3 de julio 2006 - 00:00

Un antecedente: guerra bananeros vs. camaroneros

En un pasaje del diálogo, Enrique Olivera relató un conflicto en el cual actuó como facilitador y que enfrentó hace algunos años a productores de banana con camaroneros de Ecuador. Aquí los detalles:

Periodista: La incertidumbre científica alimenta a las dos partes en el conflicto de las papeleras...

Enrique Olivera: La incertidumbre científica es algo ligado a cualquier conflicto ambiental. Le cuento un caso en el que actué, que pasó a llamarse «el síndrome de Taura», en Ecuador. Las dos industrias más importantes de ese país eran, hace más de diez años atrás que es cuando se discutió esto, la bananera y la camaronera. Los camaroneros encontraron que las larvas de los camarones en los criaderos en piletas artificiales que están a la salida del río Guaya se morían. Atribuían la muerte de estas larvas a los agroquímicos que usaban los bananeros en sus plantaciones de río arriba. Estaban al borde de matarse, son industrias muy pesadas, además. Y me llamaron a estudiar una solución. Sobrevolamos la zona, analizamos si la corriente podía llevar los químicos a las piletas, hablar con vecinos, productores, científicos, recorrer los manglares.

P.: ¿Fue un conflicto con agresividad?

E.O.: En las primeras reuniones se manifestaron posiciones como: «me estás matando las larvas», «nosotros no matamos nada, vos no me dejás cultivar bananas». Se comenzó a trabajar en las posiciones y encontramos que había muchos intereses comunes, lo que permitió aislar el problema, que era: ¿existe o no comprobación científica de que los agroquímicos matan las larvas? En esos días apareció justo un dictamen de la EPA -Enviromental Protection Agency, agencia de protección ambiental de EE.UU.- diciendo que las larvas de camarones no eran muertas por agroquímicos. Esto le daba la razón a una de las partes, pero las larvas se seguían muriendo en ese lugar y en otros lugares no. Comenzó la discusión hasta que se dedujo por hipótesis que era posible que los agroquímicos solos no matasen las larvas, pero sí que los agroquímicos más la polución ambiental por el crecimiento de la población en la cuenca de ese río sí fuera la causa de ese fenómeno. Se logró un acuerdo para encarar una solución teniendo en cuenta esta hipótesis y se terminó resolviendo porque era así.

P.: ¿Qué otra lección deja ese caso?

E.O.: Que por ejemplo mucha de la gente que se movió en ese conflicto, que es militante o activista en el conflicto, lo hace por intereses que no tienen nada que ver con que se mueran los camarones. Algunas organizaciones ambientalistas actuaban porque si las piletas de camarones debían trasladarse ellos querían evitar que se las llevase a los manglares, que son los más grandes reservorios de biodiversidad del mundo, son masas vegetales que crecen sobre el agua. A ellos les preocupaba que se iba a destruir la biodiversidad. Otro ejemplo, había un tipo que era un jefe jíbaro que era militante contra el uso de los agroquímicos, pero que él actuaba porque cada vez que aparecía una industria en la selva era un atentado a la preservación de su cultura, la de los jíbaros. Y pensaba más en petróleo que en agroquímicos, pero actuaba en un conflicto por agroquímicos. Un tema cultural, no comercial. Hay gente que se suma a los conflictos ambientales con intereses distintos de los que se discuten. Y eso habla de la riqueza del diálogo, que permite identificar qué busca cada uno.

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