13 de noviembre 2007 - 00:00

Uruguay se quejó por la mala educación de Kirchner

Las declaraciones de ayer del canciller uruguayo Reynaldo Gargano terminaron de complicar cualquier posible negociación para, aunque sea, calmar el conflicto por la pastera Botnia. «Se acabó toda la buena voluntad», dijo Gargano en tren de explicar por qué Tabaré Vázquez tomó esa decisión y cómo se podría seguir adelante. Sólo porque se trata de Uruguay y porque para muchos un conflicto definitivo con ese país sigue pareciendo un delirio, esa declaración no disparó inmediatamente un retiro de embajadores.

Por si faltaba algo, el uruguayo relató cómo fue el trámite final de autorización para el inicio de producción en Botnia. Reconoció que fue una reacción -poco meditada- a la negativa de Néstor Kirchner de reunirse con Tabaré, gestión que habían iniciado los españoles.

«Nosotros dijimos que sería bueno que antes del encuentro de presidentes los técnicos de ambos países dijeran si había posibilidad de hacer algo y avanzar», explicó Gargano. «Sin embargo, frente a la insistencia del canciller español aceptamos la propuesta, pero la respuesta del lado argentino fue negativa».

Según Gargano, la Casa Rosada respondió: «¿Después de la foto, qué?». Esa especulación, mas el encuentro a la tarde entre Kirchner y los asambleístas terminó de definir la precipitada decisión: «Teniendo en cuenta estos elementos y la falta de avances es que se decidió dar la autorización definitiva para que Botnia comenzara con la producción de celulosa», reconoció.

No fue todo: Gargano justificó también la decisión en las «amenazas» recibidas de la Asamblea Ambiental de Gualeguaychú. Tiene razón el gobierno de Montevideo en castigara Néstor Kirchner por no haber tenido nunca una política seria en torno a los piqueteros ecológicos, pero también es cierto que nada ha cambiado sobre ese punto en las últimas semanas.

Tabaré sabe que Kirchner sólo pretendía llegar a las elecciones sin que la planta comenzara a funcionar. Fue el único logro que tuvo la gestión del rey Juan Carlos de Borbón. Pero fue ingenuo al pensar que después de las presidenciales la coherencia aparecería mágicamente en la Casa Rosada. Por eso la reacción nada profesional que tuvo cuando la verdad se le reveló ante sus ojos en Santiago.

«Yo dudo que el escenario hubiera sido distinto si Uruguay hubiese pospuesto la autorización. Habría 15 días más de relajo, de insultos y agravios, todo lo que se ha escuchado en este tiempo», razonó ayer Gargano. «¿Había que esperar que asumiera Cristina Fernández o que pasara la reunión de presidentes del Mercosur de diciembre, o la del año próximo? Uruguay actuó con una moderación extraordinaria. Postergar la habilitación hubiera sido seguir dejando que nos insulten.»

El lenguaje que utilizó fue el de quien ya no espera ninguna alternativa que permitiera superar el conflicto. Se olvidó Gargano que hablaba de una presidente que aún no asumió y que, por lo tanto, podría dar alguna nueva vuelta de tuerca a un conflicto que, aunque de su esposo, puede denunciar como heredado. Menos recordó que a Tabaré le quedan dos años de convivencia con Cristina de Kirchner y, aunque no le guste, de alguna forma deberá trabar relación: la economía de su país en parte depende de ello.

Por eso quizá razonó más tarde el canciller uruguayo sobre su error, casi como un alumno de secundaria que insulta a un profesor sin saber lo que hace. Dos horas después de esa ruptura total con la Argentina debió salir a confirmar que «salvo un imponderable», Tabaré asistirá a la asunción presidencial de Cristina de Kirchner. «La coyuntura no puede hacer perder de vista la relación bilateral de fondo», dijo. Increíble que un funcionario tenga la capacidad de disociar su pensamiento de esa forma en sólo un día.

  • Alejamiento

    Después aportó un dato: «La invitación para la asunción llegó hoy a Montevideo y el presidente está dispuesto a asistir», reveló. «En el resto de los temas, la relación es normal... No hay que pensar tampoco que las cosas son irreversibles». Ni en el gabinete en Montevideo terminaron de entenderlo.

    De todas formas, se alejaron ayer aun más la Argentina y Uruguay. Este último tramo del conflicto está alimentado por un alarmante amateurismo diplomático en ambos lados del río, que termina de complicar la situación. Lo demostró Néstor Kirchner en Santiago de Chile cuando además de hacer esperar una hora y media a sus invitados a un acto en la Embajada argentina, a su llegada optó primero por reunirse en la puerta con los ambientalistas que habían ido a protestar allí. Renovó consignas hoy imposibles y desató así la furia de Tabaré Vázquez, que como mandatario improvisado rompió la tregua que se habían fijado y ordenó desde allí habilitar a la pastera.
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