2 de agosto 2004 - 00:00
El "estilo K" debe cambiar
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Los ejemplos -malos ejemplos, en realidad- se suceden. Medios argentinos y extranjeros criticaron el miércoles la incómoda situación que debió atravesar Carly Fiorina, la más alta ejecutiva de Hewlett-Packard, que debió abandonar la Casa Rosada sin poder entrevistarse con el Presidente, pese a que tenía una audiencia acordada, porque éste «no tuvo tiempo» para recibirla.
Desaires gratuitos de este tipo se han vuelto una práctica habitual en el primer mandatario, y han afectado a jefes de Estado, empresarios nacionales y extranjeros e incluso al rey de España. En un mundo globalizado, torpezas de esa índole sólo redundan en desprestigio, mala voluntad y, en último término, en ausencia de las inversiones que tanta falta nos hacen para el despegue. Ese escaso apego a las buenas maneras ha sido denunciado por un ministro que integraba el gabinete hasta hace días, que además acusó al primer mandatario de ejercer un trato humillante con sus subordinados.
Despropósito
Todas estas situaciones -a las que hay que sumarles el reciente despropósito del Presidente de querer adjudicarle al titular de la AMIA una presunta «mala interpretación» sobre el anuncio que él mismo realizó sobre la aparición de casetes que en verdad nunca aparecieron- no han hecho ningún favor al reencuentro de los argentinos. La vocación confrontativa y persecutoria del Presidente parece haber llegado a un límite de saturación en la opinión pública.
De ahí que, si realmente se realiza la ronda de diálogo anunciada, éste deberá caracterizarse por su sinceridad. El diálogo y el consenso son elementos clave e irreemplazables en un sistema republicano. Y debe sumarse el expreso reconocimiento constitucional de los partidos políticos, por lo que la decisión de hablar con éstos no es una graciosa concesión del gobierno, sino una obligación inexcusable para el sistema.
La pobreza, el desempleo, el desamparo de vastas áreas de la población ante la violencia, la injusta distribución del ingreso, el drama de la deuda externa y la relación con los organismos y centros financieros internacionales, entre otros temas perentorios, integran una agenda elemental que deberá consensuarse en una hipotética mesa de análisis, sin presiones, digitaciones ni exclusiones de ningún tipo. Si esto finalmente sucede, mostrará la voluntad de cambio de un gobierno que hasta ahora se ha exhibido renuente a todo tipo de negociación, y que suele descalificar con presteza cualquier opinión alternativa o disidente.
El «fundamentalismo democrático» -la puesta en práctica sólo formal de la democracia, que encubre la decisión de ejercer un poder virtualmente sin límites- es una deformación inaceptable, que no debe arraigar entre nosotros. La falta de transparencia en la toma de decisiones, el egocentrismo, el ánimo vengativo, las inquinas políticas y pases de factura sistemáticos son puntos en contra que nunca pueden ser elevados al rango de políticas oficiales.




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