Tres serios problemas
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Lucía y Joaquín Galán, dúo Pimpinela. Abajo, Néstor Kirchner y Rodrigo de Rato.
El ideólogo inicial del gobierno, Horacio Verbitsky, debe haber inspirado este método de posiciones políticas duales simultáneas y lo sigue practicando él como no le es posible al gobierno Kirchner. En la represión reciente sin armas, fundamentalmente del grupo político violento Quebracho, frente a la Casa de Gobierno, y ahora en los desalojos en Caleta Olivia, Verbitsky usó su sello privado de un presunto instituto que llama CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales) y emitió comunicados críticos a favor de los detenidos por presunta violencia y hasta torturas, pero para salvar imagen. Verbitsky critica pero es de los más preocupados por cualquier desborde que altere su cómodo usufructo de este gobierno y conserva con sus «comunicados» sus aportes desde Fundaciones norteamericanas; cobra bien por apoyo al gobierno nacional; mantiene «punteros» suyos entre funcionarios públicos y maneja fondos de organizaciones de «memoria» bonaerenses. Salva imagen -o lo pretende- como el gobierno no puede hacerlo.
El tercer problema de actuar como de derecha y sentir de izquierda es que se pierde respeto, sobre todo internacional, aunque internamente se pueda disimular, básicamente solventando prensa y con la complicidad de esa parte aburguesada de la izquierda light.
Los hombres de Lula da Silva en Brasil, por caso, declararon que «el manejo racional de la economía no es patrimonio de la derecha» y tienen ese respeto mundial.
• Respeto
La madurez y el accionar transparente de la izquierda moderada que gobierna Chile respetaba a un Carlos Menem definido más que a un Kirchner ecléctico. Lo que escribió cinco meses atrás el nuevo canciller trasandino, Ignacio Walker, es lo que mayoritariamente piensan el gobierno y también, en buena medida, el pueblo chileno, aunque cometió el error de escribirlo sin imaginar que el presidente lo llamaría meses después al gobierno y nada menos que como canciller.
Internamente en la Argentina hasta buena parte de los peronistas reconocen que han sido autoritarios y aquí tampoco llamaría la atención que alguien llame a buena parte del movimiento y de sus líderes «corporativos y fascistoides». Ni hablar de lo generalizado que está aquí llamar al peronismo duhaldista (también al radicalismo alfonsinista) «clientistas». Pero es distinto que todo eso, cierto aunque desde ya con sectores exceptuados, que lo haya expresado el nuevo canciller de un país que depende en 60% de su consumo energético del gas que forzadamente se lleva de la Argentina. Es grave porque al gobierno Kirchner la crisis energética lo llevó a lo obvio: priorizar el consumo interno. Muy poco después repuso el suministro a Chile y por demás (en los 8 primeros meses de este año se exportó 12% más gas a Chile que el año pasado). Lo repone la Argentina para agradar al presidente Lagos cuando no hay convenio de exportación ratificado por Parlamentos y cuando al hacerlo el mandatario argentino sacrifica futuras generaciones de connacionales porque las reservas del fluido hoy alcanzan a 12 años y no corresponde a nuestro país comercializar esa riqueza no renovable. En tanto, Chile castiga a sus compatriotas cuando hablan de darle una salida al mar a Bolivia. Es un respetable patriotismo, pese a que ese territorio costero fue arrebatado en una guerra. Pero Chile puede sustentar su negativa porque la Argentina sigue dándole el gas que los bolivianos no le ceden.
No hay salida honrosa a este problema de Walker. No se arregla con una disculpa porque el concepto nació del alma del chileno al escribirlo ya que no fue fruto de un discurso improvisado. Además, fue demasiado realista y creativo al llamar a la industria argentina «de invernadero» (buena imagen literaria). Lo es porque la tenemos sustentada en un proteccionismo excesivo.
Que la opción chilena sea crear un cargo de «subcanciller» exclusivamente para el trato con la Argentina, como sería el ministro del interior trasandino, Jorge Miguel Insulza, suena ridículo, aunque se implante.
Buena parte de nuestros problemas, como estos tres, es consecuencia del gatopardismo de los argentinos. En 1989 se votó a un Carlos Menem que se suponía retrógrado, cavernario y resultó un moderno centroderecha. En 2003 se votó a un Néstor Kirchner sin saber tampoco que era un centroizquierdista setentista que para mejor ahora interactúa con De Rato del Fondo Monetario en un juego de ataques verbales que suenan ficticios y se asemejan a las canciones presuntamente violentas del dúo de los hermanos «Pimpinela». Mayor era la semejanza cuando la contraparte de nuestro santacruceño era Anne Krueger.




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