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Kirchner nunca modificó su estrategia de defender a Ibarra, amarrado a las encuestas que siempre le indicaron que una caída del jefe porteño arrastraría a su gobierno. Esos mismos sondeos le indicaban que la mayoría del público condenaba al frentista como responsable de los hechos de Cromañón. Entre una posición y la otra eligió preservar su pellejo y se abrazó a Ibarra hasta el final.
En ese enero terrible se encerró en conversaciones confesables e inconfesables para urdir una salida. Juntó los intereses propios con los de Duhalde, con quien mantenía aún la sociedad política, y Mauricio Macri, temeroso de que la opinión lo castigase por medrar con la desgracia ajena al empujar a Ibarra al abismo.
Kirchner no quería ser arrastrado al descrédito de Ibarra; Macri no quería una renuncia de Ibarra antes de que se cumplieran los dos años de mandato porque Telerman debería llamar de inmediato a una nueva elección y no creía estar en forma de enfrentar ese desafío.
Los tres decidieron colocar al duhaldista Juan José Alvarez en la Secretaría de Seguridad, secundado por el macrista Diego Gorgal (heredó ese cargo hasta hoy). Ibarra salvaba el puesto, Duhalde avanzaba sobre el distrito y Macri lograba tiempo para armar un futuro electoral que en ese momento estaba ligado a los proyectos del ex presidente.
La presión para defender a Ibarra la mantuvo Kirchner al máximo hasta las elecciones del 23 de octubre. Fue el motivo de su distanciamiento con el candidato oficial -el perdedor Rafael Bielsa-, quien prefirió las otras encuestas, las que decían que el público repudiaba a Ibarra. Se plegó a los padres de las víctimas enviando a su esposa a un acto, justificó el informe acusador y eso le valió un severo rapapolvos del Presidente. Cuando ya era tarde, y fuera de la ley porque ocurrió durante la veda electoral, Bielsa se sacó el viernes antes de las elecciones una foto con el jefe de Gobierno como llamando a los seguidores de éste a un apoyo que, si llegó, ya no servía de nada.
El proceso de Ibarra hasta la votación de anoche tiene una trama menos visible que es la protección de su valedor en la Casa de Gobierno, Alberto Fernández, relación que atiende con altibajos la senadora Vilma, hermana del jefe de Gobierno y comisaria política de su administración. Fernández fue quien arbitró en el corazón presidencial entre dos proyectos: uno era dejar caer a Ibarra y manejar la sucesión con un Telerman que debía llamar a elecciones o, si ocurría después del 10 de diciembre, con alguien tan dócil ante el poder como el ex vocero de Cafiero, el presidente de la Legislatura, Santiago de Estrada; el otro, que al final Kirchner terminó avalando, era sostener a Ibarra, eludir el golpe de su caída sobre la gestión y avanzar sobre la administración de la Ciudad, un sitio sobre el que planea Fernández con poco éxito desde hace años. Avanzar sobre la administración signifi caba copar el gabinete y apoderarse del gobierno dejando a Ibarra como títere en el muy debilitado final de su gestión. Alberto Fernández se mueve como futuro candidato a jefe de Gobierno de la Ciudad y todo lo que hace es para lograr esa posición; en el peor de los casos, actuar como gran elector.
La ansiedad lo empujó a desastres que anulan la eficacia de sus maniobras. Hoy se le reprocha el armado de la lista de candidatos que perdió en las elecciones. Se dejó guiar por las encuestas de imagen y el dictado del jefe de los porteros Víctor Santamaría, un aparatista que gana, aunque pierda las elecciones, porque lo que le interesa es mantener una organización, no gobernar el distrito. Convenció a Kirchner de que había que poner figurones sin votos porque con el aparato bastaba: ¿qué votos podían acercar un Jorge Coscia, un burócrata del cine; Mercedes Marcó del Pont, que se negaba a ir a actos los fines de semana porque la reclamaban del country donde suele descansar; o un Claudio Morgado, un artista de la TV que ni tiene hoy un programa en el aire?, le pregunta Kirchner en las mañanas de mortificación de la Casa de Gobierno, mientras leen diarios para detectar conspiraciones y el Presidente fatiga la cinta con caminatas imaginarias.
Después, quemó el cajón cuando apadrinó la denuncia contra Enrique Olivera del radical Daniel Bravo. Tan brutal fue la jugada que terminó beneficiando a Macri en la elección y ampliando la diferencia a 13 puntos por encima de Bielsa.
El lunes hizo correr el espanto en la Legislatura con el pase apresurado de Borocotó, con cuyo destino nadie quería anoche identificarse.



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