El ARI de Elisa Carrió y el prácticamente extinguido cavallismo sufrieron ayer mayores sangrías. Por el lado de Lilita, se dio de baja el ex diputado frepasista y hasta la víspera secretario parlamentario del bloque ARI, Jorge Giles. Tras quejarse de « la falta de debate de un partido casi inexistente», Giles consideró una equivocación de Carrió « no aportar constructivamente desde su propia identidad partidaria, al proceso político abierto en el país desde la asunción presidencial de Kirchner».
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El diputado José Luis Fernández Valoni, por su parte, apagó la luz en Acción por la República al anunciar que, a fin de año (cuando cumpla su mandato en la banca) cancelará la ficha de afiliación. El cavallismo, que desafió a Aníbal Ibarra en 2000 -Domingo Cavallo quedó segundo en la contienda-y llegó a contar con 12 legisladores nacionales en el '99, se convirtió en un simple sello de goma. Fernández Valoni, quien fue diputado de la JP en los '70 y acaba de colaborar en el proyecto porteño de Mauricio Macri, se refugiará en Acción Popular, única corriente interna del partido que se atrevió, orgánicamente, a intentar una profunda autocrítica, luego de la catástrofe institucional de 2001.
No sólo hay una letra diferencia entre el ARI y AR. Además de los obvios aspectos ideológicos y de las respectivas diásporas (el arismo desde que comenzó la campaña presidencial con la salida del socialismo; en el caso de Cavallo, a partir de su caída frente a Ibarra), da la sensación de que la organización de Carrió todavía guarda un resto. Mientras Giles comunicaba su deserción, con idéntico tono, sectores sociales del lilismo reafirmaban su identidad y reclamaban abrir el debate doméstico, en abierto desafío a la propia líder espiritual.
Con la firma de Lucy de Cornelis (Mujeres Agropecuarias en Lucha) y del empresario Roberto Tortosa (pymes del ARI), amagaron con una fuerte crítica por escrito, pero sin sacar los pies del plato. « Cuando cada uno siente que forma parte de un espacio, se están cumpliendo los anhelos de su creador. Se agiganta ese espacio cuando son escuchadas las voces de los militantes que lo sostienen y se achica hasta desaparecer cuando un minúsculo grupo, generalmente obsecuente, se apropia de sus banderas», denunciaron.
«La obsecuencia -abundaron-no permite escuchar al resto. Si lo escucha deberá transmitir las objeciones... Todo conductor tiende generalmente a consultar al más cercano. Si ese pequeño grupo manipula el pensamiento general, lo más probable es que ese espacio se pierda inexorablemente en el tiempo», reflexionaron en formato de reproche y califica a los íntimos de Carrió de «soberbia elite sumisa por conveniencia». Giles, que rompió filas, reivindicó acciones del gobierno y sostuvo que el arismo « adopta una posición que más que autónoma roza el elitismo desde una visión agorera, que apuesta al fracaso de los otros para intentar, quizá, emerger nuevamente como la 'verdadera oposición'».
«Cuando hay una política que avanza en la misma dirección que las demandas populares, con sus contradicciones, con sus conflictos, incluso con sus limitaciones e incoherencias, la militancia del campo popular debiera tener la madurez y la generosidad de apuntalar las políticas correctas y ayudar a corregir las que se consideren incorrectas», concluyó.
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