30 de julio 2004 - 00:00

Teme el gobierno se sumen efectos Béliz y Blumberg

La forma de sacarlo al ex ministro reveló fragilidad de un método de conducir. Golpe a la imagen en la opinión pública, que el gobierno cree es un activo principal. ¿Se desenganchó otra vez la política de la economía? Todo sube pero apoyos bajan.

El despido de Gustavo Béliz, pedido por muchos sectores pero inesperado hace apenas una semana, termina siendo una radiografía de las luces y sombras del primer año de la gestión Kirchner. El dictador Francisco Franco -que mantenía sus gabinetes durante años sin modificarlos- solía repetir que la decisión última que debía tomar un gobernante era cambiar los elencos. Y que la forma como se hiciese podía ser la tumba de un gobierno. Franco decía que por una persona que se nombra ministro ya enoja uno a los centenares de postulantes que querían ese cargo y no lo logran. Cuando se echa después a ese ministro se suma el odio del que se va al nuevo centenar de postulantes que de nuevo no serán elegidos. No es por gallego medroso que Franco llegó a tener ministros más de una década -claro, era un régimen de facto que no se revisaba en elecciones-.

Néstor Kirchner se hizo famoso en Santa Cruz por no cambiar en lo posible sus gabinetes. Por caso, el actual titular de Infraestructura, Julio De Vido, llegó a competir por el récord de permanencia como ministro de Economía provincial en Santa Cruz contra el de Jorge Remes Lenicov en Buenos Aires (aunque en dos gobernaciones, Antonio Cafiero y Eduardo Duhalde). De Vido estuvo más de diez años como titular de Economía en su provincia, tantos años que bromea diciendo que ya olvidó cuántos estuvo en ese cargo.


¿Le sirvió esa tecnología política a Kirchner en este round? Para nada, si se escucha la evaluación que hace la Casa Rosada del efecto que ha tenido en el gobierno en términos de imagen el despido de Béliz. Para un gobierno que ha montado buena parte de su legitimidad en encuestas de dudosa popularidad casi como único activo político, es grave porque golpea en aquello que el gobierno más estima que son las marcas del éxito, al menos que justifiquen sondeos que él mismo paga con dineros públicos. Esta idea la ilustró el propio Kirchner cuando le confió a José María Aznar, al visitarlo en Madrid: "Yo no tengo poder, tengo popularidad".

¿A caso, como demostró la semana de Adolfo Rodríguez Saá en el gobierno, se confirma que la experiencia de un gobernador en el nivel provincial no le sirve al nivel nacional?

Tampoco se lo vio nunca en Santa Cruz en estos gestos a un Kirchner, que les debe a los analistas que ponderan afirmativamente sus condiciones de presidente la explicación por esa torpeza de haberse convertido casi sin darse cuenta en víctima de Béliz, su ministro más flojo, tanto que cabe preguntarse más que por qué se va por las razones que motivaron su designación y permanencia en el cargo por 14 meses.

Si Kirchner necesitaba separar del cargo a Béliz -un estilista en el manejo de las denuncias contra «mafias», como Domingo Cavallo, cada vez que veía amenazado su puesto de ministro- sin sufrir costo de imagen, bastaba con disimularlo con la salida de dos o tres ministros más, que seguramente merecían ser separados también del actual gabinete. Con eso sólo bastaba para que Béliz y los otros se fueran a casa disimuladamente.


No hizo esto Kirchner, a quien algunos ven como un lince de la política: le ofreció el cargo de ministro de Seguridad y Justicia a Alberto Iribarne, que se paseó por bares y confiterías de la Recoleta toda la semana anterior -antes del viernes del portazo- ya como ministro «in péctore» (terminó siendo secretario de Seguridad). Pero de la oferta se enteró rápido Béliz que respondió con las declaraciones virulentas del viernes pasado a la mañana en los programas de radio agraviando al Presidente como protector de «mafia» de espías. Kirchner esta semana explicaba: «No me dejó otro camino, me insultó». Es cierto, Béliz, enterado de que su cargo había sido ofrecido hacía una semana, dio vuelta el cañón ese viernes y lo enfiló al Presidente, a quien arrinconó con un agravio que no pudo tolerar Kirchner (ni podría cualquier presidente).

