La Plata - El marco del acto en La Plata buscó apartarse de la revoltosa liturgia peronista. Ni bombos ni carteles, sólo un gran cartel -La Victoria que Buenos Aires Necesita está en el Frente para la Victoria-en moderna tecnología futurista detrás de un escenario armado en el reconstruido Teatro Argentino de esta ciudad en el que cómodamente apenas caben unas 2.200 personas. Afuera quedaron militantes en un número mucho más bajo que los proclamados 5 mil por los organizadores.
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La senadora lució con desenfado un moderno tailleur en rosa pálido y zapatos al tono y su acostumbrado peinado con extensiones, lo que dio un aire juvenil frente al riguroso trajeado de sus compañeros de proscenio: José Pampuro, aspirante a segundo senador, y los dos primeros candidatos a diputados nacionales, Alberto Balestrini y Jorge Taiana.
El prolijo escenario desentonó con el tumultuoso trato a los periodistas, que debieron cruzar empujones entre los hombres de prensa y la seguridad del Presidente.
Adentro sólo algunas banderitas argentinas acompañaron a unos pocos de un recinto que hasta minutos antes de la llegada de Néstor Kirchner estaba la mitad vacío. La explicación del momento se basaba en la estricta asistencia por invitación que luego pareció dejada de lado ya que los trajes -uso habitual de funcionariosdieron paso a una colorida y democrática mezcla de jeans y camperas gastadas.
En las bandejas y palcos, lleno de periodistas y cámaras de televisión como si se tratara de la presentación de una «première» teatral o cinematográfica.Junto con Kirchner llegó Alberto Fernández, quien pasó a integrarse con el resto del Gabinete -hubo asistencia plena-hacia la izquierda del mandatario, que impávido escuchó el discurso de su esposa, quien en más de una oportunidad hizo referencias al historial de la pareja desde que tuvo que dejar La Plata hace 29 años y refugiarse en la lejana Río Gallegos.
Esa mención estuvo acompañada por una cerrada defensa de la gestión de su marido, a quien reiteradamente llamó «Usted Presidente» o «Usted Kirchner» y encendió aplausos cuando sin nombrarlo criticó duramente al matrimonio Duhalde. Kirchner, con un dedo en el labio inferior como único gesto, sólo manifestó signos de alegría al terminar el discurso de Cristina y se entretuvo más de cinco minutos saludando a la platea desde la bandeja principal del teatro, con un eufórico Felipe Solá a la derecha y un más controlado José Manuel de la Sota a la izquierda.
• Radical
La hilera se completó con el resto de los mandatarios provinciales que acudieron a la cita desde el entrerriano Jorge Busti en el extremo izquierdo hasta el radical Jorge Colazo en el derecho, quien acompañó con las palmas de las manos una modernosa versión de la Marcha Peronista pero no se le vio mover los labios.
Previamente, todos -José Luis Gioia, Jorge Obeid, Carlos Verna, Angel Mazza, Eduardo Fellner, Sergio Acevedo, Mario Das Neves, José Alperovich, Gildo Insfrán, Carlos Rovira, los radicales Julio Cobos y Jorge Colazo-habían acudido al besamanos presidencial con eufóricos abrazos.
Antes lo había hecho el presidente del Bloque PJ del Senado, Miguel Pichetto, aunque se sentó apartado del Presidente al igual que los diputados kirchneristas que proletariamente alquilaron un ómnibus de una empresa patagónica y concurrieron en masa encabezados por el rionegrino, Osvaldo Nemirovsci, uno de los gurkas K en la Cámara baja.
Lejos de la estética peronista, sólo hubo dos referencias importantes a este partido. La primera cuando Balestrini rememoró los fusilamientos del '55 y el estado de bienestar de la clase trabajadora que percibía 50 por ciento del PBI, provocando el jubileo de tres moyanistas clásicos que observaban desde la misma bandeja presidencial pero lejos de Kirchner: Julio Piumatto, José Luis Lingieri y Juan Manuel Palacios.
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