8 de agosto 2001 - 00:00

Un activismo que ignora derechos de las mayorías

Nuestro país está en una encrucijada, y hay quienes, en estas circunstancias, plantean sus reclamos con prescindencia de los derechos de los demás.

Ante este cuadro, caben algunas reflexiones sobre el valor del civismo, entendido como «celo y generosidad al servicio de los demás». Según Edward Shils, (en «The Virtue of Civility», 1997), el civismo no es solamente una preocupación humanitaria por los pobres y excluidos; y está más allá del deseo de orden y honestidad en la política y en la administración pública. No es lo mismo que la democracia. Es mucho más que el nacionalismo, usualmente más preocupado por la posición del país respecto de terceros, que sobre la propia situación interna. El civismo es, entonces, función del sentimiento de pertenecer a una sociedad.

Es más, civismo es creer en la posibilidad del bien común. Es un compromiso con la sociedad en su conjunto. Es un acto de fe en la legitimidad de las instituciones gubernamentales que establecen las reglas y resuelven los conflictos. Es una conducta que restringe por igual el ejercicio del poder por parte de quienes lo tienen, así como los desbordes de quienes desean alcanzarlo. Es siempre compromiso y razonabilidad. Es una actitud de prudencia y responsabilidad. Es aceptación de la diversidad. Es la antítesis del insulto. Supone el respeto del derecho de propiedad, de los compromisos asumidos en los contratos y hasta de las tradiciones. Es una limitante a la pasión con la que se persiguen intereses o ideales. Y es --finalmente-cortesía y espíritu de colaboración en el plano de la política. Es una cultura, entonces.

Incompatible

El civismo, por lo demás, es incompatible con las ideologías extremas. Porque ellas son «alienantes», desde que «declaran la guerra» al resto de la sociedad. También es incompatible con el populismo, porque éste exacerba a una parte de la sociedad contra las otras. Y con los utópicos o con los románticos, que califican de repugnante al «orden existente». Porque sospechan que estimula los equilibrios, los consensos y -consiguientemente-los compromisos, deformando sus «ideales».

Las democracias necesitan civismo. En rigor, les resulta particularmente difícil funcionar sin él. Porque, a diferencia de las dictaduras, ellas no esconden los conflictos. Ni los reprimen a escondidas. Por el contrario, proveen el escenario en el que los diferendos afloran visiblemente y en el que deben resolverse.

Equívoco

Es cierto que las demandas que emergen de la sociedad son casi insaciables. Y que la capacidad de resolverlas no siempre está disponible. Aunque para algunos, equivocadamente, los gobiernos sean sólo instrumentos para satisfacer demandas o «exigencias», olvidándose de la cuota de discrecionalidad que se debe ejercer al gobernar. Puesto que gobernar es, precisamente, elegir.

No debe tampoco olvidarse que existe una «mayoría silenciosa», cuyos pareceres, sin embargo, se conocen «por emanación» (particularmente a través de las encuestas, que devienen así un vehículo que la hace «participar» en la cosa pública).

La historia enseña que, en momentos de fuerte desempleo, las frustraciones han provocado reacciones. Y hasta desorden. Cabe recordar la revuelta de Londres, en 1780. Y los desórdenes de 1919, en Saint Louis y Chicago, en los Estados Unidos. O los de Nueva York y Los Angeles, que explotaron en la década del '60. En todos los casos en que esos desórdenes no fueron controlados, la autoridad de quienes optaron por la indulgencia se debilitó sensiblemente.

En una democracia en la que impera el civismo, la ley -por definición-prevalece naturalmente sobre los impulsos de algunos. Por comprensibles que ellos sean. Y la coherencia en el andar proyecta la cuota de previsibilidad sin la cual no es fácil poder mirar hacia adelante.

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