5 de julio 2001 - 00:00

Ruckauf, forzado a explicar "renuncia"

Ruckauf, forzado a explicar renuncia
Carlos Ruckauf perdió ayer la sonrisa cuando debió explicar que su amenaza de renunciar no era la posición de su gobierno ni tampoco un anuncio hecho al gobierno. Apenas fue, admitió, algo dicho en el contexto de una charla con los gobernadores en la que se dicen cosas. Resbaló cuando ante una pregunta intentó desmentir a este diario, que publicó ayer la noticia sobre su amenaza de renunciar con la frase: «Es el mismo que dijo que también otro iba a renunciar».

No se entiende tanta palabra, si en la noche del lunes en la cumbre de gobernadores peronistas Ruckauf no renunció una, sino tres veces. Lo planteó con tanto énfasis que uno de sus pares de una provincia del Noroeste le cantó retruco: «Si venís con eso, entonces renunciemos todos, porque yo hace un mes que no pago los sueldos». Las risas de la barra (eran catorce mandatarios peronistas más el coordinador de la cita, el ex gobernador misionero Ramón Puerta, algunos economistas como Jorge Remes Lenicov y una miríada de asesores) terminaron de quebrar la táctica del gobernador de Buenos Aires de asustar a gente que está acostumbrada ya a que los quieran asustar.

La parada de Ruckauf fue el final de una performance para recordar. Apenas se sentó junto a sus colegas del peronismo en la sede del Consejo Federal de Inversiones, se dio cuenta de que el clima no era el más propicio: los mandatarios de las demás provincias le hicieron saber que la situación de Buenos Aires (le atribuyen la mitad del déficit total del interior) arrastraba a todos. El mensaje era que, si el gobierno nacional auxiliaba al resto, abandonarían a Buenos Aires a su suerte.

Allí Ruckauf expuso lo que considera la trampa mortal que le tendieron sus enemigos: hace diez días visitó a Fernando de la Rúa en Casa de Gobierno («¿Se acuerdan?, fue el día en que decidieron no cambiar la hora», detalló), y el Presidente le prometió dinero para pagar los sueldos de julio y los aguinaldos.

De ahí se fue a verlo a Cavallo, y el ministro le dijo que contase con $ 230 millones para esta semana, pero con una condición, separar el pago del sueldo del medio aguinaldo y postergar este último para la tercera semana del mes. «Largá los cheques nomás, que yo después te banco», dice Ruckauf que le dijo Cavallo.

Debía recibir $ 40 millones el lunes, que recibió para pagar a la Policía y al personal de la Casa de Gobierno en La Plata. Pero se enteró ese día de que no le depositaban los $ 40 millones de ayer, ni los $ 150 de mañana viernes. Para colmo Cavallo se iba de viaje a Alemania e Italia y no había nadie que pusiera -le agregó ayer en La Plata a una cumbre de sindicalistas, legisladores e intendentes de su palo-la cara.

No sabía otro dato, que el tour del secretario de Hacienda,
Jorge Baldrich, durante el fin de semana por los organismos financieros de Washington, había arrojado un panorama desalentador. Primero, que el dinero de los créditos para alimentar el Fondo Fiduciario, del que sacan las provincias dineros para la coyuntura, está congelado por desconfianza ante un país donde el gobierno central se pelea con los gobernadores. Segunda razón de la desconfianza: que las provincias no cumplen con el ajuste prometido, especialmente la de Buenos Aires, que firmó un acuerdo para la baja gradual del déficit y no lo hace.

Ante ese cuadro,
Ruckauf alzó la simulación mayor, que fue citar a Eduardo Duhalde, quien no participó de la cumbre, pero aceptó acompañar desde un salón aparte del edificio del CFI hacia donde salieron varias veces a parlamentar Ruckauf y Remes.

En el sketch principal de la noche, el gobernador de Buenos Aires llevó las cosas al lí-mite mayor. Primero escuchó a
José Manuel de la Sota con una estampa del partido oficial: «Los radicales tienen una urna en la cabeza, sólo piensan en las elecciones. Ellos creen todavía que pueden ganar en octubre, contra lo que dice la opinión pública y las encuestas. Para hablar con ellos hay que entender eso de los radicales».

Eso dio argumentos para que Ruckauf se subiera a la tarima: «Es cierto, acá están apretando a la provincia de Buenos Aires por las elecciones y no saben que si no pago los sueldos en dos horas, hay un incendio, no saben cómo es mi provincia. Va a ser peor que en 1989, cuando no se habían inventado los pique-tes. Si no pago los sueldos -dramatizó Ruckauf-, no tengo salida, no me dan alternativa». Silencio.

Siguió así:
«¿Qué puedo hacer si acá hay un conflicto de proyectos? A mí me quieren imponer que eche 50 mil empleados, que baje los sueldos, que embrome a los jubilados. Y el gobierno de De la Rúa no está de acuerdo. ¿Qué puedo hacer? Plesbiscitarme, renunciar, llamar a elecciones y preguntarle a la gente con qué proyecto se queda, con el mío o con el de De la Rúa».

Oír la palabra renuncia en boca de
Ruckauf le pareció a Felipe Solá, quien escuchaba todo esto, una recompensa del destino, una tentación irresistible para ser más Felipe Solá que nunca. El silencio de todos dio pie para el remate del gobernador que no había sentido las vibraciones de Solá: «Porque yo tengo las pelotas para renunciar e ir a una elección de gobernador ahora mismo; quiero saber si De la Rúa tiene las pelotas para hacer lo mismo y pedir que lo voten de nuevo a presidente». La salida del norteño, que ofreció renuncia masiva, dio carpetazo al bloque.

Otro momento cumbre de la reunión fue cuando el coordinador
Puerta conectó un teléfono de manos libres para comunicar al lote de gobernadores con la cúpula del gobierno. Se discutió primero si convenía mandar un emisario a Olivos. «Que vaya Kirchner, que tiene plata y menos necesidades», ofreció uno. El gobernador de Santa Cruz se disculpó: «Mejor no, no me llevo bien con Colombo, no va a servir». Varios sonrieron ante el gesto de colaboración.

Del otro lado del teléfono terminó atendiendo
Chrystian Colombo con De la Rúa a su lado, aunque nunca se identificó, salvo por algunos de sus inconfundibles gruñidos. Se enteró allí el gobierno del ultimatum que cerró la negociación: si Nación habilitaba los fondos para pagar los sueldos, el peronismo levantaba el proyecto de ley haciendo coparticipable el impuesto al cheque. «Acá no hacemos política», le dijo Puerta a Colombo, «pero saben que con ese impues to coparticipado se terminan los problemas de las provincias».

La respuesta de Colombo fue corta: «Ahí les mando a Daniel Marx». El viceministro, como si esperase entre bambalinas, apareció en minutos acompañado por el subsecretario de Relaciones con las provincias, Raúl Garnero. En pocos minutos ratificó los términos de ese pacto (ver nota aparte) que cerró la noche y que negoció Economía provincia por provincia.

Ayer, en el pleno fragor bonaerense, Ruckauf, al intentar aclarar por qué había hablado de renuncia, insistió ante su tropa con el argumento de la trampa mortal que
Duhalde, también presente en La Plata, intentó salpimentar con aportes propios: «Acá hay una agresión al peronismo bonaerense de dos lados: por un lado, la centro-izquierda de Alfonsín, que quiere atacar mi candidatura a senador; del otro lado, el gobierno que quiere hacerles creer a todos que no sabemos gobernar. Por eso hay que defenderse con todo».

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