La tecnología presidencial nacionali zada abrió otro rostro en esta radiografía del gobierno que termina siendo esta crisis: era obvio que una renuncia de cualquier ministro y por cualquier razón se iba a convertir en la crisis mayúscula para los santacruceños. Esto porque Kirchner se ha erigido en un presidente tan poco tolerante ante la crítica ajena, tan agresivo ha sido en la defensa de las medidas que ha tomado, sin dejar brecha a que nadie le pueda acercar una crítica o un comentario adverso, que cualquier cambio iba a ser explicado o interpretado como un fracaso. Tampoco parece haber leído con cuidado Kirchner el sentido de la crisis de abril pasado con la aparición explosiva del llamado «efecto Blumberg» -algo que en la sociedad va más allá de la persona individual del ingeniero de ese apellido-.


¿Cómo pudo descuidar el hecho de que Blumberg cuenta con altísimo crédito en sectores medios y bajos de la sociedad, los más azotados por la inseguridad, donde llegó a superar los 5 millones de adhesiones espontáneas firmadas sin aparatos para lograrlo? ¿Cómo dejó de advertir que Béliz se abrazó antes que nadie a Blumberg en abril pasado, cuando hizo suya la acusación contra el fiscal Jorge Sica en San Isidro, a quien desplazó y denunció con la sola palabra de Blumberg sobre presunta propuesta de torturar a un detenido? ¿Nunca pensó el Presidente que Béliz, que se había pegado a Blumberg para permanecer en el gobierno, lo va a usar ahora para vengarse desde el llano por haber sido echado porque encima los argumentos de Blumberg, ante la nueva ola de secuestros en el conurbano y un caso en Entre Ríos, renuevan su actualidad?

La crisis de abril con más de 300 mil personas en la calle convocadas por Blumberg coincidió con una crisis de la salud del Presidente que duró una semana con entretelones aún no revelados a la opinión pública. Esta vez, el Presidente se enreda en críticas a la prensa -repetidas en los actos del miércoles y de ayer- cuyos titulares ya es costumbre desmentir. En el gobierno sindican el giro de algunos medios ayer amigos al debate sobre la renovación o no de las licencias de los canales de mayor audiencia en octubre próximo, «Telefé», del grupo Telefónica; «Canal 13», del monopolio «Clarín».


Le han dicho que el «efecto Béliz» va a durar una semana, lo que duró el efecto del portazo de Chacho Alvarez a Fernando de la Rúa en octubre de 2001. Le irrita la comparación porque comparte la idea de que esa salida del vicepresidente aliancista fue el comienzo del final de ese gobierno. Pero tampoco nadie sabe cuánto puede durar ese efecto si Béliz sigue abrazado a Blumberg, cuyo predicamento no parece vaya a opacarse rápido y menos cuando se reactualiza permanentemente con el resurgir de secuestros que horrorizan a la gente. Además, tampoco es cierto que el «efecto Chacho» durase tan poco después de su renuncia. También le acercan explicaciones que lo impacientan más: ¿es cierto que se ha desenganchado tanto la economía de la política que los buenos indicadores que antes acompañaban alza y bajas en adhesión parecen ahora indiferentes a los barquinazos de la política, que son los que marcan el reloj de la popularidad? Si eso se verifica ahora, la salida de Béliz promete más baja en la estima pública aunque -como quiere Kirchner- se llegue a un buen acuerdo con el FMI que tampoco nadie le asegura.

Y encima aparecen los radicales. Ayer el gobierno comenzó a tantear en el Congreso una nueva trama que cree se compadece con la segunda etapa que dice querer inaugurar Kirchner con mejores relaciones con el PJ, la Iglesia, la Fuerzas Armadas, el Congreso y también los partidos políticos y que ahora ve que se le enturbia con la renuncia de Béliz. Sobre los demás partidos ¿para qué convocar al ARI si Elisa Carrió ya dijo que «ni loca» va a ir a reunión alguna porque tiene miedo de que Kirchner la humille, la maltrate y la destrate?

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