La irrupción ayer de un grupo de familiares de víctimas de Cromañón en el acto de Cristina de Kirchner con policías en Palermo no pudo ser vista por los televidentes que seguían la rutina por canales de cable y por el estatal Canal 7. Con rapidez digna de mejor causa, los operadores de la señal sacaron el acto de la pantalla para que no se viera esa intromisión no prevista con quejas de vecinos.
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Anteriormente, cuando hablaba la Presidente en Mendoza en un acto, los operadores interrumpieron la transmisión por la presencia de activistas que le reclamaban por designaciones en el área de seguridad de esa provincia de funcionarios no gratos a organizaciones defensoras de derechos humanos.
La Argentina tiene desde la era Menem lo que los semiólogos llaman «presidentes de escenario», es decir políticos que se ocupan exclusivamente del aspecto que registran las cámaras sobre sus personas y sus actos, por encima de sus realizaciones como gobierno. Como si el público fuera ingenuo y los juzgase como actores de un libreto de ficción. Estas intromisiones en actos públicos apartan a los funcionarios del libreto y quiebran su imagen en el escenario, como le ha ocurrido ya dos veces a Cristina de Kirchner, en lo que debe ser ya su principal problema a resolver.
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