2 de marzo 2004 - 00:00

Saludos en el vallado para ocultar ausencias

Como algunos cantantes de rock, Néstor Kirchner volvió a abalanzarse sobre la multitud a la salida del Congreso. Nervioso, Daniel Scioli se preocupó de que el Presidente no sufriera magulladura alguna como en excursiones anteriores. Muchos micros contribuyeron a la espontaneidad de la movilización de ayer en respaldo del Presidente. No obstante, la concurrencia estuvo lejos de las 25 mil personas prometidas.
Como algunos cantantes de rock, Néstor Kirchner volvió a abalanzarse sobre la multitud a la salida del Congreso. Nervioso, Daniel Scioli se preocupó de que el Presidente no sufriera magulladura alguna como en excursiones anteriores. Muchos micros contribuyeron a la espontaneidad de la movilización de ayer en respaldo del Presidente. No obstante, la concurrencia estuvo lejos de las 25 mil personas prometidas.
Un espejismo. A Néstor Kirchner le prometieron una plaza llena, pero sólo alcanzó para cubrir unos cuantos metros cuadrados del histórico terruño peronista. La astucia del Presidente evitó que el fracaso de la movilización fuera evidente. El patagónico atrajo como un imán a la gente y la «pegó» al vallado de seguridad dispuesto alrededor del Congreso de la Nación. Parecían muchos en las cámaras, pero en realidad eran pocos para un gobierno que gusta ostentar que reúne 70% de la adhesión de los argentinos.

El acto estuvo lejos de las 30 mil personas que los punteros políticos aspiraban a juntar. Las cifras oficiales de la Policía Federal hablan de 15 mil. Toda una generosidad para una plaza que reunió con exceso 10 mil almas.

Podría interpretarse que la de ayer fue una derrota compartida entre los punteros, intendentes y legisladores del conurbano bonaerense y del propio territorio porteño. El PJ de Buenos Aires empeñó su palabra de una fuerte movilización popular para respaldar a Kirchner en su lucha con el Fondo Monetario por el pago de la deuda. Habían prometido 20 mil militantes pero quedó claro que lo de ayer no fue una causa nacional. Tampoco cumplieron los militantes del peronismo porteño (la mayoría funcionarios) en acercar los 6/7 mil activistas que nadie vio.

Una gran bandera argentina que rezaba «Primero la Patria» plantada en primera fila y frente al Congreso intentó pintar un paisaje de fiesta adornado por la siempre atractiva fanfarria del Regimiento de Granaderos.

• Desembarco

De a poco fueron desembarcando las primeras columnas provenientes del conurbano. Como los piqueduros de Raúl Castells, la fuente de la Plaza de los Dos Congresos sirvió para enfriar los acalorados pies de una decena de manifestantes que abandonaron por un momento los carteles con la consigna de la intendencia de Quilmes.

Esta vez el operativo de seguridad se vio en toda su magnitud. Unos 1.000 efectivos de la Federal fueron apostados en un amplio perímetro que partió desde la avenida 9 de Julio y se extendió hasta la calle Combate de los Pozos abarcando Belgrano y Mitre.

El aparato bonaerense sembró de colectivos de línea de la zona sur y micros escolares las manos norte y sur de la avenida 9 de Julio, mientras el furioso y rutinario sonido de los autos se mezclaba sumiso con el batir de bombos y el estruendo de cohetes morteros inspirando una danza de banderas blanquicelestes. Si hasta la «estación Congreso» de la línea de subterráneos A, quedó fuera de servicio para evitar que los impacientes rompieran el riguroso control de la seguridad presidencial.

• Consumo

Los quioscos y comercios de la zona tuvieron su día. Si hace una semana debieron bajar sus persianas temerosos por el aterrizaje de los piqueduros, ayer se cansaron de vender gaseosas, panchos y cigarrillos. De pronto, pareció
que la economía de consumo había regresado a la década del '90.

Ni los sándwiches de milanesas y chorizos, ni el «franco» laboral reconocido de algunas intendencias del conurbano (no descontaron el día por asistir al acto), ni los 50 pesos que se pagaron en algunos casos, alcanzaron para garantizar una concurrencia masiva a este primer agasajo por los nueve meses del gobierno de Kirchner.

Se salvaron del cólera presidencial las gruesas columnas aportadas por las intendencias de Quilmes, Almirante Brown, los camioneros de Hugo Moyano, la CTA y del gremio Suther.

«Dónde está la gente que Ibarra y Béliz prometieron traer. Esto hay que facturarlo»,
sostenía iracunda una militante de la zona sur metropolitana mientras acomodaba repetidamente sus lentes de sol en su encrespado cabello.

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