Quienes penaron el día de la elección más que el matrimonio Duhalde fueron los administradores del hotel Intercontinental. Es que, a pedido de Néstor Kirchner -habitué de esa casa para ciertos eventos-, el edificio se convirtió en sede o búnker del Frente para la Victoria, con seguidores de esa fracción y notable custodia de todo tipo para ministros, primera dama y otros connotados. Esa guardia, celosa de su tarea y además inquieta por la llegada de espontáneos y admiradores, desde temprano casi impuso condiciones propias para el ingreso de gente. Incluyendo, claro, a los propios pasajeros del hotel, quienes soportaron una jornada de turismo aventura que no estaba en sus planes. Es que hubo momentos de caos -hasta lo reconoció la propia Cristina de Kirchner en su discurso de la noche cuando- dijo que había tardado más en salir de su cuarto y llegar a uno de los salones que hacer campaña y muchos de los que allí se alojaban no pudieron acceder a sus habitaciones o ingresar al hotel (por no hablar de los inconvenientes con las valijas). Hubo apelaciones a los ministros presentes por la actitud de los guardias, confusiones y hasta amenazas de corte de luz. Ni así se calmó el desorden.
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