Para Alfonsín, haber descendido al Senado finalmente resultó un suplicio. Si bien nunca fue hombre de entusiasmarse con el boato presidencial, un obvio nivel de jerarquía lo acompañaba. En la Cámara alta perdió esa preeminencia, hecho que ya había asumido, pero debió soportar otro tipo de afrentas que, a su juicio, le resultaban lesivas al menos para su trayectoria al frente del Ejecutivo.
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Aunque no se reconozca, Alfonsín hace mutis del Senado también por respeto a sí mismo: se sentía agraviado por las acechanzas de Rodolfo Terragno y algún otro radical, pero también por otras mujeres colegas que cuchicheaban o lo zaherían en oportunidades diversas. Es fácil descubrir los nombres leyendo la nómina femenina del Senado. Entendió entonces que, a su edad y a lo que había logrado en su vida, continuar en un lugar donde se permitían y toleraban actividades mezquinas, dirigidas contra él, suponían una ofensa a sí mismo. No es misógino ni engreído, simplemente que era hora de terminar con el conventillo del Congreso. Lástima que no lo pensó antes de postularse. Informate más
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