Con sus radiantes geometrías, la muestra “Disorder” de Andrés Sobrino (1967) impone un atractivo contraste al estilo palaciego de la galería Smart y la avenida Alvear. “La obra es la muestra”, aclara el artista. Es decir, cada pieza es “una parte sustancial de un sistema” que, de hecho, figura en el ingreso a la galería como “una suerte de inventario”. Este concepto abarcador se amplía cuando Sobrino aclara que trabaja con obras inconclusas o que dieron comienzo a otras. Así se generó el concepto de “Disorder”. Los conocedores de la obra del artista identifican ese “inventario”, pulcramente representado sobre un gran plano gris con sus habituales formas (rectángulos, cuadrados, rombos) y colores dominantes (verde, negro, amarillo, blanco, azul). No obstante, Sobrino asegura que su sistema se corrompe, que ese orden predeterminado tiende a volverse caótico cuando se entrecruzan fragmentos de su propio relato con las citas de autores que admira. “Disorder” exhibe sin reparos la genuina pasión por el arte de las primeras vanguardias rusas y el de Mondrian. Pero el artista crea un nuevo orden.
Sobrino, o la pervivencia del arte en el mismo arte
En su nueva muestra, “Disorder”, se reconoce la memoria visual de Mondrian y Malevich.
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Disorder. En la exposición de Andrés Sobrino se reconocen las “citas” de autores como Mondrian y Albers.
El interés por las formas abstractas del Suprematismo (la supremacía del sentimiento puro) se incrementó en todo el mundo durante las décadas del régimen comunista, cuando estos tesoros del arte estuvieron en prisión. Sin embargo, los porteños disfrutaron de un privilegio en 2001, cuando Teresa Bulgheroni y Teresa Anchorena presentaron, en el Centro Cultural Recoleta, una exposición memorable con más de 60 obras de 14 museos de Rusia, representativa de un momento crucial de la historia del arte. De hecho, en París tuvieron que esperar. Recién en 2014, cuando se inauguró la Fundación Louis Vuitton, los rusos prestaron sus obras cumbre. Hoy, las vanguardias rusas y el arte de la Bauhaus, son las tendencias más homenajeadas por teóricos y artistas. En la muestra de Sobrino, un cartel recuerda “El cuadrado negro”, pintado en 1915 y expuesto en San Petesburgo. Antes de la revolución de 1917 los rusos habían gestado un renacimiento cultural sin precedentes. Pero el interés de las nuevas generaciones por la obra de Malevich no es puramente histórico. Luego de alcanzar el grado cero de la abstracción, Malevich, acaso conmocionado por el contexto soviético, vuelve a pintar los sufrientes campesinos. Regresa a la vida, pero retrata un ser anónimo, sin rostro. ¿Cómo ocultar la identidad frente a las persecuciones de un régimen totalitario? Y hoy, ¿cómo no asociar esos personajes sin rostro con la uniformidad del habitante estándar de la sociedad global?
Por su parte, Sobrino reconoce que, más allá de la poderosa influencia de Malevich, ejercen su peso las abstracciones de Mondrian, Marlow Moss, Joseph Albers o André Cadere. Y al hablar de su propia obra, observa que todas sus muestras, en su conjunto, integran un proyecto que se extiende a lo largo de los años. El espectador advierte la armonía de un encuentro donde, las citas de otros autores y las del propio artista, coinciden sin resto, entablan un diálogo fecundo. La apropiación de la “Cruz negra” de Malevich consiste en cruzar un rectángulo negro con uno propio, color azul. “Lo más anecdótico que tengo para contar es el encuentro con Joseph Albers en mi taller”. Sobrino explica que trabaja con MDF, madera sintética, y que, sin advertirlo, fue superponiendo planos sobre el piso, hasta que divisó una obra espontánea de Albers. La belleza abstracta puede aparecer donde quiera sea, como resultado de la capacidad humana para gestar una creación radical.
Entre las obras hay algunas de 2002, como los coágulos de color negro y amarillo. Están también las creaciones tipográficas y los carteles con los títulos y características de algunas obras de la vanguardia. La muestra fluye con una misma inspiración. En su texto “El querer ser otro”, Borges profundiza estas cuestiones y, dice: “Todas las personas absortas en la venturosa audición de una sola música, son la misma persona”. Y esa sensación “coral”, donde coinciden las voces de los artistas, se percibe desde el principio al fin de la muestra. La libertad para desplazarse por la historia del arte y sentirla propia, también la propició Borges en su texto “El escritor argentino y la tradición”. “¿Cuál es la tradición argentina?”, se pregunta. “Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental, y creo también que tenemos derecho a esa tradición, mayor que el que pueden tener los habitantes de una u otra nación occidental”. El texto de presentación de la muestra tiene un rasgo afín. Sobrino se pregunta a quién pertenece el continuo de la cultura y del arte y luego afirma que no pertenece a nadie. “Entonces se apropia de ese imaginario visual como si continuara un legado y decodifica en un lenguaje íntimo lo que ya se ha contado de otra manera, dando forma a un discurso personal sobre el arte con la geometría como pretexto”, concluye.


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