Un almuerzo para olvidar agravios
Una chispeante crónica del diario mexicano «Excelsior» contó de esta manera el almuerzo que presidieron Néstor Kirchner y Felipe Calderón con varios centenares de invitados en el palacio de Cahpultepec de México. Conviene aclarar alguna entrelínea, por ejemplo cuando se menciona a la periodista argentina Olga Wornat hay que recordar que escribió una biografíacomplaciente de Cristina de Kirchner y una poco grata de Marta Sahagún, esposa del ex presidente Vicente Fox, que le costó un caro juicio a la profesional argentina.
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O el periodista Miguel Bonasso, ahora líder político en su tierra, y quien vivió aquí los años de la dictadura. Y, por supuesto, su colega, la autora de «La jefa» y de «Crónicas malditas».
Y medio gabinete: Francisco Ramírez Acuña (Gobernación), Beatriz Zavala (Sedesol), Rafael Elvira (Semarnat) y José Angel Córdova (Ssa). También el general Guillermo Galván y el almirante Mariano Saynez, alzando su copa en un brindis que tenía mucho contra la bota militar de la Sudamérica de los años 70. Parcos, serios, disciplinados y opuestos a un dicharachero Javier Lozano Alarcón, el secretario del Trabajo que Zhenli Ye Gon metió en su versiónde los 205 millones de dólares.
Pero el enredo chino parecía ser cosa de cuento del pasado para este entusiasmado funcionario que daba público testimonio de que no canta nada mal las rancheras...
Porque lo que comenzó con un tarareo pronto se volvió una interpretación sentida de « Caminos de Michoacán», la rola (tema) del sexenio (mandato presidencial) que el mariachi llevaba incluida en su repertorio, si bien el presidente no era el único en gozarla, pues estaba ahí el infaltable invitado de Los Pinos a las cenas y brindis de Estado, el gobernador perredista Lázaro Cárdenas Batel.
Todo eso era parte de la confirmación de que los malos ratos entre los gobiernos de México y de la Argentina quedaron atrás, cuando Kirchner en Mar del Plata se enojó abiertamente con Vicente Fox por defender al ALCA, y de ese modo le hacía segunda a Hugo Chávez, quien le gritaba « cachorro del imperio». Por si había dudas del borrón y cuenta nueva, el visitante se lo dijo a Calderón en Palacio Nacional: «La visita de Cristina a su país en abril pasado terminó de darme una idea completa de la fuerza que la cooperación entre nuestros países puede alcanzar».
Que nadie lo ponga en entredicho: las parejas presidenciales existen aquí y en la Argentina.
Bajo esa cordialidad, el anfitrión equiparó la plaza donde por años lloraron las madres a sus desaparecidos con la plancha capitalina, mientras en una de sus esquinas Gerardo Fernández Noroña hablaba del presunto robo de una elección.
«Nuestro Zócalo y la Plaza de Mayo son nobles testigos de la lucha histórica por consolidar instituciones democráticas», comparó Calderón.
Nadie impugnó el paralelismo. Kirchner le llamó «mi amigo». Tampoco hubo reclamos en el Alcázar cuando el mexicano atropelló la pronunciación del apellido de Ernesto Sabato, a quien le quitó el acento, para luego corregir, repitiendo la palabra.
Todo eso era parte de estas crónicas latinoamericanas, a veces malditas, a veces festejadas, como ésta que la periodista argentina atestiguaba y aplaudía, porque a diferencia de su adversaria en los tribunales mexicanos, la Kirchner sí podrá disputar en las urnas el cargo de su esposo, convirtiéndose en la Evita de la posmodernidad, en el retrato argentino de lo que Marta Sahagún no pudo ser.



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