Modesto, Eduardo Duhalde dijo que hoy espera apenas unos 10 mil adherentes para su propia jornada de celebración en el Congreso. Sorprende tan restringido cálculo en un hombre acostumbrado a la gigantografía de los actos bonaerenses más que a los reducidos auditorios de un Luna Park. Pero sorprende aun más porque él no desconoce los movimientos de sus colaboradores inmediatos, justamente los encargados de la organización del evento y, por lo tanto, los que podrían anticiparle -debido a que, en estos casos, la matemática no falla- la exacta cantidad de almas bonaerenses que hoy dirán «sí» (entre otros estribillos ligeramente más imaginativos) al Presidente. Tanto no los desconoce que, como se recordará, fue él mismo quien suspendió la última concentración -como si fuera quien la orquestaba- cuando, entre otros curas, lo llamó monseñor Casaretto y, en el mejor lenguaje eclesiástico, le explicó que esas manifestaciones colectivas eran una tontería, cuando no un riesgo.
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Pero, tal vez, Duhalde juega a mínimo para luego poner cara de saludable impresionado (el término «sobrecogido» sería demasiado directo) en un baño de caballeros de Constitución cuando la Policía y los diarios afines anuncien una concurrencia de 100 mil personas. Ese es el número pedido, casi exigido para honrar una variante subdesarrollada del culto a la personalidad. Nada más y nada menos que una diferencia de un cero entre el pronóstico presidencial y la eventual realidad. Debiera saber el mandatario que no conviene ignorar el cero, genera sospechas en los curiosos y recuerda que ese problema ya lo padecieron los romanos, quienes por no disponer de ese número en su sistema -entre otros sufrimientos- se volvían locos a la hora de escribir las cifras.
Si la movilización de hoy sólo convocara a 10 mil personas sería un fracaso estruendoso, aunque coincidiera con el cálculo de Duhalde. Pero ése, claro, no es su cálculo. Por los trascendidos de la organización, entre mil a 5 mil micros han sido contratados -la falta de precisión obedece al negocio que siempre implican estas operaciones en negro- en toda la provincia de Buenos Aires para arrastrar vehicularmente a los manifestantes. Será un día propicio, además, debido a la falta de clases, razón por la cual abundarán los transportes escolares. Esa tradición indica en estos preparativos que, de acuerdo a como se pueblen los micros, cada mil de ellos se garantiza una presencia entre 25 a 40 mil adherentes. Ya que nadie debe imaginar a los entusiastas viniendo en marchas desde distintos puntos del conurbano; al contrario, llegarán sentados y hasta con algún aliciente adicional, aparte del asueto implícito que supone esta asistencia. Algo así como el «San Perón» de hace 50 años.
La sombra oficial pesa sobre el acto, no sólo en materia de gastos (cada micro ad hoc se alquila por 300 a 500 pesos) sino por las prevenciones reclamadas. Por un lado, Aníbal Fernández, secretario general de la Presidencia, salió a defender el derecho del gobierno a promover una manifestación de este tipo (venia que también concedió Raúl Alfonsín, siempre apropiado), mientras la senadora Mabel Müller -esposa del segundo de la SIDE, Oscar Rodríguez, para nada ajeno a esta experiencia multitudinaria- advirtió que no vayan los caceroleros (absténgase porque nos toca a nosotros, demandó) como forma de evitar incidentes. Todo un gesto de urbanidad cívica de la integrante de la Cámara alta. Los caceroleros, a su vez, sin voceros institucionales, señalan como respuesta que ellos suelen trabajar a esa hora y, si se reservan para protestar, lo hacen en horas no laborales. La Policía, temerosa también de episodios violentos por atrevidos que cuestionen a los mayoritarios grupos bonaerenses y en incapacidad para controlarlos, admite que será alta la tensión en la plaza. Más bien, no acercarse a menos que se porte un cartel de cierto municipio del conurbano.
• Resentidos
Aunque tal vez no se observen demasiadas banderas o pancartas. Se ha pedido falta de identificación pues algunos dirigentes ya han tenido pésimas experiencias en ese sentido (luego los vecinos lo torturan, caso Osvaldo Mércuri). Será difícil, sin embargo, contener la expresión publicitaria de algunos. Quieren demostrar que existen, hace rato que los punteros no participan en estas manifestaciones y, por el contrario, hasta se muestran resentidos por la acción de caceroleros y piqueteros que les han ocupado esta actividad. La lucha que empieza hoy por la calle, entonces, semeja a situaciones ya acostumbradas en Venezuela, donde circulan por una avenida los defensores del general Chávez y, por la otra, sus objetores. Penosa pérdida de tiempo para una población, por más que los registros de desocupación sean graves. Lo de hoy no sólo confronta a la clase media porteña, afectada por penurias económicas y que protesta del modo que puede, también el objetivo oficial es enfrentar a los piqueteros. No en balde ya no habrá más planes Trabajar para estas organizaciones. Si hay fondos que sean para la institución, no para las sectas, ya que hoy este reparto de la calle parece la pugna de la Iglesia con esas organizaciones filorreligosas que le arrebatan feligreses.
El gobierno no está sólo es la consigna, cuyo emblemático conductor será Manuel Quindimil, hoy jefe de esta organización, intérprete de otros intendentes: se han ofendido por los cacerolazos que les han hecho a ellos mismos y, por lo tanto, planean alguna forma de revancha popular. Costosa, pero entendible. El rol de Quindimil, además, entierra otras suspicacias: es tan veterano el jefe de Lanús que nadie lo imaginará como futuro beneficiado del acto. Esa responsabilidad quedará reservada para otros intendentes que, además de guardia de corps del duhaldismo, sueñan con un salto cualitativo para sus propias personas: si son capaces de llevar gente y ésta garantiza la continuidad de Duhalde, también son capaces de pasar a la administración nacional en cargos expectantes. Tal vez el Presidente quede encerrado por estos devotos de las movilizaciones.
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