Murió ayer en su departamento, cercano al Jardín Botánico, César Jaroslavsky. Diputado y presidente de la bancada del radicalismo durante los años cruciales de la restauración democrática (1983-1991) «Chacho» Jaroslavsky se convirtió con el tiempo en un exponente raro en la política argentina: fue veraz, no hizo concesiones impúdicas para agradar a la masa, defendió en público lo mismo que en privado. Nada de eso -lección para una clase dirigente tan proclive a las encuestas- le impidió gozar de una consideración popular envidiable para cualquier otro dirigente público.
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Es cierto que estas virtudes lo aislaron, en los últimos años de su vida, del partido al que había dado sus mejores esfuerzos. Primero fue por trabajar hasta el cansancio por la unidad nacional, más allá de cualquier censura previa, durante los primeros años del menemismo, cuando debió soportar la condena en voz baja de quienes hoy encontraron en el «gobierno de la salvación nacional» una panacea y hasta un medio de vida.
Después, por defender en situaciones límite un principio elemental de la vida republicana: que nadie puede ser condenado sin juicio previo. No se abrazó a ese principio a partir de una circunstancia cómoda. No; pidió que se lo respetara en el caso de Alfredo Yabrán, cuando la figura del empresario aparecía sometida a linchamiento (a un punto tal que desde el delarruismo, con cinismo impertinente, se llegó a pedir su expulsión del partido). Todavía hay quienes no advirtieron que la conducta de Jaroslavsky excedía la defensa de un amigo.
Es cierto que el suicidio de Yabrán lo había afectado especialmente. Se sumaba a una serie de infortunios recientes, entre los cuales el mayor fue la muerte de un hijo por la explosión de un caño de gas en un polígono de tiro del centro de Buenos Aires. La limitación física también lo mortificó: quedó lisiado después de una intervención quirúrgica y se sobrepuso con estoicismo al cabo de una larga estadía en Cuba donde trabó una amistad que superaba las disidencias con Fidel Castro.
Al morir de un paro cardiorrespiratorio y después de soportar una dolencia crónica, tenía 73 años. No es una buena ausencia la suya. Casi pésima, en un momento en que la política requiere como jamás antes de una figura de su estatura para redimirse.
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