De impecable
tailleur, Cristina
Fernández
ocupó ayer el
escenario
principal del
Teatro Argentino
de La Plata
para lanzar -en
un acto sólo
con amigos- la
candidatura con
la que intentará
suceder a su
esposo.
Lucía espléndido el Teatro Argentino de La Plata, ocupado a pleno por el kirchnerismo rentado, unas dos mil almas, todas gozosas por disfrutar de una sala, palcos y platea en el segundo coliseo lírico del país -anterior al Colón inclusive-reinaugurado a finales de los 90 luego de un incendio devastador. Carlos Menem y Eduardo Duhalde lo hicieron, el matrimonio Kirchner ayer lo utilizó para lanzar oficialmente la candidatura de la señora Cristina como continuidad de su gobierno.
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Seguidismo que ella misma, durantetodo su discurso -alocución de 45 minutos, prolijamente enhebrada por una profesional del Senado-, se esmeró por señalar. Tanto que, en verdad, su mensaje de presentación fue un balance del supuesto contenido que caracterizó a la actual Administración, olvidándose de advertir cómo sería su futura gestión en caso de que la elijan como mandataria. Tamaña asimilación ya se advertía en las calles, con carteles impropios -al menos para el respeto intelectual de la primera dama-anunciando «Cristina al gobierno, Kirchner conducción», casi una réplica de aquel efímero slogan «Cámpora al gobierno, Perón al poder». No hay decoro en esa propaganda: ella nunca será una «tía», como el dentista de entonces, es una mujer que se ganó su propio espacio.
«Modelo de acumulación con inclusión social» es la identidad a la que adscribe la candidata, repetida en varias ocasiones y a repetirse muchas más en el futuro. Mientras, trémulo,su marido se restregaba las manos nerviosamente, se acariciaba pera, boca y nariz, angustiado porque su delfín no conmoviera como imaginaba. Preocupaciones lógicas de esposo celoso ante el lanzamiento, compensado por no menos de tres referencias que ella le envió desde el escenario, cruces casi amorosos de agradecimiento -una suerte de Pimpinela de la política sin reproches-en los que estaba descontado el consentimiento del auditorio.
Gentío cuidadosamente numerado que incluía adeptos famosos, funcionarios, gobernadores, intendentes, legisladores, parientes (hijo, madre) y el gabinete a pleno, con la cuñada (Alicia) contenta porque va a seguir en el Ministerio. Demasiado oficialismo estatal dispuesto y servido para una postulante partidaria. Sobre el discurso, más de lo mismo sostendría un crítico, aunque con otras palabras a las de Kirchner, superado por ella en oratoria y manejo de lenguaje.
Algo crispada, eso sí, casi dispuesta al reto como es su costumbre, la señora ofreció explicaciones --apelando inclusive a la historiasobre el proyecto económico que transcurre y aparentemente habrá de continuar en el futuro si el apellido se mantiene en el poder.
Algo semejante a lo que también podría pronunciar Roberto Lavagna, casi con los mismos méritos, uno de sus rivales. Nunca, ninguno, igual hablará del alza de los commodities, de la demanda internacional, condiciones ventajosas que mientras rijan permiten hablar de «modelos de acumulación», «inclusión» o lo que fuera. Con plata, cualquiera tiene la palabra.
Discusiones aparte -finalmente, se trata del marketing de una candidatura-, la puesta en escena de la obra resultó acorde y satisfactorio al unipersonal de Cristina. Linda mujer, mejor producida (tailleur blanco, zapatos al tono), no le vendría mal una sonrisa. Al menos, para que haya un cambio.
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