Sostiene Greenpeace que las papeleras afectan sistemas inmunológico y reproductor del hombre
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Michelle Bachelet y Aníbal Ibarra
«Clarín».
Muchas dudas y sin la certeza de un organismo o conjunto de expertos auténticamente imparciales que las aclare. No es un problema del momento sino que perdurará y se acrecentará a medida que se denuncien -o inventen- casos de afecciones de salud como derivación de estos emprendimientos fabriles. Como todo tema profundo no se le ve al gobierno argentino pasta (y no celulósica) para encararlo con inteligencia. Apenas si deben estar calculando cuántos votos de entrerrianos se pierden para 2007 si no hacen nada serio. Pero no podrá eludir mucho el tema porque Greenpeace también dijo que el uso del cloro para el blanqueo igualmente lo debe aplicar la Argentina -por sus efectos nocivos- en sus cuatro plantas de celulosa, tres de éstas estarían en Misiones, aclara «La Nación», que es más centro turístico que Gualeguaychú por las cataratas.
Uruguay ve la oportunidad de industrializarsemás allá de vender carne y ofrecer turismo y no se cree que desista, aunque dude de la inocencia de lo que emprende. Es sospechoso que países de alto desarrollo vengan a emprender en países emergentes obras que no se atreverían en su país. Ya alguna vez desde el Norte se intentó utilizar la Patagonia argentina como basurero nuclear.
Luego de la simpleza en tratar el tema anterior Van der Kooy afrontó, con no menos escasez de profundidad, el cansador juicio a Aníbal Ibarra. No entiende mucho pero le llegó el rumor de que a Mauricio Macri y a Elisa Carrió les convendría más que Ibarra no sea desplazado del cargo. Es lógico. Con sólo asumir de nuevo el suspendido jefe de la Ciudad tendría más muerte política que si lo victimizan por ser cabeza superior de una actividad municipal degradaday coimera desde hace años y que quedóal descubierto por una tragedia de enorme magnitud. Ibarra no mejoró y, al contrario, profundizó más el desquicio del municipio porteño saturado de amiguismo, familiarismo, exceso de empleados, burocracia, inspectores coimeros. Igual que siempre, pero antes sin un Cromañón que afectara a otros intendentes.
FERNANDEZ DIAZ, JORGE.
«La Nación».
Sin aportar nada nuevo se extiende en elogios sobre la nueva presidenta chilena Michelle Bachelet y la normalidad del proceso político chileno. Cuenta la historia de la médica-presidenta no perdiéndose de nada de lo que ya se publicó, inclusive las loas del escritor trasandino Antonio Skármeta. Podría haber matizado un poco diciendo que Bachelet estuvo presa apenas 12 días durante la dictadura, menos que su madre al ser detenidas juntas. Con 12 días esa mujer destila menos odio contra el pasado que, por caso, Néstor Kirchner, que sólo estuvo retenido dos noches antes de partir de La Plata a radicarse en el Sur.
Además a la chilena le torturaron al padre que como derivación murió. Y odia poco.
El proceso democrático trasandino este diario lo definió mejor: los chilenos tienen una clase política de mucha más calidad que la argentina. Bachelet es parte de esa realidad. Un Borocotó, un Díaz Bancalari no son concebidos en la vida pública de Chile. Ni las iracundias de Néstor Kirchner, en cualquiera de sus presidentes democráticos.
El columnista sí tiene en su nota repetitiva un concepto bien redondeado y real. A los chilenos desde la escuela se les enseña que su patria es una nación pequeña, «colgada de los confines del mundo a la que todo le cuesta muchísimo y que por eso necesita con desesperación del sacrificio colectivo y de la unión nacional».
Buen contraste porque en la Argentina desde la niñez se enseña que somos una nación rica por riquezas naturales, ausencia de racismo, todos los climas, las mejores tierras fértiles del mundo.Pero no se explica que a la par hay dirigentes políticos mediocres, gobernantes ineptos, ideologías retrógradas, empresarios prebendarios, prensa mayoritariamente venal, « avivadas criollas» y sindicalistas corruptos que pueden hacer de una nación rica una piltrafa, con menos avance y más saturada de caídas y subidas que un Chile con menos tributos naturales.
LABORDA, FERNANDO.
«La Nación».
