La atmósfera que rodea a los comicios que se celebrarán el próximo domingo en el país se está enrareciendo de manera preocupante. Por las manipulaciones que se temen, dirigidas a provocar o, mejor dicho, a evitar un resultado. Eduardo Duhalde ya hizo bastante para que exista esta inquietud. Intervino en todas las reglas de juego del PJ hasta imponerle la proscripción en el afán de impedir el triunfo de Carlos Menem. Al mismo tiempo, intoxicó a la opinión pública sirviéndose de encuestadores contratados para distorsionar los sondeos.
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Con estos antecedentes Duhalde se ha vuelto sospechoso como garante del proceso. Su socio en el poder, el radicalismo de Leopoldo Moreau y Raúl Alfonsín, llega a las urnas manchado por el fraude y amenazado por el avance de Ricardo López Murphy. Estas faltas de escrúpulos políticos hacen ahora temer por el fraude. El candidato más vulnerable es, lógicamente, López Murphy, quien deberá cuidarse de que no le hagan desaparecer sus boletas del cuarto oscuro en lugares en los que no le alcancen los fiscales. También Carlos Menem está afectado por la manipulación, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. Pero el malestar se vuelve más grave con la aparición de un nuevo factor, el de los piqueteros, también en muchos casos contratados por el Estado. Ya se presumen cortes de rutas por donde pasen las urnas del Norte, también el acoso a escuelas o la toma de algún puente. El ministro del Interior adelantó que se dieron instrucciones para que se garantice el tránsito de las urnas y el cuidado de los votos. Pero las sospechas son tan grandes que a Duhalde es más fácil imaginarlo alentando que reprimiendo. Después de todo, inició su gestión diciendo que «si no fuera presidente, sería piquetero». Acorralado por las encuestas que él mismo contrataba, ¿le habrá llegado la hora? Informate más
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