo al bloque.
Otro momento cumbre de la reunión fue cuando el coordinador Puerta conectó un teléfono de manos libres para comunicar al lote de gobernadores con la cúpula del gobierno. Se discutió primero si convenía mandar un emisario a Olivos. «Que vaya Kirchner, que tiene plata y menos necesidades», ofreció uno. El gobernador de Santa Cruz se disculpó: «Mejor no, no me llevo bien con Colombo, no va a servir». Varios sonrieron ante el gesto de colaboración.
Del otro lado del teléfono terminó atendiendo Chrystian Colombo con De la Rúa a su lado, aunque nunca se identificó, salvo por algunos de sus inconfundibles gruñidos. Se enteró allí el gobierno del ultimatum que cerró la negociación: si Nación habilitaba los fondos para pagar los sueldos, el peronismo levantaba el proyecto de ley haciendo coparticipable el impuesto al cheque. «Acá no hacemos política», le dijo Puerta a Colombo, «pero saben que con ese impues to coparticipado se terminan los problemas de las provincias».
La respuesta de Colombo fue corta: «Ahí les mando a Daniel Marx». El viceministro, como si esperase entre bambalinas, apareció en minutos acompañado por el subsecretario de Relaciones con las provincias, Raúl Garnero. En pocos minutos ratificó los términos de ese pacto (ver nota aparte) que cerró la noche y que negoció Economía provincia por provincia.
Ayer, en el pleno fragor bonaerense, Ruckauf, al intentar aclarar por qué había hablado de renuncia, insistió ante su tropa con el argumento de la trampa mortal que Duhalde, también presente en La Plata, intentó salpimentar con aportes propios: «Acá hay una agresión al peronismo bonaerense de dos lados: por un lado, la centro-izquierda de Alfonsín, que quiere atacar mi candidatura a senador; del otro lado, el gobierno que quiere hacerles creer a todos que no sabemos gobernar. Por eso hay que defenderse con todo».



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