Es cierto: seguir separando hombres de mujeres en el acto del sufragio tiene sus razones, organizativas e históricas, pero es inevitable experimentar la sensación de «demodée». En el mundo unisex, donde hasta los baños públicos, en Europa, son compartidos por ambos géneros, el sistema de elecciones en la Argentina produce la rara sensación de un domingo en el túnel del tiempo: volver a la escuela (por lo general, también estancadas ediliciamente en el tiempo), las damas por un lado, los caballeros por otro. Ni siquiera se corre el riesgo de que dos sufragantes de diferente sexo coincidan un ratito en el cuarto oscuro, pero ni así.
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Lo explican los legalistas: «es anacrónico», dicen «pero mientras continúen superponiéndose algunos números de libreta cívica con los del DNI, la división continuará. De esa forma están organizados los padrones». La ley electoral que le dio el voto a la mujer, Evita mediante, es de 1947, y ellas pudieron ejercerla por primera vez en 1952. En aquellos tiempos, los varones obtenían la Libreta de Enrolamiento en los distritos militares, y las mujeres la Libreta Cívica en el Registro Civil.
Aunque anacrónica e incurablemente «out», la división es defendida por los sociólogos políticos: «si las mesas fueran mixtas», responden «ya no podríamos analizar las preferencias electorales del hombre y la mujer». Pero, desde luego, hay otras franjas no menos analizables, y que sin embargo no tienen mesas diferenciadas: voto de jóvenes, de gente de mediana edad y de ancianos que van a sufragar aunque la ley no los obligue; voto por nivel de educación, por ingresos, etcétera. Pero, obviamente, partir tanto las mesas sería no sólo más complicado, sino poco elegante políticamente.
• Intención
En Buenos Aires, sólo subsiste un ámbito donde se mantiene a rajatabla, y ya sin razones de padrones, la separación sexista: es en el teatro Colón, donde las localidades de pie en la Cazuela son para mujeres, y las de pie en la Tertulia (el piso superior) para hombres.
Se trata de una antigua ordenanza municipal de la década del veinte, que estableció esa división porque el espacio de movimiento en esos sectores es muy estrecho (el Paraíso, mucho más amplio, es unisex), y se temían roces inapropiados, voluntarios o no, en el transcurso de alguna ópera (sobre todo las de Wagner, que son tan largas). No hace mucho, existió la intención de abolir esa medida, pero al parecer la iniciativa no despertó demasiado entusiasmo entre los habitués a esas localidades, que se sienten muy cómodos así como lo establece la ordenanza.
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