Analiza sin aportes la disputa con Uruguay sobre papeleras salvo esa acotación errada de que es un problema más «comercial» que de salud. Menciona pícaramente las papeleras argentinas en Misiones e insinúa que podrían ser igual de contaminantes pero, claro, el aporte de las forestales misioneras constituye más de 50% del producto de esa provincia. Muy por arriba analiza la reunión de Río de 3 presidentes del Mercosur pero aporta que un funcionario del Gobierno dijo que «no estamos evaluando» la insólita idea del venezolano Hugo Chávez de crear «un Banco del Sud con la mitad de las reservas monetarias de la Argentina, Brasil y Venezuela». ¿Alguien se puede imaginar bien la desconfianza y el retiro de capitales si las reservas de estos tres países -dos de ellos con gobiernos populistas exacerbados- Se destinaran a dar créditos subsidiados a países pobres de la región a los cuales hasta del Fondo Monetario les debió perdonar sus deudas impagas?
Sólo algunos funcionarios y medios -los periodistas de «Clarín», por ejemplo- creen que el vicecanciller Shannon cuando dijo «que no son tan malos los nuevos populismos latinoamericanos» se refirió al manejo de la Economía, las riquezas y las formas de gobernar. En esto son siempre deplorables. No pueden dejar de serlo por sus ataduras de repartir lo poco que acumulan sin preocuparse por el futuro. Son «buenos» realmente, como indicó el norteamericano porque incorporan sectores sociales a niveles de conducciones, por caso Evo Morales con los indígenas de Bolivia.
WAINFELD, MARIO.
«Página/12».
También este columnista dedica la totalidad de su nota al conflicto con Uruguay por las papeleras. A pesar de la orientación habitual de sus notas y del diario en el que escribe, Wainfeld vuelve a demostrar que es un izquierdista no fóbico. Por ejemplo, no se abraza a los dictámenes de Greenpeace, ONG inclinada habitualmente a un ambientalismo anticapitalista. Esa indiferencia hace que la nota no dramatice sobre los aspectos más preocupantes del conflicto, es decir, acerca de la eventualidad de que la contaminación provoque patologías graves en quienes se exponen a ella.
El columnista prefiere, en cambio, centrarse en la información política. Y aporta algunos datos que conviene enumerar:
1) La Argentina iría a una corte internacional para dirimir el problema con Uruguay. Es una decisión antigua, que ahora se ventila. Sería inconducente por las dificultades para demostrar que hay un daño inminente para la salud de quienes viven cerca de las plantas papeleras.
2) Los uruguayos están especialmente enardecidos porque se haya exportado al puente internacional el método «piquetero». Cuenta que hubo inclusive un episodio grave, con un camión agredido por una bomba «molotov». Esto va a obligar a alguna intervención política acelerada de los gobiernos, mientras crece el malestar de la Casa Rosada con el gobernador Jorge Busti.
3) El gobierno argentino clama por la aparición de las empresas que hacen las obras para que absorban el costo de lo que está pasando. Tal vez también el costo material de ubicar las plantas más abajo del río, donde no hay ciudades costeras. Serían 40 millones de dólares más.
El aspecto más curioso de la nota de Wainfeld no es, sin embargo, el informativo. En la última parte de su columna atribuye el florecimiento de cierta exaltación xenófoba que se verifica en la región al «neoconservadorismo de las décadas previas». Según el columnista, el individualismo y el cortoplacismo «neoconservador» son los culpables de que no se puedan resolver los conflictos de manera civilizada. Parece una derivación forzada, sobre todo cuando hay tantas evidencias para llegar más fácilmente a otras conclusiones con otros responsables. Es bastante obvio que el tipo de «progresismo» que se registra en América latina está asociado a discursos nacionalistas y prácticas proteccionistas. La fascinación por los medios de comunicación, tan notorio en muchos gobiernos de esta izquierda populista -el caso más expresivo es el argentino-, le agrega ese cortoplacismo que Wainfeld les endilga a las «décadas recientes». Es natural que gobiernos que buscan satisfacer de inmediato a su propia audiencia terminen convirtiendo al otro en blanco de culpas fáciles. Si faltaran datos para comprenderlo, basta consignar que durante la década del '80 y '90 se liquidaron casi todos los conflictos limítrofes que afectaban a la Argentina y se encararon los procesos de integración más ambiciosos. No es lo que sucede hoy y esto es una novedad, no pesada herencia.


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